MUJER ANDALUZA NACIDA PARA SUFRIR

MUJER ANDALUZA NACIDA PARA SUFRIR
PRESENTACION EN BASAURI-BIZCAIA-ESPAÑA

UN HOMBRE DEL COBRE 2ª EDICIÓN-REFORMADA

Vuelvo a retomar la charla anterior con Luisa—. Manuela era muy buena, y muy bonita. Era una belleza algecireña. Esta mujer se enamoró del padre de Baltasar. Pero él, que creo que fue como la mayoría de los hombres, un ‘golfillo’ y, un mujeriego, nunca estaba con sus padres. Esta mujer no se merecía a este hombre. El se metió contrabandista y les hizo ‘de’ sufrir mucho, ¡incluso a su novia iba a verla cuando le apetecía y hasta otra!

De esta forma fue como tuvo los dos niños y fue a por el tercero pero, con tan mala suerte, que ella ya no pudo más y abortó. Se puso muy mala y la tuvieron que ingresar en el hospital del pueblo… había perdido mucha sangre y allí murió.
 
—Indagando con las gentes que viven por esos campos de El Cobre, me encuentro con la verdad. Me dan todo tipo de explicaciones de él y por qué tuvo que abortar y, con ello perder, la vida Manuela. Catalina, su sobrina, me dice: Esta mujer abortó por culpa de su compañero. Por eso Baltasar no quería a su padre, porque a él le contaron cómo murió su madre; se lo contó su tía Catalina. Pero luego él sí que quiso a su padre —me cuenta—. Que lo tuvo ahí en su casa cuando nadie lo quería.

A su madre el compañero le daba palizas, y no le daba ni para comer; la tenía… ¡vamos!, ¡muy mal! Y en una de esas discusiones que tenía con ella, le lanzó un zapato, con tan mala suerte, que le dio en el vientre y se puso muy mala. Esta mujer estaba embarazada de seis meses —recuerda—. Empezó a sangrar y cuando acudieron a atenderla ya era tarde y murió. Baltasar tenía tres años y su hermano Manolo cuatro. Todo esto le pasó estando soltera esta maravillosa mujer… —afirma Catalina, con la tristeza reflejada en su semblante.
 
Su hijo Manolo tuvo la mala suerte de morir cuando hacía el servicio militar en Ceuta. Los padres de ella y los abuelos de los niños siempre estuvieron pidiéndoles que legalizaran su situación, pero él no quería —explica—. Sólo le atraía su gran hermosura, y parece que con el único motivo de saciar un deseo, su deseo sexual exclusivamente. Según me cuentan, era una mujer de lo más hermoso del lugar. Cuerpo muy bonito y una gran belleza de cara, ¡vamos!, ¡la cara más guapa que había por estos ‘contornos’, por no decir del territorio! Él siempre decía que esos hijos no eran suyos.
 
Según me cuenta Luisa Medina, “¡Manuela era una muy buena mujer!” Y me corrobora su muerte—. El tercer embarazo le costó la vida,  provocado por un golpe que recibió de su compañero. Y por ese motivo le provocó el abortar. Baltasar tendría unos tres añitos y Manolo unos cuatro años —repite Luisa—. Tras la muerte de su madre, a su hermano Manolo se lo llevó María Trola, su tía, para criarlo ella. María era nieta de los ‘genoveses’ y hermana de Catalina Trola, la mujer de mi hermano Juan.
¡Por cierto! —recuerda—, ‘Los genoveses’ fueron los que hicieron habitables esos terrenos de Chorrosquina. María Trola, con su sobrino Manolo, estuvo viviendo en el cortijo que estaba pasando la vía del tren, cruzando Pajarete, cuya extensión llegaba por detrás del cerro; donde hoy se están construyendo esas urbanizaciones de casas que llegan ya a cubrir todo el cerro y la parte de detrás del mismo. Al dueño de esos terrenos, según me cuentan, lo fusilaron en la triste ‘guerra incivil’. Se puede decir que este cortijo llegaba desde las vías del tren del puente de Pajarete, donde aún queda una pequeña finca, hasta las afueras de Algeciras por la carretera de Málaga, en dirección de la villa de Los Barrios. A la parte final de dicha  finca se le llamaba por la época “La huerta de las Pilas”, donde lindando con Los Barrios, había un gran palmar que estaba siempre lleno de vacas; pues su propietario era millonario, según me contaron —apunta Luisa—. A la huerta de las Pilas el nombre le viene de unas grandes pilas o piletas que había para dar de beber al ganado en dicho lugar.

