MUJER ANDALUZA NACIDA PARA SUFRIR

MUJER ANDALUZA NACIDA PARA SUFRIR
PRESENTACIÓN DE LA NOVELA EN "EL COBRE" ALGECIRAS- CÁDIZ (ESPAÑA) DONDE NACIÓ ESTA NOVELA.

UN HOMBRE DEL COBRE 2ª EDICIÓN-REFORMADA

Mi encuentro ‘imaginario’ con Baltasar en nuestras tierras



Es un día cualquiera de los muchos en que, buscando tu recuerdo, suelo acercarme por Chorrosquina. Estoy en la casa de un amigo nuestro pero algo me inquieta, presiento tu presencia, tu espíritu vuela como el viento. ¿Será que te has vuelto a reencarnar? Me pregunto en qué o en cuál.

Salgo de mi soñar y me dicen los de la casa que la persona que busco ha salido por la mañana temprano. Salió a buscar una vaca de las que tienen en la sierra y no se sabe cuándo vendrá. Una sensación se apodera de mí, como si alguien me llamara. Es la necesidad de saciar un deseo, ¿qué es lo que  recorre  todo mi ser? ¡Te presiento! No lo puedo remediar... Y mis pasos se encaminan en tu busca, ¡sé que te puedo encontrar!

Son las 13:30 horas, (la una y media del mediodía) y empieza mi caminar. Mis pasos se dirigen al recorrido que tantas veces hice cuando fui niño y, bordeando la finca que fue de Alfonso Domínguez, me acerco hasta El Tunar.

Espectáculo dantesco lo que mis ojos ven ante la vastedad del paisaje, caótico, diría yo. Pero era real, era la triste realidad.

¿Dónde queda la era? Ese hermoso prado verdoso que bajaba desde El Chorro, las matas de poleo, las palmeras a ras de suelo con sus racimos de palmichas… ¡todo está destrozado! Esa pradera, siempre llena de animales... La mirada me lleva a la finca de El Tunar.  ¡Ya nada es igual! Paisaje dantesco y descompuesto el que contemplo. Chabolas de chapas con perros mal cuidados y malolientes me dan la bienvenida. Decepcionado, sigo mi caminar. Mi mirada se dirige hacia El Chorro. Sí, veo todavía unos caballos y algún burro pastando, ¡todavía quedan comiendo esa hierba exquisita e irresistible y fresca que sale por el regajo, de las aguas que se filtran de El Chorro!
 

Me acerco a la verja de entrada de la finca de El Tunar y miro desde fuera lo que fue cuando tú estabas con nosotros. Busco la forma de entrar y veo que sólo hay un alambre forrado de plástico sujetando las hojas de la puerta. Quito el alambre y me introduzco en mis sueños, ¡mejor dicho!, en tus sueños. Sigo estando en tu morada, me acerco a la que fue tu casa y que —también fue la morada de mi abuelo “Curro”—, miro a mi alrededor, ¡cuántas cosas se echan en falta!

Esas hermosas higueras, con grandes brevas que colgaban de sus ramas, situadas según entrabas a la derecha… Faltan muchos árboles frutales, hay un abandono total. Me sigo acercando a la que fue tu casa; ya todo está en ruinas, hoy tan pequeñita a mis ojos y tan grande cuando éramos niños. Mi mirada te busca, siento tu presencia, se respira tu humanidad.
 

Una vez más, los recuerdos vienen a mi mente. Me siento cómodo sobre una piedra para así poder soñar y regocijarme en un tiempo ya pasado, que con nostalgia y cariño me siento obligado a recordar.

Por fin te encuentro, al final de la casa, cargando las alpacas que junto con los sacos de trigo almacenabas en dicho lugar. Te saludo y trato de comunicarme contigo.

 —Hola, Baltasar, te digo. Me sonríes y me contestas: —¿Qué haces por aquí chaval?

