MUJER ANDALUZA NACIDA PARA SUFRIR

MUJER ANDALUZA NACIDA PARA SUFRIR
PRESENTACION EN BASAURI-BIZCAIA-ESPAÑA

ALGECIRAS EN BILBAO


Algeciras

















En  el corazón de Bilbao
bajo un cielo gris y lluvioso
salpicando el líquido elemento
y protegido dentro de una carpa improvisada;
escuchando unos sonidos
que alegran mi alma,
mis sentidos, mis vivos recuerdos
y mi credo.

Se me parte el corazón
escuchando a mis Ángeles cantar,
voces que resuenan en el aire con arte.
Son especiales,
la de una mujer que con duende
derrocha su embrujo y corazón,
que con furia lo desprende.
Sabiduría brota de su cuerpo mana,
de donde se escurre la sal de su tierra
y una ‘jartá’ de sus cantes.

Son ‘Especiales’. Sí. Así les llaman
a los algecireños que brotan de ella.
Los de la Bahía, los del río de la Miel,
Los de la sierra y el llano, los de la tierra mía.
‘Especiales’ son también sus mujeres.

Hombres que nos hacen soñar,
que producen vibraciones
cuando su cuerpo se acopla
confundiéndose con su briosa guitarra
y que el sonido de sus cuerdas
nos introducen, nos trasladan,
nos sumergen, nos trasportan
a un mundo nuevo:
el mundo del arte.
  
Son gente guapa y gallarda.
Son ‘Especiales’.
Son de Algeciras,
los de la tierra mía, que nos traen
a estas tierras de Vizcaya
el cante y el baile,
la sal de su tierra,
la voz de sus gentes,
su alegría y sus cantes.
También el lamento de un pueblo que sufre
engrandecido por la historia de su arte.

Mi corazón late con más virulencia,
ruge cual motor acelerado.
Ruidos desordenados
por digerir tanto arte.
Es natural. Son especiales. Son de Algeciras.
Donde su Bahía reluce como el sol
con su blancura, el parque de Las Acacias,
su plaza Alta, calles con solera,
y la grandeza de su gente,
los ‘Especiales’ te esperan.

Antonio M.  Medina

LIBERTAD AMADA MIA

Casa de la marquesa desde el río de la Miel
















Desde la soledad que me agobiaba
desde la pena que envenenaba  mis heridas
por ser como me hicieron
aquellos que fundieron mi ser entero,
que me inculcaron lo que vale para un hombre
la libertad…

Nací en un corral, entre paja y animales,
y compartí con ellos
cielo y tierra, alimentos bravíos,
agua cristalina, pura,
sin que nadie ni nada, pudiese impedirlo.
Sin nada mejor para cambiarlo.
Soñé despierto y vivo
con aquello y aquellos
que me embrutecían.
Sin poder escapar
del mundo irracional en que vivía,
que modeló mi alma y mi figura.
De ahí tanto trabajo, tanto empeño
por rehacer mi espíritu
(que el físico se cambia con la edad y sin remedio)
con la comprensión que nunca me negó
ese buen Dios, del que nunca me hablaron.

No les interesaba que yo lo sintiese Padre,
pero Él, oculto entre la niebla,
compartía conmigo
mi soledad y mi tristeza…
Porque la libertad Dios me la dio al nacer,
pero, ¡cuidao!, los que me la enseñaron
fueron quienes lucharon por ganarla
pero nunca la disfrutaron.
Yo compartí sus vidas y sus penas
y me nutrí de sus angustias y vivencias.

Por ellos descubrí la senda de la libertad
y por ellos la perseguí cual loco enamorado,
y finalmente la encontré en el Boulevard,
el Boulevard de los poetas y la poesía.
El Boulevard donde conocí
a Blas de Otero, a Ángela Figuera, a Federico…
y a tantos grandes hombres
“Aquí yo me lavo las manos de impurezas”.    
Aquí pido la paz y la palabra
y un mundo en libertad.
Libertad a conquistar y defender hasta la muerte.
 Antonio M Medina

A NUESTRO RELOJERO MAYOR

José Luis Pavón y Antonio M. Medina



Me he levantado temprano,
sin pereza, con ilusión,
mirando entre los zapatos y
solo encontré carbón,
pero al romper un pedazo
me encontré su corazón;
aún permanece latiendo
laberintos de la vida
con trabajo e ilusión.