En este lugar estuvo viviendo muchos años María Trola Fuente—continua—. Y allí se llevó a  Manolo y lo cuidó y educó ella sola, con mucho amor y cariño por su parte ¡Esto dicho por él mismo! —afirma—.

A Baltasar lo cuidaron y educaron su tío Juan Medina Villatoros y Catalina Trola Fuente, en Chorrosquina —me asegura Luisa con mucha serenidad—. Este niño estaba en buenas manos, ¡no podían ser mejores! ¡De todos los “forrajes” Juan era el mejor, no podía haber otro igual! Juan era..., vamos, que era capaz de ‘to’, de ‘to’ —recalca Luisa—. Fue muy bueno con todo el mundo que le pudo tratar. Y yo me escapaba de Majaralto, me escapaba con mi hermano. Y en mi casa decían: ¿dónde está la niña? Y la niña había volado buscando la compañía, tan placentera y necesaria para mi, de mí hermano Juan.
 
Me acuerdo que cuando mis hermanas querían ir al pueblo a alguna fiesta de las que había por esa época, como ‘el Chacarra’, ‘la Cruz de Mayo’, ‘los Reyes’o donde había alguna fiesta…, me mandaban a mí a pedirle permiso a nuestro padre ¡Pues nuestro padre era un juez para nosotros! Y padre me decía con esa seriedad que siempre tuvo, que para mí era miedo lo que desprendía de sus palabras: Ve y dile a Juanito que si quiere llevaros él, que os lleve, ¡pero que vaya con vosotros! Y yo le decía a Juanito lo que padre había dicho. Y mi padre me miraba. Y, antes de que me contestara, yo le decía: padre, ¡que esto que te pido es cosa de mis hermanas! ¡que son las que quieren ir a bailar! Que no era cosa mía, pues yo era muy chica, tendría seis años; sería sobre el año 1926, por esa fecha.

Sin permiso de nuestro padre no salía nadie de la casa. Y ya se arreglaban todas e íbamos a la fiesta andando por los caminos, desde Majaralto a los Pastores. Luego, a la vuelta de las fiestas, otra vez caminando y cantando por el camino. Me acuerdo que de los Pastores hasta El Cobre estaba todo el camino sembrado de palmeras... Todo esto ya se perdió, —me dice luisa con resignación—.
 
—En una de tantas tertulias que tuve la satisfacción y el honor de tener con Baltasar, por la necesidad que siempre tuve de saber de mis abuelos y de todo lo que se refería a mis antepasados que nadie me contaba, él me explicaba:

Cuando vivía en El Tunar tu abuelo, Francisco, más conocido por ‘Curro’ le recuerdo como un hombre muy duro, era de la vieja escuela. Mira, tu abuelo tenía un silbato y lo llevaba siempre encima, en el bolsillo, y cuando quería llamar a alguno de sus hijos, cogía y tocaba el silbato varias veces y tenían que aparecer todos deprisa y corriendo. Y luego, para cualquier ‘chalaura’ o cualquier cosa que quería de alguno de ellos, pero tenían que venir todos. Era muy duro —repetía—, muy duro.
 

