Mujer Andaluza Nacida para Sufrir

Mujer Andaluza Nacida para Sufrir
SEGUNDA EDICIÓN

AUTODEPENDENCIA


La música inunda la pradera. 
Su sonar incita a la primavera, 
refulgente y presta a resurgir, 
¿Qué más quiere el hombre que ser primavera? 
Constantemente siente los latidos de un corazón 
que asiente convulsionando los cimientos de 
un alma atormentada, en los silencios de la noche 
envolvente y plácida. 
La quiere, la quiere tanto que su corazón 
retumba como animal fiero. 
Corazón, ¿Por qué te despeñas? 
¿Por qué amas tanto sin reservas? 
Lo das todo por la mujer que amas y amarás. 
No hay posibilidad de dar un paso atrás. 
Todo está escrito en las estrellas. 
Así es la vida. Así son las cosas del corazón 
para los que tanto aman.
Antonio Molina Medina

MUJER


¡Cuánta paz trasmite su mirada! ¡Cuánto amor acumulado el que surge de su cuerpo! Su corazón brama con ansias. Sólo su pensamiento se solaza con un amor descubierto, sin fronteras; sólo él se desborda sin compuertas o barreras que se instalen y detengan la sangre de sus venas.

De su cuerpo fluye la vida. Se dejó atrapar. Son sentimientos los que le estimulas, mujer. Mira su figura, que le consuela y sus ojos: que le hacen soñar y vivir intensamente. Colgado a su cuello, instalado en su alma, siente los latidos de su corazón: que tanto quiere, tanto ama y amará…
Antonio Molina Medina

EL ROJO DE LA ARENA…


¡Que es poesía, tú me dices!
Apaciguo mi cuerpo en la arena de la playa
mirando a la mar, sereno y en calma.
Una lancha a, lo lejos, ruje su motor
interrumpiendo los sonidos de las olas
que, a mis pies, rompen su cadencia.
Cierro los ojos y aun puedo discernir,
las blancas nubes que cubren el amanecer.

Con un libro entre las manos,
pasando hojas ya leídas,
que sujetan mis dedos con fuerza por la
insistencia del viento, que nos domina.
El agua del viejo poniente, limpio y
solitario, resplandece en la arenisca,
que cubren mis pies.
Las gaviotas revolotean, picoteando la arena.
Sentado, mirando a la mar, mi alma se queja,
mientras la delicada arena cobija mi cuerpo.

El viejo gusano sacude mi cerebro…
y sigo caminando por este desierto.
¡Que es poesía!
Dice mi corazón, en voz baja,
observando el azul del cielo
que interrumpen las gaviotas
en su revoloteo.
Antonio Molina Medina


SUS LAGRIMAS

Fuente del Águila. Río de La Miel. Canuto hondo. El Cobre. Algeciras.

Compartiremos lágrimas,
lágrimas que se deslizan
por las arrugas de mi rostro
de surcos compasivos que tratas
de silenciar con los dedos de tus manos,
los que atrapó el tiempo con tu silenciosa  
y ‘repiqueteante’ mirada.
Los sonidos resuenan compasivos
recorren tu cuerpo,
esponjoso y tierno para dormirse
entre sus brazos, arqueando tus pestañas e
introduciéndote en el armario de tu alma,
donde una musiquilla se convierte en plegaria
que bombea su interior copulando con tu alma.
Das vida a tanto amor incubado que
se reseca y clama… reclama… poniendo al cielo
por testigo rompedor de moldes desde su techo
de ramas. Donde los sueños van creciendo,
poniendo el corazón entre sus brasas.
Se empeña… me empeño… su empeño…
cielo azul rompedor de nubes blancas…
Preñado por romper el amor y la esperanza…
para quererte… quererse… quererla…
sintiendo el infinito del tiempo,
donde aún brota la esperanza.
Antonio Molina Medina

Una plaza rodeada de niños.

La muy noble y leal Ciudad de Orduña.  Bizkaia.

Tratando de seguir caminando, la única forma de vivir es soñar llegar a alguna parte. Pasan las páginas de un libro. Cerrando los ojos se introduce en él y se mece con el balanceo que proviene de los pergaminos que sustentan su calma entre socavones de letras. Ya no se deja ni viaja, nada le atrae. Hasta el aire sufre cuando respira el aire que sus pulmones fermentan.