Latía ¡el puñetero!
bramando cual toro bravo
envistiéndome por dentro.
Mi relojero mayor
me visitaba de nuevo,
me traía la ilusión.

Llegó a Algeciras con un año,
lo mismo, a mí, me ocurrió.
¡Grata coincidencia! ¡Savia! que
hemos mamado los dos, sus aires
nos atraparon, de sus campos la “caló”.

Un hecho poco importante, hace años
ocurrió. Enseñabas orgulloso tu obra
de la torre, el reloj, en la iglesia de la Palma,
¡cómo resuena en su fuente! y en su plaza mayor.

Tu ilusión te abstraía.
Todos a ti te miraban
yo, más que al reloj, observaba
el amor y la ilusión que
de tus ojos, desbordaban.
I
Fue un año muy importante
tú, quizá, no lo supieras.
A tu lado se encontraba
la mujer que yo amaba,
aquella que me parió y
siendo niño, me guiaba.

Con que ilusión te seguía
por la torre de la plaza
no se perdía detalle
de lo que de tu boca hablaba.
Tal nobleza su mirar.
Le florecían los recuerdos,
los reflejaban sus ojos
de su añorada niñez.

Con que ensueño me contaba
lo que aconteció en su día,
siendo aún ella, muy niña,
en los bajos del reloj,
al toque de sus campanas
en los bancos de la iglesia,
en la iglesia de la Palma.

Era el año veintisiete,
una boda celebraban
ella iba acompañando
a su hermana más temprana
en matrimonio entregada.

Por lo estrecho de la sala
te perseguía en tus pasos,
seguía tus explicaciones
¡de todo eso ella recordaba!
¡Con que fijeza, miraba,
con qué viveza seguía,
con qué ilusión escuchaba!

Mi querido relojero
sus recuerdos te delatan:
una tarde calurosa
en la torre de la plaza
explicabas tú, muy serio,
con qué cariño limpiabas
las piezas de tu reloj,
nosotros así el sudor
de nuestra piel, que brillaba.

Tu corazón me provoca
el recuerdo me atenaza
tu voz resuena en el tiempo:
tic-tac, palpitar el reloj
a la vista de su plaza.

Mi querido relojero,
repica tu corazón y
me devuelve el sonido
de un bolsillo de recuerdos
con muchos compartimentos
de vez en cuando, lo abro,
recuperando recuerdos,
los que tú me provocaste
en la torre del reloj.

Pieza a pieza su estructura
majestuosamente uniste
para orgullo de sus gentes,
de la iglesia de la Palma,
de su plaza y de su fuente
la Algeciras que tu amas.
Antonio Molina Medina

TÚ ESPIRITU ESTÁ EN EL VIENTO






Tu cascabel resuena aun sin viento
Su roce es vida la que desprende
Su brillo reluce hermoso,
está tan limpio como la nieve
Me gustaría ser alambre, cuerda o pita,
para que se deslizase por ella
Y recoger esas gotitas que desprende
su sonar sincero.

Caminas por senda bien guardada
Pertrecha con seres que conectan
con la luz que desprende tu mirar
La tierra, la que pisas, es fecunda y generosa
Junto al trigo que brota de ella como alimento espiritual.
Eres espíritu que ama las cosas sencillas,
a la gente sencilla, por eso son bellas.

Me veo montado en el trillo,
aquél que tantas veces soportó mi cuerpo
Cuerpo menudo y tierno el de mis primeros años
Los de mi tierna infancia y que tú alimentas
del puchero en la candela
Repleto de “papas” junto al brote
de esto que yo le llamo versos
Los que nos unen para poder vivir
en este mundo incierto.
Antonio Molina

EL VACIO DE LA SOLEDAD Y LA LUCHA POR LA VIDA.