 Panorámica de El Cobre desde finca de Chorrosqina

—En la entrevista que me concedió Diego Rodríguez también me hablaba de este hombre, mi abuelo y de que tenía muy buenos recuerdos de la época:

Medina, tu abuelo vivía en El Tunar y se casó con una Villatoros. Primero vivieron en el huerto de Majaralto, que le dicen así pero es una palabra árabe que se pronuncia ‘Marjal Alto’. Todas las tierras que hoy son de Baltasar las tenía tu abuelo en arrendamiento junto con el caserío del cortijo. Luego se quedó la gente de El Chorro con él y tu abuelo se pasó a El Tunar. Aquí tenía una parte que le venía dada por su mujer, que era Villatoros. Esta finca la hicieron cuatro partes: tu abuelo Medina compró una, otra Antonio Villatoros, otra Pedro Villatoros y la cuarta fue para José Medina Díez, que este hombre emigró a la Argentina. —Comentario que me corrobora Paco Medina Trola, su nieto.
Tu abuelo estaba por esa época bien situado. —Me comenta Diego—. Se podía permitir el lujo de venir en una jaca a Algeciras. Se solía sentar en la cervecería. Era muy famosa por aquellos tiempos, estaba donde está hoy los Ángeles Nocturnos. Ahí se sentaba a tomarse su cerveza mi amigo Curro Medina —con la mirada perdida, Diego me da su relato con nostalgia.
Después la cervecera se pasó a la acera de enfrente, donde hoy está una joyería que era de la familia, primos de la farmacia Medina: Frasquito Medina, que era farmacéutico, ése era primo de tu abuelo. La farmacia más antigua de Algeciras.

—Después de mis averiguaciones, he podido constatar que esta farmacia está ubicada en la plaza Alta. Pero sus propietarios ya son otros, según me confirma una dependienta de dicha farmacia.

En el poemario de Lola Peche Andrade, “Cien poemas de Algeciras”, descubro la cara de Francisco Medina y un poema dedicado a “Frasquito” y su farmacia, escrito por esta poetisa algecireña:

 Francisco Medina


Francisco Medina
 
Acera de Plaza Alta
con humedad de levante
que finge sutil escarcha…
Entre Ventura Morón
y esquinas a Escalinata,
la “Botica” de Medina
de las antiguas, decana.

Reflejos le dan, el verde
verde verdor de la Plaza,
y en sus rincones anidan
los ecos de las campanas.

Rebotica de tertulias
y comentarios con gracia.
Y Don Francisco, “Frasquito”
para cuántos le trataban
como amigos;
—la sonrisa
con mortero y bata blanca.
Despachando medicinas
a la par que recetaba,
—un archivo en la memoria,
contaba cosas del pueblo
de los años de la Nana,
con su gracejo andaluz
poniendoles sal y salsa.

José Ramón le pintó,
—peculiar estilo y gracia,
componiendo magistrales,
machaca que te machaca.
  Lola Peche Andrade
 
  —Siguiendo con la charla Luisa continúa su relato—. Una vez me mandaron de Majaralto a por una talega de pan de los grandes y una botella de leche de vaca donde mi hermano Juan, que vivía en una casa muy grande, de esos caserones con unas palmeras y un pozo muy bonito y la puerta de la finca con una verja de hierro muy grande...
Yo venía tan tranquila con mi leche y el pan, y me salió un gran perro que esta familia tenía en la finca. El perro, sólo con el ladrido que dio, ¡el susto que yo pillé! Resulta que me caí ‘roando’ por la ladera, dando vueltas. La leche sé me derramó, el pan cayó ‘roando’ por el ‘cancho’ abajo y salió mi hermano Juan corriendo detrás de mí, todo asustado por si me había hecho algo. Y me decía:.Luisa, ¿te has hecho algo? Y yo le decía: ¡no, si no me ha tocado el perro! La única persona que me llegó a ver fue, que esto no se me olvidará nunca, fue el profesor.
Mira, a este profesor alquiló la otra vivienda que había al lado de la de mi hermano. Esta familia vino de Algeciras y tenía una niña del tiempo mío, ¡quizás más pequeña! Esta niña como era de gente rica tenía muchos juguetes y muchas cosas… y yo no tenía nada, ¿me entiendes? Vamos, ¡que no tenía yo ningún juguete! Como los niños de esa época, no tenía de nada, ni un puñetero muñeco de trapo, y me quedaba con la chiquilla a jugar y, cosas de los críos, ella tenía una planchita muy chiquita. Nunca se me olvidará esto. Yo agarré y le quité la planchita a la niña, no se me olvida —me repite Luisa—. Y cuando yo me marché de jugar con la niña, se conoce que la muchacha estuvo buscando la planchita y como no la encontró… ¡cómo la iba a encontrar si la tenía yo!, sí, ¡la tenia yo! Entonces, la madre de la muchacha se fue donde mi hermano Juan y le preguntó:
 
