MUJER ANDALUZA NACIDA PARA SUFRIR

MUJER ANDALUZA NACIDA PARA SUFRIR
PRESENTACIÓN DE LA NOVELA EN "EL COBRE" ALGECIRAS- CÁDIZ (ESPAÑA) DONDE NACIÓ ESTA NOVELA.

UNA REUNIÓN EN LA SIERRA


El sol está en el ocaso, y va transponiendo
por el borde de la sierra; los últimos rayos
se manifiestan en mi rostro que esplendoroso me ciega,
dando paso a la penumbra por toda la pradera.
Sentado yo me encuentro en un terreno abrupto
en el mismo borde al final de su ladera.
Mis pensamientos se funden con el paisaje,
mis ojos contemplan con nostalgia,
una verde primavera.

 
Soñar no cuesta dinero,
los sueños son satisfacciones
y no dejan de ser sueños.
Por techo tengo el firmamento,
la Luna y las estrellas;
la Luna brilla con fuerza
iluminando el terreno, como
sí de un gran foco de luz se tratase
y así, poder entre la oscuridad,
un sueño poder consumar.



 
Mirando establemente con todos mis sentidos concentrados
al final de nuestra sierra, los picos que resaltan
como cabezas de piedra que un día quisimos coger
y ascender por su ladera. Algo se agita en mis
entrañas, siento una gran necesidad, sigo mirando
a la sierra, ¡algo hermoso va a pasar!
Crispada tengo mi cara, mis labios se comprimen,
se endurecen uno contra el otro, sin poderlo remediar.
La mirada firme, fija, penetrando observo todo el terreno
con un objetivo a alcanzar, esa sierra que
una fiesta en ella se va a celebrar.
 

Miro a mi alrededor y unos alazanes veo pastar;
en silencio me aproximo a uno de ellos, y sin más,
lo acaricio con cariño suavemente, rozando con la yema
de mis dedos por su ancha frente; miro sus ojos fijamente,
nos cruzamos la mirada, se deja acariciar,
lentamente me arrodillo para poderle quitar la traba
que tienen sus patas delanteras el animal,
se la coloco en su cuello asiéndola con mi mano,
y lo acerco a mi redil.
Le mimo con mis caricias y mensajes de amistad,
él con su fuerza y destreza me tiene que conducir,
a ese lugar tan soñado, que es la sierra del lugar.

 

Le coloco la cerreta, el hierro del bocado con
mucho mimo le introduzco en su boca.
La silla ya esta ajustada, estoy apretando la cincha
que abarca todo su vientre, liberando su cola
para poder cabalgar. Me coloco las espuelas, las
zahonas tengo puestas ya; unas tijeras de cortar alambre
que introduzco en mi morral, ¡qué voy a precisar!
 

Montándome en mi Lucero e iniciando el caminar
en dirección de la sierra que una fiesta va a empezar.
En la mitad del camino me tengo que apear
para cortar las alambres que en la sierra
han colocado barreras para no poder pasar,
que no nos dejarnos soñar.
Corto con mis tijeras esos alambres con púas,
que tanto daño hace a los animales que deambulan
por los campos, retozando para gozar la libertad.
 

De niño yo caminaba, sin alambradas ni puertas
que interceptas las calzadas a esa sierra sin igual.
Vuelvo a montar al caballo, mi Lucero no se enfada,
bien sabe él esta fatalidad. Camino hacia la sierra,
pues algo hermoso va a acontecer: en la mitad del camino,
me cruzo con un pastor, me saluda y me expresa sorprendido:
-¿Qué haces por aquí chaval?

 
Yo le digo sonriendo ¡una fiesta va a empezar!
me lo han dicho unos conocidos. ¡Allí! en lo alto del majal!
-Él  se sonríe y testifica, ¡algo he percibido yo al pasar!
hay sonidos de guitarras, panderetas y timbales,
cascos de caballos que tronaban el lugar
y algún cante por flamenco, quizás
¡la fiesta haya comenzado ya!
 

Espoleo a mi Lucero, no sin antes saludar,
dar gracias por la noticia y al evento poder llegar.
A pesar de la luminosidad que la Luna llena nos da
que produce tanta claridad, mi caballo
da un traspié, es un poco natural, muchas
piedras, mal camino, difícil para los cascos
de este hermoso alazán. Se ve el final del camino
la cresta se empieza a divisar con claridad.
 

Divisando las cuadrillas que en plena fiesta se encuentran;
con apasionado interés lentamente me aproximo
todos me miran al llegar. Yo no salgo de mi fascinación,
he hecho mi fantasía realidad ¿Es mi gente? repito.
Atendiendo los suaves romances que esta dando,
Don Alonso el del Cepillo que nos deleita con su arte;
las guitarras rasgan en la noche con su sonido peculiar.
Suena la de Julián Arcas, también la del Maestro Patiño,
que junto a la de Paco de Lucena, seducen todo el lugar.
 

Se acercan otros jinetes, ¿pero si es Baltasar?
Desciende de su caballo, nos saludamos sin más:
-Te voy a presentar. Este que está a mi lado es
el tío Mollino, ¡tú te tienes que acordar!
¡Cómo canta el condenado! ¡Qué gitano más cabal!

 
-Te presento a Juan Talega, Falconeti, al gran Antonio
Mairena y a Manolo Caracol y que junto a Camarón, 
el cielo de cantos llenan sin llegar a descansar; y me
indicas que en la gloria ¡cantes hay! por todo lo amplio
del cielo. ¡Yo creo que mucho más!

 
-Mira aquí está tu gente, se me escapa un suspiro,
de mi boca salen las palabras que tú me vas a contar.
¿Si es Manolo? ¿Si está Pepe? Y Mari Luz ¿dónde está?
Por ahí esta con tu tío, que de la mano siempre van.

 
El círculo se hace más grande, la “candela” arde ya;
se acoplan los cantaores al oír las guitarras arrancar.
El cante por Peteneras, Seguiriyas, Soleares.
¡Dale más Livianas Juan! Y esos fandangos María,
que tú los sabes cantar, como lo hacías aquel día
que estabas tan enfada.
 

La noche se está acabando, la alborada llegando esta.
Nos tenemos que marchar, me dicen los componentes
de esta hermosa acampada. Se acoplan en sus caballos
no sin antes apagar la “candela” que habían hecho
“pa” poderse calentar. Se despiden de mí todos
con destreza y humanidad y me dicen al oído,
¡nos volveremos a encontrar!
por los caminos de esta sierra tan difíciles de sortear.

 
Voy en busca de Lucero, triste y en soledad.
Antes de transponer  por la cuesta y que se percaten
de mi ausencia mi familia y los demás; asegurando la cincha
por si se ha podido aflojar; asiendo con firmeza las riendas
de un salto me acoplo al animal. Espoleo a mi Lucero,
con una gran suavidad, nos filtramos por el “boquete”
que hicimos para así poder acceder a esa sierra singular.

 
La madrugada nos está atrapando y no conviene asustar.
Doy de beber a Lucero en el Chorro una vez más
lo aproximo a la manada; quitándole la silla y
limpiándole de sus lomos el sudor al animal.
Antes de quitarle el hierro de su boca, mejor le trabo las patas,
no sea que se me pueda escapar.
La traba ya tiene puesta en sus patas delanteras;
quitándole la cerreta, espuma le sale al noble animal
por su largo transitar.

 
Lentamente me acerco a la casa a reposar, que
una noche muy fructífera ha sido para mí una vez más,
por las calzadas del cielo con mi caballo Lucero;
que en esta tierra se hallan, y en este sublime lugar.
 

Antonio molina Medina