—¡Ya ves!, le susurro, de visita como siempre. A intentar verte una vez más y a tratar de saciar este deseo una vez más. Como ves, sigo recorriendo estos lugares, tratando de buscar a las personas que un día fueron mi alimento espiritual por su coherencia en su forma de vivir. Y, como puedes comprobar, todavía me alimento de los recuerdos de donde converge parte de lo que se me enseñó: en estos parajes y en estos lugares donde suelo yo soñar. Son muchos los recuerdos tan sincronizados y hermosos, tan exquisitos e irresistibles, que siento correr por mis venas... La sangre me fluye a gran velocidad cada vez que me acerco a esta tierra y a estos lugares tan anhelados por mí.

—¿Qué tal estás?, te pregunto.

—Yo como siempre, me dices. Trabajar y trabajar, que  hay que comer todos los días, que son muchas bocas que alimentar. ¿No te parece chaval?

Y seguimos hablando de tus cosas, pues eres tú de verdad.

—Ya ves cómo está todo, le comento. La tierra nadie la quiere trabajar, fíjate en esta finca con lo que era en tú tiempo… El otro día se lo comenté a mi madre, Luisa, qué por cierto, me dio recuerdos para ti, y me relató cómo era El Tunar cuando vivía con sus padres. Ahora, como puedes comprobar, poco queda de aquello. Un par de pinos detrás de la casa, alguna higuera, tunas, alguna palmera, unos pocos olivos… También sigue el pozo en la ladera. En fin, para qué te voy a contar, ya ves tú como está todo, y sin remedio de poderlo repoblar. Estas gentes de hoy en día sólo piensan en ganar el dinero fácil y el engorde de sus cuerpos. Que parece que es para algunos la única felicidad.

—¡Mira ‘Antoñillo’, qué vistas se ven desde aquí!

—Las mismas que de niños no sabíamos apreciar, te digo. Mira como está la finca de Chorrosquina, ya ni ésa sigue igual, me da pena mirarla. La casa de Manolo con sus palmeras, y que ya no están podadas como cuando las cuidabas tú.  Recuerdo cuando tú lo hacías, encaramado a su tronco, con el hacha en tus manos para limpiarlo como tú bien sabías. Mira, el pozo sigue entre ellas, todavía se le ve desde fuera, derruido y viejo, ya a nadie le importan las cosas viejas… ni a las personas las personas viejas, como podemos comprobar día tras día, ¿no te parece?


Miro la parte de debajo de la finca de Chorrosquina y un poco abatido mis ojos se humedecen. Sigo viendo a nuestro tío, Juan Medina, ¡Con que mimo trataba a la tierra y la trabajaba! Gracias al agua que desprendía El Chorro, que con su serpentear se podía regar palmo a palmo toda la finca sacaba de la tierra el sustento para todos los que convivíamos con él. Y, de esta forma, poder subsistir tanta miseria que nos rodeaba. Y hoy, la finca está ya destruida por el progreso. No sé qué opinar Baltasar... ¿Que te parece?

Me dicen que la parte de arriba de la tapia está más moderna que en aquellos tiempos. Yo sigo mirando el cañaveral y la parte que queda, que la mantienen como estaba hace tantos años.

—¿Quieres que te diga mi verdad? La prefiero como estaba. ¡Qué manía tenemos de sustituir lo viejo por lo nuevo!

—Baltasar, ¿te has fijado como está el huerto de ‘Colete’? Sus ruinas se mantienen a pesar del tiempo, me han dicho que su huerta la estaba cultivando el primo Juan.

Finca “El Tunar” en  Chorrosquina,
 El Cobre, (Algeciras) año 1930 aprox.

Todavía recuerdo cuando nos bañábamos de críos en la alberca que tenía en la parte de atrás. Se entraba por una trampilla que tenía forma cuadrada y sus aguas eran excesivamente frías. Yo no me solía meter muy adentro porque me daba miedo. Nuestros mayores nos decían que tuviéramos cuidado, que había serpientes en sus entrañas. Pero a pesar de su frialdad y sus serpientes, nosotros nos bañábamos en ella.