Era una tarde donde el astro sol nos arrojaba con furia sus rayos opresores recorriendo las avenidas de lo que un día fue “El Cortijo Real”, en los aledaños de la ciudad. De improviso, sus manos aferradas al volante del vehículo le indican con insistencia el camino a seguir, el de una finca abandonada.
Dirige mansamente su vehículo a los lindantes de la hacienda e inmoviliza su automóvil al borde de la finca señalada. Juan detiene el rugido del motor de su carruaje para contemplar la soledad en que se haya la morada. Desciende lentamente de él, dirigiendo sus pasos a la reja que le permite ojear el interior de su estancia, contemplando el ‘chozón’ y la huerta desertada, junto a la pequeña piscina tomada por un enjambre de ranas, con su incesante croaaaac, croaaaac, croaaaac, que chapotean en sus verdes aguas estancadas. Junto a ellas, una caterva de mosquitos y de pájaros que deambulan por las ramas de los árboles, con sus trinos y piruetas revolcándose en el agua, incitados por el intenso calor que inexorable les abruma y sin un hálito de viento que les consolase.
Las lagartijas asustadas salen con rapidez ante la presencia del intruso que ha incordiando su descanso del que disfrutan junto a la sombra placentera de las ramas de un ciprés al borde de la piscina en la tarde soleada del mes de agosto. Contagiándose del aislamiento que le rodea Juan recuerda lo que un día fue vergel de vida y piensa en los sueños truncados por la muerte en esa residencia que fue bullicio de carreras de niños, algarabía de gente alegre y llena de vida cuyas risas atronaban el recinto y su casa solariega improvisada.

Y sin que él se percatase de su presencia, sin darse cuenta: surge como una sirena, su figura joven y lozana, desprendiendo su imagen una luz inmaculada. Se cruza con su mirada, ante el asombro de tan linda aparición. Su sonrisa es grata pero forzada, en su cara se refleja la tristeza, no pudiendo sus facciones disimular el estado de ánimo en que se encuentra. Juan frota sus ojos con ambas manos y fascinado contempla su silueta.  Cree estar soñando. Parece todo tan real.
La dama de silueta blanca, que resplandece como un ángel celestial, con voz bien timbrada, delicada y tierna que brota  como un susurro, emite su nombre:
—Juan, ¿que tal estás?
 —Con voz suave, cual balbuceo, le pudo contestar:
—Yo bien, pero... ¿Es verdad lo que estoy viendo?
—Sí, sí, es verdad —le responde.
—No es posible —le interpela—. Tú te fuiste. Nos dejaste. Estás en la otra vida. Esto no puede ser verdad.
—Es cierto. Tú lo has dicho: Estoy en otra vida, pero mi alma no puede descansar  No logro, alcanzar la felicidad —confiesa.
—Yo no lo puedo entender —le insinúa él.
—Es muy fácil de explicar. Me fui precipitadamente, esa es la verdad, dejando mucho detrás de mí, de ese mundo que a ti te rodea. No pude elegir. Pero desde esta dimensión en la que existo, sí que puedo contemplar aquello que me mantenía viva, aquello por lo que luchar. Y veo con tristeza y siento una pena muy grande, que aquel que quise y quiero, me está defraudando, no quiere vivir. Si yo fui vida para él, lo quiero vivo y feliz.
O, ¿acaso no estoy yo con él? ¿Sus hijos no son los míos? Sus nietos ¿no son míos como de él?, nietos que quieren vivir, como así lo quiero yo.
La dama le confiesa también. Que su decaimiento y su pesar no la dejan vivir en esta nueva vida que le han dado.
—Mi espíritu vaga por la eternidad no encuentra el lugar que necesita. No alcanzo la calma deseada.
Dile, que el reposo que solicito solo él me lo puede dar.
Quiero que viva, que sea feliz.
Que se mire en sus hijos. Que se mire en sus nietos y que me vea a mí a través de ellos.
Te voy a decir una cosa Juan, yo también quiero seguir existiendo, mi espíritu necesita reposar, no puedo seguir errando eternamente, necesito el sosiego que él me puede dar.
Espero que tú me ayudes. Eres mi última esperanza.
Entre sollozos y lágrimas que brotan como torrentes de unos ojos negros y brillantes sin que desaparezca la luminosidad que fluye de su semblante, a Juan, la visión de ella, le apacigua en lo más profundo de su alma, sumida en algo imaginario, que aunque sabía que no podía ser real, tenía que tenerlo en cuenta.