—Mira Juan, mi niña ha perdido una planchita que tenía, ¿no se la habrá dejado aquí? Cómo ayer estuvo jugando con Luisa…
Y mi hermano Juan le dijo: Pues no, creo que no, de todas formas ya miraré por la casa. Pero Juan pensó enseguida, claro, se figuró ‘de seguida’ que la única que pudo ser era su hermana Luisa, que fue la que estuvo jugando con la niña. La plancha de esta niña no se ha podido esfumar ella sola, me dijo luego él que pensaba.
Al día siguiente cuando bajé, como ya he dicho que yo siempre iba donde él, nada más ‘de’ verme, me coge y me dice: Mira Luisa, hija, voy a decirte una cosa, siéntate y no te enfades, ni te marches. Yo le miré y hubo un intercambio de miradas. Y seguidamente me dijo: Pero dime la verdad, ¿tú has cogido una plancha, con la que jugabas con la niña del maestro?  Y yo me quedé muy quieta mirándole y le dije: ¡Sí! Y él me contestó, con esa serenidad que él tenía, dentro de su seriedad: ¡No se te ocurra nunca más en la vida robar! ¡Pide! ¡Robar no! Cariño, pide las cosas. Yo le veía angustiado y repetía: Jamás oses volver a robar, cariño. ¡Pídelo!
Esto que me paso, jamás en la vida se me pudo olvidar. ¡Con qué cariño me reprendió! Y, desde entonces, jamás se me ocurrió coger nada ajeno. Y es más, él me dijo: Mañana por la mañana, cuando vengas, le traes la plancha y le pides perdón a esa niña. Y que yo me entere que lo has hecho. ¡Pero eso que has hecho, que no se te ocurra más en la vida! Robar no hija mía. ¡Pide! ¡Pídelo!, repetía. Esas palabras de mi hermano, no se me olvidaron y jamás se me olvidarán.

El contrabando
 
De nuevo vuelvo a la aportación que me da Diego Rodríguez Morales sobre el protagonista del libro.

Baltasar, en su época, era un niño como todos los del lugar. Jugaba en la calle con todos y se formó como cualquier niño de la vega, en la calle. Supimos sobrevivir en unos tiempos muy difíciles, sobre todo para él, por las características tan peculiares que tuvo de dura su niñez. Aunque así fue también para todos nosotros. Esto fue antes de que la gente de la época se buscase la vida con el contrabando, ¡cada cual sobrevivía como podía!
Me acuerdo que él me dijo que al morir su abuelo le dejó una yunta de vacas y una yegua, ésta era muy bonita —me asegura Diego—. Yo tenía un retrato de dicha yegua. Después ya empezó a buscarse la vida y a trabajar en todo lo que le salía.
Manolo, que conocía muy bien a Baltasar y podía vislumbrar lo que era este hombre, le llamó un día y le propuso sembrar las fincas a medias. Alquiló Manolo el cortijo de Barbate y junto con Baltasar sembraron las fincas del cortijo, los dos a medias. Manolo le decía: Mira, yo te pongo la semilla y tantas vacas y tú te encargas de trabajarlo. Y de esta forma fueron capaces de salir adelante los dos juntos. Sobre todo con el trabajo de Baltasar y, por supuesto, la aportación económica de Manolo.
Me acuerdo que cuando estaban trillando y ya tenían separado el trigo de la paja, venía Manolo para ver la cosecha que había. ¡Y cómo le gustaba contemplar esos montones de trigo que salían de esas fincas, con esa unión que tenían! Yo le llamaría Sociedad, que es lo que crearon los dos.
 