¡Por cierto! Que me ha dicho Diego que dicha alberca fue en una época lejana un almacén de agua y que la utilizaron para que sus aguas pudieran abastecer las máquinas del tren, después de que llegaban a la estación de RENFE de la ciudad de Algeciras.

—‘Antoñillo’, me dices, ¿te acuerdas de El Cobre de aquellos tiempos?

—¡Cómo no me voy a acordar!, le afirmo. Miramos con tristeza y nostalgia  dichos lugares y Baltasar me dice:

—Mira, ¡vamos a seguir soñando los dos desde estas alturas!

Llevas razón como siempre, ¡soñemos!, le contesto susurrando después de una decisión tan sabia por su parte. Su mirada tan peculiar y persuasiva penetra en las entrañas de El Cobre, diciéndome:
  
Los membrillos y el maíz, crecen con vistas a Gibraltar
 

—¿Te acuerdas de La Calera, la fábrica de Ladrillos, la huerta de tu abuelo, ‘lo Ramito’, el Puente de la carretera de El Cobre, con sus pequeños ojos que tantas veces se inundaba y no se podía pasar; las eras, la de El Tunar, Chorrosquina, la de El Cobre y tantas otras que había por estos lugares? Y, ¡cómo no!, ¿del río de La Miel o, como le llamaban los árabes, ‘Wadi al–asal’, por la dulzura de sus aguas?

¡Mira cómo se puede ver todavía!, continuaba diciéndome. Todo su curso está maravillosamente marcado por esa floreciente vegetación que lo surca, acompañado de su poblado arbolado, que acompaña al río desde su nacimiento, pasando por la Chorrera hasta el puente de Pajarete. Aquí lo introdujeron por debajo de la tierra. Bueno, lo enterraron con cierta brusquedad, como si de un difunto se tratase. Y así han querido algunos enterrar nuestro pasado, como si se avergonzaran por ello. Personas absolutamente ajena a nuestra cultura, ¿no te parece?


Todo esto me trae recuerdos de otra ciudad y otros ríos, te digo. Granada y el río Darro, el Genil y el Cubillas. A algunos, como a éste último, les cavaron su sepultura y estaban haciendo desaparecer con él parte de nuestra cultura. Yo te miro y no me dejas hablar. La conversación es tuya. No te cansas de hablar. Tu abstracción total del pasado, me hace introducirme dentro de tus pensamientos. Me maravillo de tus explicaciones, concurrentes con las mías, para decirte efusivamente:

—¡Tú te tienes que acordar de cómo estaban los Arcos y los Pastores! Yo sí que me acuerdo de los Arcos, de haberlos visto desde donde vive el primo Juan, en la boca de la mina, pasando por El Cobre. Y ya adentrándose en Algeciras con sus ojos y sus piedras centenarias, pasando por las fábricas de corcho a la entrada de la estación de RENFE.

—¿Te acuerdas de la Venta de los Pastores? ¿y cómo de niños nos acercábamos al baile que se hacía allí? Mejor dicho, nosotros a mirar porque éramos muy chicos para poder tener una mujer entre nuestros pequeños brazos, ¿no te parece? De lo que sí me acuerdo de esta Venta es que su techo era una mezcla de paja y de palmas. Así eran las casas de la época. Y de que había una gran piedra que solíamos utilizar para subirnos al caballo, pues, si no, nuestros pequeños cuerpos no llegaban a sus lomos. Y de esta forma tan simple pero a la vez tan efectiva, podíamos subirnos en los caballos y regresar a nuestras  casas  en la Vega de Chorrosquina, te cuento.

Según me cuenta mi madre, cuando ella era muy chica desde El Cobre a Los Pastores todo el camino estaba sin casas y regado de hermosas palmeras.


—¡Tú, te tienes que acordar, Baltasar! Me lo dijo ella!: ¡Pregúntale a Baltasar!, verás como se acuerda él del camino que había  hasta los Pastores.

Dando una calada a su cigarro, Baltasar aspira el humo que llena sus pulmones y asiste con la cabeza. Yo me recreo mirando el paisaje que divisan mis ojos. Y la distingo, tan radiante, con su Bahía y su gran puerto comercial: Algeciras la ‘fermosa’, como bien decían nuestros poetas, una Ciudad de ensueño para aquellos que aman las cosas bellas de la tierra.