Como un zumbido resuenan sus palabras en su cerebro. Su figura se diluye como el hielo, su imagen serena resplandecida se difumina ante sus ojos. Soy un mortal, —repite Juan.
Dirige sus pasos con la inquietud que le ha proporcionado esta hermosa visión, que no le dejó indiferente. La pena le oprime el alma, le acongoja en su interior. Juan siente el dolor dentro de su ser después de desprenderse de su ego, de ese hombre viejo que llevaba dentro, muy adentro de su ser. Puso sus miserias al desnudo, se vio en la necesidad de asumir que él también formaba parte de sus vidas y compartió con ella su pena y su tristeza, debía implicarse, tratar de ayudarles, no podía quedar impasible ante tanto dolor.
 Volviendo la vista a la piscina de agua verde, por la que asoman las cabezas las ranas que se han zambullido en ella, vuelve acongojado sobre sus pasos y se introduce en el interior de su automóvil. Mete la llave en la cerradura de su vehículo y la gira lentamente con el pensamiento puesto en lo que acaba de suceder. Arranca el motor de su coche que mansamente se pone en marcha. Mientras se aleja mira con tristeza por el espejo del retrovisor, por el que todavía puede vislumbrar su silueta que se desvanece, llevándose en la retina de sus ojos el recuerdo de una mujer que sufre, que no descansa en paz.
            Juan sabe que tiene que hacer realidad los deseos de la dama, encontrar a Miguel, su esposo, y transmitirle este mensaje.

Como un furtivo, ella se introdujo en nuestras vidas, para que tú le des una respuesta a aquella que quisiste y quieres. Que desde esta otra existencia, otra dimensión, ella pueda descansar en paz, sabiendo que ‘tú quieres vivir’ y ‘puedes hacerlo’ compartiendo con los que te quieren y con aquella que quisiste y quieres.
Desde el Cielo ella ‘te lo pide’, ‘te lo exige’, ‘no la defraudes’, ‘ayúdala’. Ella quiere que tú seas feliz.
No te derrumbes, ‘levanta tu espíritu’, ‘lucha por ella’, como lo hacen los hombres que están vivos, ‘viviendo’, ‘luchando’ a pesar de la adversidad y de la pena que te embarga, del desconsuelo y la tristeza. Siempre existe un lugar para la esperanza, para el desahogo, para poder apaciguar el dolor. Piensa, en que ella te necesita aquí en la tierra, a través de los que te quieren y te rodean. Ella así lo espera.

Quiere verte feliz con aquello que ella te dejó, con esos vástagos que vosotros moldeasteis como tallos jugosos que os han proporcionado retoños sabrosos de los que hoy puedes disfrutar. Retoños fruto de ese amor eterno que cubría vuestra vida, amor que mantienes perenne desde los albores de tu juventud.
La muerte es un mito. Nadie muere de verdad. Quedan los recuerdos, nos queda su legado que siempre esta con nosotros, en nuestro pensamiento, en nuestro recuerdo y, pensando que un día os volveréis a encontrar.
           
Juan llega finalmente a su destino:
—Miguel, como puedes comprobar, sigues en mis recuerdos. Os tengo presente a los dos, dejasteis huella en nosotros y necesitamos recordar esos bellos ratos que pasamos en vuestra compañía, aquella que nos hace revivir vuestra presencia para seguir viviendo.
El hombre para estar vivo necesita de los sueños y los recuerdos que afloran como el chasquido del látigo fustigando nuestra añorada niñez, de la cual nos alimentamos y nos nutrimos el alma, para poder seguir caminando por senderos estrechos y callejones oscuros, llenos de barro hasta las rodillas y poder salir de ellos.
Tu dolor es difícil de asimilar, es sólo tuyo, pero todos compartimos tu profundo desaliento y te animamos a vivir con su recuerdo y con los que te queremos y pensamos que estás obligado a seguir viviendo. Hazlo por ella. Se lo debes. Ella lo necesita tanto como tú. Estamos seguros de que estará orgullosa de tu proceder.
Nosotros también nos sentimos a veces muy solos… muy solos…, porque mucho de lo que más anhelamos nunca lo podremos alcanzar. Tenemos familia, hijos, nietos…, pero nos sentimos prisioneros en un mundo que no es el nuestro. Cultura, tierra, hombres… Siempre soñamos con volver a nuestros campos, con nuestra gente y nuestra cultura. Como ves nosotros también tenemos penas, que superamos con los nuestros y sobre todo pudiendo compartir nuestra existencia con la ‘dama’ sagrada de la ‘poesía’, aquella que llena de contenido nuestra subsistencia, si no, estaríamos muerto de por vida.