Baltasar se fue a vivir a El Tunar, cuyo propietario era Manolo. Y a partir de esta época, él empezó a trabajar el campo y a prosperar con su propio esfuerzo. Era muy fuerte y muy tenaz, todo lo que se proponía lo hacía. Se hizo con algo de ganado menor y unas pocas de vacas, que las tenía en la sierra.
¡Lo del contrabando fue ‘pecata’ minuta! Él lo hizo, ¡cómo todos los de su época! Yo no le doy ninguna importancia. Él sacó adelante todo lo que ha dejado, con su trabajo y honradamente. Este hombre era muy astuto y a la vez tenía mucho valor.
—Y me repite, con cariño, Diego—. Manolo ponía la semilla porque sabía que tenía delante un tío con coraje, vamos, un tío con agallas y se le notaba ese aire de responsabilidad que él siempre tuvo.
¡Vamos, que con él no había trampa ni cartón! —me dice muy serio—. O sea, que por mucho que te cuenten de malo de él sobre este tema, era lo que todo el mundo hacia por esa época. Además, el contrabando que se hacía no era nada criminal ni se le daba más importancia que la que tenía. Muchas criaturas lo hacían para poder dar algo de comer a los suyos y, de esta forma, quitar un poco esa hambre a sus criaturitas. Que, por desgracia y por la falta de cultura, muchas familias tenían demasiados hijos. O sea, que lo que te puedan contar malo de él, para mí que es pura envidia y un poco de mala fe.
 
Recuerdo una vez—continua Diego— era sobre el atardecer, empezando ya a oscurecer. Me acuerdo que estaba lloviznando y nosotros estábamos jugando en la era de Chorrosquina, que todavía queda un resto de ella. Él llevaba un capote echado encima de los hombros, para no mojarse. Y solía llevar para cortar la hierba un cuchillo y lo tenía metido en un costado, muy ceñido al cuerpo. ¡Aquí! —Diego se señala el costado derecho—. Y, cosas del juego, fui yo y le cogí por la cintura, con tan mala suerte que tropecé con el cuchillo y me corté. Esos juegos me dejaron esta marca que, como ves, me ha quedado para toda la vida —me indica Diego.
—Observo su rostro ya curtido por los años y se produce un silencio. Se sienten los sonoros latidos de su corazón, su cara resplandecía obviamente de placer. Y, ante lo imprevisible que ha sido para mí la forma de enseñarme su herida ya convertida en cicatriz, yo diría ‘su reliquia’, siento una gran admiración por éste y otros hombres. Como si de un trofeo se tratase, me señala en su brazo la marca que dejo ese momento tan importante para él, de sus correrías con un amigo y compañero de juventud; de un gran amigo que se fue, pero que siempre retendrá en su memoria. Le observo con expresión de resignación.
 
—Juan Medina, un hombre honrado— Vuelvo otra vez al relato de Luisa—. Mi hermano Juan fue para todos nosotros, yo diría, ¡cómo un maestro! Y, ¡fíjate tú!, le tuvo a Baltasar como si fuese su hijo. Mi hermano fue un hombre muy generoso y de una gran cultura.
¿Se puede pedir más? Hombre más honrado, ¡jamás conocí a otro igual! Con tanta miseria, hambre y demás calamidades que se daban en los hogares de los humildes... Por esos años donde tanta hambre había por todos los lados, pocas familias se salvaban de ella. Maestro como lo fue él, no se pueden encontrar. Fue nuestra guía espiritual, ejemplo que muchos seguimos. Ha merecido la pena seguir los consejos que nos daba. Ésa es la verdad —afirma orgullosa Luisa.
Recuerdo que, tras la muerte de su hermano Manolo, su tía María pasó a vivir en la finca de Chorrosquina, ubicada entre la parte de arriba donde vivía Manolo el Intérprete y mi hermano Juan. Me acuerdo muy bien del sitio. Estaba cerca de la tapia, a la parte de abajo de la verja que había en la entrada de la casa donde vivía Manolo. Y a raíz de venirse a vivir aquí su tía, se fue con ella su sobrino Baltasar, que ya tenía unos dieciséis o diecisiete años.
 
