Liberación.

 


Liberación.

Hoy suspira mi mente y se acerca silenciosa,

ya sin recelos, a los aledaños de paredes antiguas,

con linderos de afrodisíacos y ansiosos deseos de

escuchar a chiquillos cantar en las aulas de

una escuela del tiempo ya transcurrido, de pupitres

llenos de cuerpos y cerebros vacíos; aunque

sus mentes huecas juegan por las sombras de su

contenido.

 


¡Solo el silencio era sincero! y el ladrar de los

muros se hacía interminable, y su muralla antigua, que

solo les cubría, sonreía y nos sonreía a la clase vacía,

mientras las pisadas huían de los pupitres y de la

tierra baldía, ya envejecida por el acoso del tiempo;

mientras, masticaban un chorizo casero de la última

matanza, en una cuadra ya en silencio, donde sus 

cuerpos se posaban sin mente, ya sin las humedades

que volaban por las calles cuando las evacuábamos.

 


Hoy crujen sus pasos y aligeran los años sin miedos,

sin ira… la corriente se desliza azarosa,

encontrando su destino, defendiendo su mente,

la de un cuerpo que se irrita (aunque ya sin mente

ocupada ni trastos que le irriten) camina despacio

con la única arma que son sus caricias; o ese tirachinas

que nos defendía de esos ‘Caines’ que ‘Adan’ nos dejó

según lo contado, por aquellos opresores que quemaron

sus almas por un puñado de sin las razones, que brillaban

sin los sueños que culminaron con carbón azucarado, muy

negro, como el cuento de los tres cerditos y la cenicienta 

que se alejó de los mortales entre las lágrimas y la negrura

que nos legaron míseros humanos, faltos de conciencia.

 


Hoy la divinidad de algunos seres, ya sin conciencia,

la que han acumulado como nuevos dioses,

solo para hacer, entre verborreas, malas conciencias,

que nos torturan sin piedad, con ira y formas de vivir

una vida en continuo amordazar; sin sueños que guardar

y sin mandamientos que cumplir, que nos dejaron

para que nos atropellen gentes sin vivir, ni sueños que

cumplir, ni ‘adanes’, ni cuentos de calleja… ya que

sus guerras y sus patrias viejas quieren resurgir tras

la destrucción de la realidad

 


que nos hace sentir que somos mortales, insignes

atriles donde depositaran las nuevas auroras de siglos de

Cultura pertrecha de auroras en nuestro sendero, por el que

transcurrimos sin miedo ni gloria y con la muerte a cuestas

en este sin vivir, que algunos olvidan entre sus riquezas

y atriles de fuego… mientras. la sangre que generan

sus guerras se aúnan sin pausa, entre los mortales que apagan

sus vidas sin miedo a morir. En esta fermentada sociedad.






Antonio Molina Medina

06.01.26