Orduña
Contar los sentimientos, los que brotan al margen de lo que te rodea, es prioritario y necesario. Tratar de comunicar lo que tu corazón siente en este momento, donde la libertad es parte de tu existencia, también lo es, por eso escribes lo que sientes Antonio, lo que siento, aunque sea dolor. Desde el dolor y la rabia me obligo a rebelarme contra él mismo y su forma de ser, sabiendo que sigue en su tren sin saber a dónde va.
Se sufre corazón. ¡Maldito corazón! ¿Por qué amas? ¿Por qué tiemblas? ¿Por qué la amas si tu misión es bombear la sangre oxigenada que circula por tus venas? ¡Déjalo morir! Es cuestión de tiempo. Trata de caminar, aún estando en tinieblas.

El tren se desliza cimbreando su estructura de madera y hierros en limpia mañana por el valle entre las montañas. Sus ruedas giran y giran. Giran desde la madrugada al unísono por los raíles que, perfectos, mantienen la distancia. Pasan estaciones, gentes que se apean, gentes que suben incansablemente. Su estructura se resiente con los cuerpos que se acomodan sobre sus asientos. El murmullo de voces se escurre por pasillos y, mientras, el revisor, atento a todo lo que se incorpora a su estructura, nos convida a aportar el billete para su conformidad. Con sonrisa amable, forzada o secundaria repite el rito acostumbrado en siglos pasados que nos hizo soñar:
-Por favor su billete.
Le sonrió y se lo ofrezco, lo revisa y con sigilo amablemente nos da las gracias para continuar.

Siento el sonido que forma cundo la mole de hierro atraviesa los túneles que nos sorprenden con su oscuridad. Entorno los ojos, dilato mi cuerpo y explota el universo ante la mirada que brotó del corazón asfixiado de lo ingrato, ingrávido, y subjetivo que la vida nos depara. La luz se forma de nuevo. Mis ojos que se abren pletóricos de dicha contemplando el valle.

Una pequeña cabaña se camufla entre la espesura. Un chiquito río bordea sus maderas que bien forman su habita. Los perros juguetones, salen presurosos mirando la bestia de hierro. Sus miradas intrigantes me indican que su olfato les advierte de una presencia extraña. Los tallos de esperanza que brotan de la sabia de los árboles viejos nos contemplan. Los miro y me abrazan. Nos abrazan. La mole de hierro se subleva y gime silbidos de sueños entre raíles.

Orduña
La inquietud y nostalgia azotan mi cuerpo. Mi corazón agitado se duele. Entornando los ojos alcanzamos la estación deseada. El tren se detiene, su andén nos saluda, pero no hay mendigo que espere, ni sombra que presienta su cuerpo, sólo el silencio que todo lo inunda. El aire se mezcla con  la palabra que nunca nos abandona, ni nos deje morir envueltos en lágrima.
Parte el tren. Continúa su trayecto dejando el andén…



Diez caminos conducen a su fuente.
Renuevan acertijos. Sin castaños,
sin ilusiones, los caños de agua persiste.
Sombras se baten por sus aguas manantiales.
Ventanas ventilan su puerta milenaria.
Cascada de espejismos. Hastiales sedientos
de niños con furia.
Aforismos, desviven su plaza.
Antonio Molina Medina

ORDUÑA-2

Orduña. Bizkaia. Comunidad Autónoma de Euskadi.

Y su mente se paseaba por las calles de su ciudad mientras los menudos rayos de claridad que el sol nos mandaba, al término de su ocaso, daba paso a la oscuridad que se apropiaba de nuestras pisadas, recorriendo los pasos, detrás de las tumbas de seres que se iban, entre ataúdes de roble y encina, entre sus aldeanos.

La luna alumbraba mis pasos y su blancura era de plata: sobria y poderosa. Nos cedía su luz que, hasta los tejados de los caseríos, reflejaban su paz, junto a sus gentes de antaño  que silenciosamente despedían la noche triste y perezosa. La procesión de cuerpos, se iban alejando entre los sonidos del txistu y tamboril por las calles de la ciudad. Y sus voces y lágrimas se perdían entre la música sacra que nos incitaba a bajar la cabeza. Y a cada golpe que el cuero recibía, se filtraba el sonido que penetraba hasta el corazón y mis sentidos agitaban mi mente, dejando al descubierto las miserias de mi cuerpo.

Orduña. Bizkaia. Comunidad Autónoma de Euskadi.
Mientras, cuerpos, manos y cerebros humanos, seguían en silencio la marcha del cortejo camino del nuevo caserío, donde se juntan cuerpos olvidados, esperando el regreso de los que le acompañaran sin ningún tipo de pertrechos. Mientras, ella se conformaba, ya que pronto recibiría su consuelo: ¡El de toda una vida!  ¡El que movió sus sueños... El que los hizo ciertos!