Estamos seguros que habrá muchos Antonios, Pedros y Pacos, como Lauras, Mercedes o Marías, que pasaron y pasaran por traumas comunes y dolorosos. Así es la vida. Somos prisioneros del mundo que nos han dado, del que hemos creado. Pero por encima de todas las miserias humanas, está ese Dios que nos adora, que nos hizo libres y que por él sabemos lo que implica la libertad.
Ser libre involucra aceptar lo que Dios o el destino nos depare y respetando a aquellos y aquello que nos rodea. Estamos obligados a vivir para los demás, con todos los que conviven con nosotros, amándolos con el corazón aunque lo tengas partido en mil pedazos. La lucha por la vida acabará cuando ésta se nos agote, cuando tornemos a la tierra a la que pertenecemos, de la que brotamos.
Por ello, Juan le insiste y le apremia a salir de ese hoyo, boquete, hundimiento, depresión… en la que se halla. “Estas obligado a vivir, a seguir viviendo para ella y por ella” —le insiste—. “La vida es lozana y bella” —le sugiere.
Miguel entorna los párpados, dando un pequeño impulso, se levanta de la silla en la que ha mantenido la conversación con Juan. Dirige sus pasos lentos e imprecisos hacia un sofá que se halla en un rincón del salón para dejar caer su cuerpo rendido y cabizbajo. Con la mirada perdida y llena de tristeza, levanta la vista y contempla un cuadro con la figura de su amada, el cuál, supone para él todo su recuerdo y todo por lo que vivir echándose la culpa por la pérdida de la mujer que le mira con sonrisa cariñosa y grata.
Mientras que Juan se encamina vacilante, sumido en la preocupación hacia la puerta de la casa, posando su mano suavemente sobre la manilla para salir. Cierra la puerta mansamente, con la pena que le embarga por dejar a un hombre con el corazón roto y lleno de dolor, que no consigue asimilar lo que la vida le ha deparado, la perdida de un ser querido arrancado por la muerte, muerte que se cruzó irremisiblemente y de improviso en su camino.

Mi caminar es lento y mi mente flota sobre el firmamento. En mi deambular por la ciudad me dirijo a la plaza de la Palma. Me siento triste y pensativo, contemplando las palomas que merodean a mi alrededor mientras suenan las campanas del reloj de la Iglesia de la Palma, cuyo relojero brilla con luz propia, sintiendo el orgullo sano y conciso, alegría infinita provoca sus latidos, pues han sido manos delicadas las que con su arte han hecho posible, devolver la vida a reliquia del pasado con sabiduría y destreza, amor y mucha maestría la que brota de sus manos limpias como el agua de su río por la miel que de él fluía… 
Antonio Molina Medina

VALDERRUBIO – ALFONSO GONZÁLEZ LÓPEZ


Mariana Pineda (Valderrubio)






Hacia otros mundos partió lleno de luz Alfonso,
con su voz rota, quebrada,
buscando en el sendero encontrase
con el maestro que él amaba.

Su figura está presente.
Como un museo en nuestra alma.
Mezclada con sangre nueva y derramada
por los valles y montañas
la de un ardoroso guerrero
que el maestro consolaba.

Transpuso el sol en su vida
ya no llegó la mañana.
De su cuerpo brotan flores
siemprevivas, clavelinas,
adormideras y otras plantas.

El convento se ha cerrado
ya no vuela la paloma.
Su voz ha enmudecido
como hoja que se abate desolada.

Pero su figura brilla por la luz,
la que su recuerdo provoca,
por su Vega, la que él amaba;
compartiendo su sapiencia
junto al maestro que admiraba.

Su espíritu está esta presente.
Ya no suenan las campanas.
Su vos ronca y fatigosa
aún resuena en mis entrañas.

Su corazón de juglar,
sereno como la malva,
como el maestro en sus sueños
de mil cosas transformaba.