Cuando murió, tras provocarle el aborto de su tercer hijo, me cuentan que el padre de Baltasar y de Manolo estuvo tres días con ella, el tiempo que estuvo ingresada en el hospital. (En mis tertulias con las gentes de El Cobre he podido descubrir que el aborto se debió a una paliza que le dio su compañero, que le tiró una bota y le dio en el vientre, lo que le provocó tal pérdida de sangre que la mató). Según me cuentan, tuvo tiempo de pensar al estar tres días allí con ella y fue cuando se dio cuenta de quién era ella; pero ya era demasiado tarde para cambios. A Manuela no le dieron ninguna esperanza de vida. Se moría sin remedio, como así ocurrió. Esta mujer ejemplar dejó de sufrir el trato y la vida que le dio este hombre, que parece que sólo la quiso para satisfacer sus instintos y luego retornar a su vida de contrabandista. Aunque me comentan que, Mientras estuvo en el hospital de Algeciras, no se retiró de la cabecera de su cama hasta que murió. (Hospital, que hoy es centro de rehabilitación de toxicómanos y casa de cultura).
Y justo pegando, haciendo esquina, está una pequeña iglesia. Que, para mi asombro y satisfacción, después de tantos años, me entero por fin, y tiene que ser a través de Baltasar, que fue el lugar donde se casaron mis padres Antonio y Luisa (la que cuenta parte de estos relatos) Y yo por fín me entero que mis padres se casaron el 9 de septiembre de 1.948 ¡Y yo que creía que era muy pequeñito cuando se casaron! ¡Y no fue así!
Yo tenía seis años, un mes y dos días. Según me ha contado mi madre, como a mí me gustaban tanto los caballos, me llevaron donde mi tío Juan Medina, que me llevó por la sierra a caballo para que, de esta forma, yo no me enterase de lo que iban a hacer ellos y así poder ocultar algo que en aquella época estaba mal visto: ser hijo de soltera por los avatares de la guerra. Antonio, su compañero y mi padre, se estaba librando del servicio militar por hijo de viuda tras la muerte de su padre asesinado por aquellos que luego querían llevárselo para cumplir el servicio militar, ¿que paradoja? Ése fue el motivo de tal larga espera.  
 
Me cuentan que era una iglesia pequeñina, que tenía un altar muy pequeñito y que se llamaba Iglesia del Carmen. La madrina de su boda fue su hermana María Mercedes y su padrino, Damián, que era sargento del ejército. Pepe Escalona fue su testigo y me dicen que vive todavía, tiene 80 años. Según me cuenta Luisa, tiene un año más que ella y era carbonero.
Vamos, ¡el que vendía el carbón! Que fui yo en busca de él y, le dije: ¿Quieres ser testigo de mi boda? Y él me contestó: ¡Cómo no! ¡Ahora mismo! Y así fue la peripecia de mi boda —me confiesa mi madre, Luisa.
   
Libro de familia de Antonio Molina González  y Luisa Medina Villatoros

Parece que lo estoy viendo, al abuelo de Baltasar... —Me sigue contando Luisa—Era un hombre muy alto y delgado. Estaba siempre detrás del hijo, para que reconociera a sus hijos, pues él sabía que eran los hijos de su hijo y, por ello, sus nietos. ¡Él sí que lo sabía bien! Por el gran parecido de los niños con su familia y, como decía él, ¡por lo bien que conocía a su hijo y sus andanzas!
   