La noche nochera se cuela entre sonidos de txistu y el tamboril; redobla con los impulsos del sueño pasado, y nos hace vibrar. Sin luces que nos dé esa claridad del fuego y las llamas que engrandecieron sus almas. Mientras, el féretro de ella, la que se adelantó a la eterna muerte para despejar con su osadía el camino marcado con pasos añosos; el que seguirá su amor de verano y de invierno ¡y el de todos sus años!

Orduña. Bizkaia. Comunidad Autónoma de Euskadi.
Mientras un fantasma recorre la ciudad con su señal fatídica, llevando su emblema y su última estrella que se duele de ser de esta vida. Y el cielo se abre, y recibe a su estrella. Ella lo esperaba, lo necesitaba… ¡él era su estrella! Y traspasaron la última frontera. El rostro de una madre fue la luz de sus velas. Ella le sonríe y se abraza a su estrella, que luce en el cielo sonriente y nueva.

Y la noche de pasos y cuerpos y féretros se quedan sin ella.

Un nuevo caserío. La luna le alumbra en las noches claras; sonríen sus caras y crujen sus venas mientras las puertas de acero se abren y se cierran, sin pausa y sin prisa, aun en primavera… La muerte es severa y no tiene prisa, incluso nos consuela. Mientras tiemblan las almas al despedirse de su propia desgracia, entre las tinieblas.

Orduña. Bizkaia. Comunidad Autónoma de Euskadi.
Como dos soldados después de la contienda, hoy unen sus cuerpos… Cuerpos que se abrazan, cuerpos que no tiemblan, que lo dieron todo aquí, en su tierra; la que nos amamanta, pues somos materia y se vuelve a encontrar ya que hasta la vida… sus vidas les espolearon y supieron compartir fuera de la Cuidad, cercana su puerta, la de Burgos. A la sombra de sus murallas como dos veteranos de guerras pasadas deje que mi corazón se acercara a sus tumbas que, golosas, me ofrecieron su cavidad.

Pero la luna enfurecida orquestó su música entre  txistu y zambombas. Entre tambores de guerra me ofrecieron su libertad, la que me brindaron con sonrisa y anhelos, enlazadas piedras cuadradas, que, entre animales caseros, soportaron su carga.

Orduña. Bizkaia. Comunidad Autónoma de Euskadi.
Limpiando las cuadras sentía su calor humano y la corraleta de puercos de antaño me decía lo que somos cuando los cuerpos se pudren: lo mismo en invierno y también en verano.

Dos amigos. Dos sentidos peregrinos nos dejaron el camino y las veredas y las sendas y los llanos. Los principios que marcaron, las ruedas de los carros con sus anillos de hierro y maderas que no tengo palabras para describirlos ya que los bueyes tiran con fuerza y ¡mira que eran mansos!

Orduña. Bizkaia.Comunidad Autonoma Euskadi
De la noche surge la brisa y, en su azul, clarea la luna que se posa entre las aguas del Nervión, de la esperanza que busca su libertad como una serpiente casta hasta llega a la mar, esa mar de mi esperanza.
Antonio Molina Medina
03/01/18