En Romiya había una noria,
que girar, gira y giraba,
brotando de ella agua clara
de lo profundo de sus entrañas.

Entre los chopos lombardos,
los que él me señalaba,
lamidos por el río Cubillas,
aun se la ve deambular
con los ojos de nuestra alma.
Antonio Molina 

ALGECIRAS – LA SEPARACIÓN DE SU BAHÍA-





Algeciras





Desde un Majal Alto, en lo profundo de la sierra se divisa Chorrosquina. La libertad se siente, se disfruta y se toma conciencia, ella me envuelve y me enamora, sin perjuicios, en el silencio que me rodea sólo interrumpido por el trepidante sonido de los gallos en los corrales que se mezcla con el aire de la sierra que oxigena mis pulmones. El viento sopla con fuerza, limpiándome la cara con sus ráfagas de las impurezas del camino, mientas el sol cae como una pesada losa y con justicia sobre mi cuerpo apaciguado por las ráfagas de viento de poniente que me envuelve.

La Bahía se divisa esplendorosa junto al Peñón y las aguas del Estrecho que la envuelve en su azul verdoso que se refleja ante mis ojos apaciguado por la bruma que lentamente va apareciendo. Es una tarde apacible y grata, los cochinos merodean mansamente por el lugar, mientas los perros ladran imponiendo con sus aullidos su poder de convicción ante un intruso que les incordia.
Los gallos siguen su eterno ki, ki ri kí constante, anunciando su presencia en el territorio que dominan. Silencio interrumpido por la bocina de un coche que notifica sus productos a los pobladores de los ranchos que en mi entorno se hallan, informando que en sus vehículos los llevan para el consumo de sus casas. Rodeado de chaparros, quejidos, hojarascas, acebuches y de frondosos helechos, mezclando su olor con el aire que soplando con furia me acompaña.

La vista se pierde en la distancia, entre la bruma de los mares del Estrecho que, como carretera acuática, se deslizan por ella potentes barcos, que transportan viajeros y mercancías a otros mundos, a otros continentes, como el que nos roza frente a frente. Las viviendas diminutas se contemplan al pie de la montaña como puzzle bien formado que la mano del hombre ha transformado, rodeadas del verde pajizo de sus campos, resplandeciendo el intenso verdear de sus árboles, junto al sonido musical que sale de sus ramas de pájaros que viven en la tan deseada libertad. Me regocijo con este espectáculo que contemplo, que hace que me olvide del mundo donde existo. El río de La Miel o Wadial – asal atraviesa El Cobre sin poder ver sus aguas, intuyéndolo por la senda que marca su transitar por la vega, por su vegetación y árboles frondosos, de un verde reluciente llenos de vida que envuelve con su manto a La Vega de El Cobre en esta hermosa primavera, contemplado su vereda, la siempre viva y reluciente ‘Trocha’ milenaria.