Una vez, al protagonista de esta pequeña historia le llamó su padre y le dijo: Mira Baltasar, no quisiera morirme sin que reconozcas a mis nietos, que son tus hijos. Esto parece que le hizo recapacitar, y después de esta conversación, al poco tiempo, por fin los reconoció. ¡No sabes lo orgullosos que se pusieron sus abuelos! —me asegura feliz Luisa, como si esta noticia le llenase también a ella de satisfacción y orgullo—. Y es que era lo que siempre quisieron, lucharon tanto por ello, y toda la presión que puso su padre, tuvo su efecto. Que de esta forma se sintió obligado a hacerlo. Fue mucha la presión que los abuelos Pedro y Ana hicieron para que les reconociera, ¡porque si por él hubiese sido, nunca los hubiese reconocido! Porque él no los quería. Aunque luego, al paso del tiempo, parece que se arrepintió de ello.
Mira, te voy a decir una cosa: Siendo ya Baltasar mayor, le llamó un día su padre y le dijo que quería hablar con él, que lo que tenía que decirle era muy importante para él.
Parece ser que su padre se encontraba malo y por ello buscó un momento para hablar con su hijo, y le habló y le dijo: Mira Baltasar, nunca te he pedido nada pero esta vez te tengo que pedir un único favor. —Que no le pedía nada más que un favor, me repite Luisa—. Era que si se ‘echaba’ una novia y la quería, que no hiciese nunca lo que hizo él. Que lo que hizo él, fue lo peor del mundo. Que fuera un hombre como tenía que ser y que, si la quería, que se casara con ella.
Todo esto se lo dijo cuando se enteró que salía ya con la que fue su mujer; que, ¡por cierto!, la niña mayor la tuvo de soltera —añade—, ya después se casó. —Recogiendo datos entre sus más allegados, me dicen que fueron más las que tuvo antes de casarse. En una de las visitas de las que suelo realizar a la señora Antonia, me comenta, junto con una de sus hijas, que no fue sólo la mayor, que fueron tres las chicas que tenía cuando se casaron sus padres. ¡Nosotros también nos casamos en la Iglesia del Carmen! ¡En la misma iglesia donde se caso tu madre!—me indica Antonia.
  
—Y sigo con la entrevista con Luisa—. Su padre no los quiso. ¡Pero si ni tan siquiera les compró unas miserables zapatillas a ninguno de los dos! —se reafirma Luisa—. Mira, Baltasar era ‘clavaíto’ a su padre, eran como dos gotas de agua. Baltasar tendría dieciséis o diecisiete años que, para más señas, por esa época también empezaba a parecerse a su padre con respecto a las mujeres. Le tiraban las hembras bastante. ¡Todo se hereda! —me repite.
 
Chumberas, finca de Chorrosquina
Te voy a decir una cosa—continua—. El padrino de Baltasar era el único que venía mucho a verle.  Lo que no me acuerdo es de cómo se llamaba, sólo me acuerdo que venía en una burra. Ése era el que le traía cosas al niño, como alpargatas o unas camisetitas. En fin, que siempre que venía a verlo, le traía algo. Para de esta forma poder ayudar a su tía Catalina en el mantenimiento del niño. Pues no había de ‘na’ y, por desgracia, su padre nunca les ayudó. Parece que estoy viendo a este hombre... Venía en una burra, siempre subido en ella, y en la cuestecilla, donde tiene hecha la casa la hija de mi sobrino Miguel, ¡allí se bajaba de la burra y llamaba al niño por su nombre! Y salía el niño, lo cogía, lo besaba y lo abrazaba, y seguidamente le daba lo que le traía. ¡Allí mismo! ¡En la cuestecilla! Justo donde estaba la era donde trillaba mi hermano Juan, que estaba la puerta de entrada de la finca.
Lugar de gratos recuerdos para todos los niños de la época. Era un hombre muy bueno el padrino de este niño y vivía a la entrada del pueblo, en Algeciras. Venía por la mañana y le traía cosas, incluso caramelitos. Pero su padre, nada de nada —se repite Luisa—. ¡Y estos niños se merecían algo de su padre! si no los quería, por lo menos un trozo de pan, que eso no se le niega ni a un perro. ¡Pero si ni tan siquiera veía a los niños! Como si fueran hijos indeseados…