ENTRE VEREDAS ANTIGUAS HOY CAMINABA SU ALMA


La casualidad dio que los pasos de Juan subieran por el sendero en dirección al ventorrillo antes de llegar a su destino. Era lugar de paso y de descanso y aprovisionamiento para los viajeros que se dirigían a la ciudad, como único paso (desfiladero) de difícil acceso, con una única y estrecha vereda, de ahí, la necesidad del descanso de viajeros y bestias, muchas veces pertrechadas con cargas a veces superior a sus fuerzas, donde los animales caían reventados por el excesivo esfuerzo a que se les sometía.
Juan se apeó de su montura, dejando caer su pierna derecha mientras la otra seguía metida en el sostén o, estribo que la sujetaba, para lentamente posar su cuerpo y con la brida en su mano dio una lazada en el redondo tronco  colocado a la entrada del ventorrillo. Quitando con un trapo el sudor del animal y acariciando su frente aflojando el correaje del bocado.
Juan sube los peldaños de madera y empuja con la mano la puerta que abanicando sus dos hojas se mece al pasar dirigiendo sus pasos al pequeño mostrador y pedir un vaso de vino, para su reseca garganta.
-Buenas tardes, Pepe.
-Que pasa Juan  ¿cómo tú por aquí?, le saluda Pepe.
-Vengo de comprar una cosillas de Cádiz, le contesta Juan.
Juan se da la vuelta con el vaso al borde de sus labios ya húmedos al contacto del vino y se fija en una mujer que está taconeando en el pequeño tablado de la Venta ubicado a la parte izquierda de la barra del mostrador.
Juan se vuelve hacia el mostrador y dice:
¡Oye Pepe! ¿Y Clara la cantante? ¿Qué ha sido de ella?
-¡No recuerdo bien de quién me hablas! –le contesta.
-¡Si hombre! La cantante que parecía desde lejos un poco calva, aquella que siempre iba peinada de la misma manera.
-¡Sí! Ya recuerdo –afirma - Que decía la parroquia:
-¡Pepe! ¡Esta mujer siempre se peina de la misma manera!
-Si esa, -le afirma.
-¡Que ha sido de ella! –insistía Juan.
-Por aquí estuvo unos años. Era muy jovencita y ya se maleo. Este ambiente no era propicio para su juventud y las calamidades de esos años.
-La verdad es que era muy buena, cantaba muy bien, -repetía Juan.
-Oye, Pepe. ¿Por qué le pusieron la cantante calva? –le insiste Juan.
-No estoy seguro, lo que pasaba era que, su pelo era muy negro y ella muy morena y se confundía el pelo con el color de su piel, tan tostada tirando a negro.
-Juan tu sabes que lo del peinado esta mujer fue muy exigente formaba parte de su figura cuando salía a las tablas.
-Era muy hermosa y cantaba muy bien, -se expresaba Pepe.
-Anda que cuando se subía al tablado, menuda la que armaba, entre sus pies y la voz; con esos zapatos negros que brillaban en la penumbra del local, -se explaya Juan.
Quizás no pudo aguantar las puyas que le lanzaban los clientes, ya que muchas veces formaba la grande y la parroquia le pedían que se soltase el pelo y ella simple se negó. –Insiste Pepe.
-Pero la verdad, al final que fue de ella -le insiste Juan.
-Pues nada, que llego un hacendado con dinero y se encapricho de ella y de su forma de ser y de actuar y, poco a poco, la cameló y se la llevó a un tablado que tenía en la Ciudad.
Si sé que duro muy poco en ese lugar y, según me dijeron, algún  parroquiano que fue a verla cantar, cada día lo hacía mejor y más segura. Le pusieron un guitarrista muy apañado para ella sola.
Hasta que ella se cansó y quería ser alguien porque tenía mucho poderío y se despidió para marcharse a Madrid, donde dicen que triunfo. Es lo único que se de ella.
-Juan, entorna los ojos y apura su vaso de vino mientras gira su cuerpo y mirando al posadero le dice:
-Bueno Pepe, te dejo que todavía me queda un trecho hasta llegar a la casa que salí esta mañana temprano y casi se me hecha la noche encima.
-Vete con dios Juan  - le sonríe Pepe  mientras atiende a un cliente con una botella de vino en sus manos.
Juan sale lentamente del ventorrillo recoge el cuero que sujetaba a su corcel y acaricia la frente de su montura, introduciendo su pie izquierdo en el estribo, salta cómodamente sobre su montura azuzando suavemente los costados del animal con sus espuelas, se deja llevar al trote de su caballo, por la cuesta en dirección a la ciudad que reside los suyos con  la compra que les trae de Cádiz.
Mientras la luz se disipa lentamente sobre el valle y las sombras pausadamente va cubriendo suavemente los sembrados y las orillas de su río por donde sus ojos dejan mecer la vista apropiándose del paisaje que adorna la estructura de sus campos junto a los trinos de pájaros olvidadizos que se despiden de la cañada por la que transita. Silbando y con sonrisa de oreja a oreja, Juan desprende su corcel por las lomas de la sierra para encontrase en la vereda con las aguas limpias y cristalinas, que, hasta su caballo se detiene para saciar su sed, de la travesía acumulada en sus costillas.  

"Esta noche más que nunca"
necesitaba tus besos.
Y no solo son tus besos,
sino también tus caricias,
las que provienen de tus dedos,
de tu boca de tu aliento...
del fondo de 'to' tu ser
cargadito de recuerdos, los que
aligeran mi alma de los malos
pensamientos. Pensamientos que
almaceno aun... desde el nacimiento.
Antonio Molina Medina
22/12/16