La felicidad llega a ser sublime, intensa, está en el máximo de su plenitud. Los sentidos se encuentran azuzados en su máxima intensidad, la vista se pierde en el infinito, abstraído por la visión que contempla, los oídos sólo reciben canto de pájaros en libertad, relinchos de caballos y esquilas de animales libres que pululan por la sierra, el aroma del verde que me rodea junto al tacto que mis manos recorren suavemente, lujuriosas de los helechos de la sierra.
Pero el hechizo se rompe, se comprime, llega la melancolía, el misterio en que mi alma se encuentra se rompe en mil pedazos, el encantamiento desaparece y me hace volver a la realidad de la vida, el mundo en el que me encuentro. Otra vez el regreso, la marcha obligada a otra tierra, otras gentes la obligación de la partida donde se encuentran parte de los míos. Volver una vez más a mi destierro, a aquel lugar donde de niño me obligaron a recluirme.
Me llevaré en la retina de mis ojos cielo y tierra y animales bravíos en completa libertad, con sus clásicos sonidos, el revoloteo de pájaros, con sus trinos pertinentes, junto a los relinchos de los caballos y el ladrido de los perros, para poder seguir viviendo de mis recuerdos, a veces con el corazón encogido, con las lágrimas a flor de piel, reteniendo mis angustias que no me dejan respirar.
            El viento apacigua su soplido, salta una ligera brisa en la Bahía, el sol que se encuentra al comienzo de su ocaso, aprieta con más fuerza su calor, los mosquitos revolotean, persisten con sus picotazos incesantes, molestan. La bruma lentamente se disipa de las aguas del Estrecho para dar paso a las montañas del continente africano, divisando en sus orillas la bella ciudad de Ceuta, milenaria, que lentamente es mecida por las aguas de su mar y sus corrientes.
            Una tórtola vuela majestuosa sin hacer caso de mi presencia y lentamente plegando sus alas aparecen sus patitas para posarse en la rama de un alcornoque, quizás esperando a su pareja con quien poder conversar, cerca de la piedra que sujeta mi cuerpo, recordándome que me encuentro en una zona protegida, confundiéndome como un objeto más que mirar en la serranía. Y yo buscando y gozando la soledad en este lugar idóneo para soñar y vivir así intensamente mi propia existencia. De uno de los ranchos de la ladera se acercan sin llegar a percibirlos unos perros, fieros animales que con sus ladridos amedrentan al viajero, sigilosos se colocan a mi lado y siento sus jadeos, con sus patas delanteras me tocan con suavidad el pantalón que protege mis pierna sus rabos se cimbrean con avidez, ya no son rugidos los que salen de su garganta, son pequeños lamentos, que me sorprenden y me quitan esa sensación que podía aparecer, llamada miedo, por su presencia. Se atreven a poner las patas en mi espalda y yo los dejo hacer sin inmutarme, me han confundido con un objeto más de la ladera al borde de la vereda.
            Es poca la distancia de donde un día ya lejano me nutrí de la edad de oro de mi niñez, pude coger todo lo que mi mente ahora me alimenta, gratos recuerdos que con ellos puedo enriquecer mi propia existencia, otro perro, el mismo campo, la misma ladera, árboles y animales en libertad. Siempre la libertad, palabra mágica y necesaria para todo lo que brota y puebla aquí en la tierra. Un Majal de terreno donde me solazaba de niño confundiéndome con el terreno, como los perros lo han hecho sin darme cuenta de ello. Con unos perros postrados a mis pies, como si me conociesen de toda la vida, compartiendo el paisaje que nos maravillaba, quizás intuyendo por lo que allí me hallaba, buscando mis recuerdos y a los míos, aquellos que me alimentaron el cuerpo y dieron alas a mi alma.

Unas cabras vienen por la vereda de recogida a sus ranchos, el ruido de cencerros y esquilas me hacen volver la cabeza y contemplarlas. El aire se mezcla con su olor a estiércol de animales. El silencio es total, el sol ya ha transpuesto por los picos de la sierra, empieza a aparecer la oscuridad en la Vega de El Cobre. Los barcos que cruzan el Estrecho resoplan sus sirenas dando aviso a otros que se cruzan por la autopista de sus aguas.
            Los animales se recogen en sus corrales y los gallos dan sus últimos murmullos, mezclándome como un animal más con las cabras que me aceptan sin aspavientos ni sobresaltos, acompañándolas al borde de la carretera.
            Sólo me queda pensar en mi partida, dejando tras de mí mi propia vida, mis recuerdos y parte de mi existencia, al borde de la ladera de Chorrosquina, en la Vega de El Cobre, donde hubo un tiempo en que el hombre era más pobre pero más hombre y más libre y más rico en humanidades.
 Antonio Molina Medina
oOo

AL CHAPARRO LOS ASIENTOS — (Un día llamado ‘chaparro de los Jacintos’)



Algeciras (El Cobre)
En el camino de la Trocha, entre la era de Pajarete y la de El Cobre,
en la panadería de Baltasar, al lado de un arroyo que desemboca en el río
de La Miel. Allí se encontraba majestuoso
este chaparro con sus asientos, que hoy podemos recordar.
 


A la vera del camino andado
entre juncos y adelfas
se pavonean sus raíces
con el agua de su río,
que nutre su estructura.

Un chaparro alegre y tierno,
a su lado, embebida por su suerte,
se acurruca a su vera unas piedras
que con su planicie hacen posible
el reposo de cuerpos que lo evocan,
el del caminante que el reposo espera.