—Paco Medina Trola, que es su primo hermano, me dice—: Baltasar hizo el servicio militar en el cuerpo de Regulares de Melilla, en el año 1946. Baltasar tuvo nueve hijos, cinco hembras y cuatro varones: Manoli, Mari Luz, Nina, Marina y Mari Palma y Baltasar, Pepe, Javier y Carlos. A una de las hembras le puso como su tía Catalina Trola, —me apunta mi madre.
 
—Sigue Luisa con su aportación—. Aquí me cambia la conversación y me lleva a dónde vivió — Primero de ‘na’ —como se expresa ella—, fue en El Tunar donde se casó y primero vivió. Aquí tuvo su residencia durante unos años.
—Interrumpo para decirle a mi madre, Luisa, que fueron los más hermosos también para mí, en los que tantos recuerdos me ligan a esa tierra, su gente y su cultura. Solía montarme en los caballos que acarreaban alimentos para los animales, camino de El Tunar, con su suegro, el padre de Antonia, que vivía con ellos. Y, que yo recuerde, estaba con ellos cuando Baltasar se tuvo que marchar por fuerza mayor. Este hombre estuvo con ellos hasta su muerte.

En esta finca de El Tunar pasó unos años viviendo con su familia: tierras, ganado… ¡Cuántas veces en la era, que estaba ubicada por la parte de debajo de El Tunar, pude recrearme en la trilla del trigo! Montado en esos hermosos carruajes llamados ‘trillos’, que con sus cuchillas circulares cortaban la paja, (junto con el pateo de los animales); se sacaban esas fanegas de trigo y, a la vez, esa paja tan sabrosa para que los animales la pudiesen comer; ¡no la cortada por las máquinas!, ¡que los animales rechazaban!

Le veía en el descanso del trabajo diario, con la fresca, domando esos hermosos caballos día tras día y nunca hubo algún animal que se le resistiese.
  
Pero alguna vez tenía que ser. Y, según me cuentan, le prendieron en la sierra, por un soplo. Alguien que se chivateó. Él se encontraba situado en un lugar del que no tenía ninguna posibilidad de poder escapar. Según las versiones de algunos de sus familiares y amigos, que con su aportación ha sido posible saber toda la verdad de lo que sucedió, aparecieron súbitamente y le echaron el alto; le tenían cubierto por la derecha y la izquierda del terreno. Él exploró con la vista la parte del río y se encontró con el barranco y, al verse pillado, se dejó prender.

Qué, ¡por cierto!, él me contó —: Mira Antonio, al que me denunció no le quedó más remedio que cantar después de que le pegaron y que lo que hacían con él era torturarle. Yo comprendo que todos no somos iguales, el cuerpo y el cerebro humano, y que todos los seres humanos tenemos diferentes límites en soportar el dolor. Los métodos que se empleaban por parte de los carabineros eran inhumanos, vejatorios y bastante salvajes; lógico, estábamos en una dictadura. Que ese buen hombre —como lo describía él— no tuvo culpa de ‘na’. —Esto que cuento me lo dijo personalmente Baltasar en una de tantas tertulias que solíamos tener—. Esa criatura no pudo aguantar más y tuvo que decirlo todo,  todo lo que le interesó a los civiles de aquella época sobre mí. Era lo que ellos querían, me querían a mí, los demás no les importaban. Les decían ellos: Al que queremos coger es a Baltasar.

A esta persona yo nunca le guardé rencor, al que me denunció—me aseguró Baltasar. Pero al que siempre tuvo en su recuerdo fue al guardia civil que lo detuvo.
 

CONTINUARA