Sus ramas brotan briosas y alegres
para los inquietos pájaros,
con su caja de música imperiosa,
la que brotando de sus ramas,
acompañada con sus notas su eterna lozanía.
Los trinos que de él emanan
son los que protegen sus ramas
del bamboleo de los vientos que lo mecen
y del frío intenso y de sus nieves.

Allí acudían con su carga
los que al pueblo fueron a recoger
el alimento de sus gentes,
que esperan impacientes
el sustento cual surtidor de cuerpos que florecen.

Llega el transponer del día hacia la oscuridad
transformándose el viejo sol por blanca luna
para formarse en brazos poderosos
sus ramas briosas, las que aprisionan
a los niños que se atrevían
con la oscuridad a transitar por sus orillas.

Noche clara, el camino se divisa
marcado por los rayos de la luna,
las sombras te atrapan en la penumbra
que inquieta el alma de una edad
temprana y melancólica.

Mirando hacia el frente sin mirar atrás
el miedo te atrapa, no te deja andar,
paraliza el cuerpo del pobre chaval.
El corazón late con celeridad,
las piernas te pesan, se niegan a andar;
lento pero firme es su caminar.
Le pesan las piernas, le cuesta moverse,
son muchos los brazos que hay que sortear,
los de otros chaparros que guarda la senda
por su caminar, hasta la explanada
donde les esperan en la eterna era
una parva de paja y montón de trigo,
mantas y capotes para dulces sueños.
Aliviando el cansancio de tanto trajinar.

Son momentos tensos de mucha emoción,
la lucha del hombre por sobrevivir,
dominando el miedo que en la mente está,
con mucha entereza y sin mirar atrás.
Antonio Molina Medina





EL COBRE – ALGECIRAS


Río de la Miel (Algeciras)







Retroceder en el tiempo, en la distancia
rebuscando en la trastienda los más veraces recuerdos
que se agolpan en su alma con fieros impulsos
que pululan por su vista, donde su memoria brama.

Desde lo alto de la sierra gimen llantos,
las lágrimas las trasporta el viento
cuando divisa su entorno, a sus gentes
que aún recuerdan sus recuerdos.
El río surca por el Cañón, orgulloso de su historia.
Los molinos lo acompañan se solazan, tiemblan.
Comparten con él la vida, de sus hombres, de la tierra.
Los campos saben a trigo, a cebada y a lentejas
avena y garbanzos del viejo Chorro
sigue siendo sangre que almacenan sus venas,
bombea corazones de esperanzas y quimeras
en las bocas de sus cántaros ellas llevan la solera.

Las chozas ya se divisan a lo lejos
sus techos de palma y junco soportan el duro invierno
Mientras bramar de animales se acurruca junto a ellos
dándoles el sustento a esos cuerpos mecidos por el viento,
Las reatas de bestias surcan los caminos trasportando el trigo
hasta la añeja era en la noche negra les guía la luna…

Tiros de caballos trotando la parva, el trillo la corta,
la rompe, la parte, remueve su mezcla, los niños disfrutan
montando en su lomo arrastrando bridas de animales nobles
que giran y giran mientras bronco viento
separa el trigo de la suave paja el viento jalea
sintiendo el lamento, dejando al compañero que creció en su cuerpo.  



De las chozas surcan hilitos de humo y de sueños
Donde aprietá la ‘calo’ del astro rey sin miramiento
La candela arde briosa del chaparro viejo
Que acarrea los sueños de los lugareños.

El río se embravece, se sale de su cauce
Los ojos del puente los cubren, los ahoga
salta su cielo incomunica a su gente.
Trozos de sus chozas lleva la corriente.

Todo son atenciones, ayudas, concordia.
El hombre es aun hombre. La tierra le acoge
brilla la cordura por toda la zona
las gentes humildes se ayudan reparten el pan
lágrimas, su honra. La solidaridad los mueve
los hace más cómplices de su propia historia
qué libros no narran las bellas historias
de épocas sublimes en humanidades
donde el hombre era hombre
la tierra era tierra sin cemento en bloque
que oculten la vista de lagrimas saladas
mirado animales pastando en las lomas.

Ya no brota el humo de la vieja candela
los troncos no arden, la tierra, no es tierra
los hombres manchan todo lo que tocan
destrozan la choza a sus moradores a su vida entera.
 A. molina