—Mira, las tierras que están pasando el cortijo San Bernabé, en la dirección de la huerta de los Alelíes o huerta las Pilas le digo a Baltasar. ¡Cuántas veces acarreamos por sus laderas los animales! Unas veces cargados con el trigo y otras con garbanzos y otros productos que la tierra da, tan generosamente, para aquel que la trabaja y que tan merecidamente se lo tiene ganado. Hoy toda esta zona está llena de casas... La expansión de la nueva Algeciras, me dicen, ¡aglomeraciones de viviendas!, diría yo.

Asías de la brida a tu caballo y mansamente lo conduces de la mano. Me fijo en el animal que montas:

—¡Hombre!, ¡hoy traes al Mora!

Nuestros pasos se encaminan dirección a El Chorro. Llegamos allí y con tristeza le digo a Baltasar:

—¡Mira cómo nos lo han dejado! Con tres bocas y sin los hermosos chaparros que lo rodeaban… que te acompañaban como fieles compañeros por su vereda y que desde los pequeños ranchos se acercaban a coger su agua. Estaba resguardado con sus potentes  sombras, que tanto echamos de menos.

Miro en dirección de la finca de Miguel, te pregunto.

—¿Qué tal está? ¡Supongo que le verás!

Él, me dice muy suave:

Sí, lo suelo ver, pero te tengo que dejar Antoñillo. Tengo que irme ya, no puedo estar más tiempo contigo, me repite.

 Le digo adiós, con una tristeza que brota desde lo más profundo de mi alma pero también con la certeza y seguridad de que nos volveremos a encontrar. Al despedirme, te digo, ¡tú no morirás  jamás, pues somos muchos en este empeño! Y yo me voy a ocupar, no sólo de ti, sino también de que en esta tierra tan singular tu vida sea recordada. Como instrumento, usaré esas pequeñas cosas sencillas que tu vida nos proporcionó, ¡tan espontáneas y veraces! para que no desaparezcas y, vivas para la eternidad.



—¡Espera, no te vayas todavía! Se me olvidaba decirte que he estado con tu nieto Francisco Jesús y me enseñó el Molino que montaste con las piedras del Molino del tío ‘Pipas’ de Pajarete.

Una vez te comenté que estaba escribiendo cosas de los molinos y te informé de los que conocía. Tú me dijiste que había uno más y que estaba en tu panadería. Yo no caí en ello y, mira por dónde, ha tenido que ser un nieto tuyo, el que me lo ha enseñado. Le he visto con mucha ilusión cuando hablábamos de ti. Creo que tu semilla está garantizada, espero no equivocarme ni defraudarte.

Te miro y me sonrío.

Desde el lugar que te encuentras, ¿qué te voy a preguntar?, ¡si tú ya lo sabes!

Sus ojos me observan con esa mirada tan gratificante que él tiene y se despide de mí con una sonrisa en los labios. Montas en tu caballo, Mora, y sin mirar para atrás, espoleas suavemente con tus espuelas de plata a ese hermoso semental. Empujando el corcel, dando un salto y provocando un potente relincho, el animal sale disparado y desaparecéis por la sierra, camino de vuestra nueva morada.

—¡Hasta siempre amigo!

Siguiéndote con la mirada viendo tu figura esbelta, exquisita e irresistible, puedo divisar reflejada tu figura al trasponer por la cresta de las montañas, que, junto con la espléndida figura de tu montura formáis un solo cuerpo para la eternidad.









SEGUNDA PARTE





RELATOS CONTADOS EN TERTÚLIAS POR PERSONAS QUE CONOCIERON Y CONVIVIERON CON BALTASAR ACEDO TROLA





Prestando dinero a los amigos



Me acerco a la casa de uno de sus amigos y compañero de correrías de su época, tan difícil para vivir. Le hablo de mis proyectos de escribir sobre Baltasar. Como alguien dijo: “La cultura andaluza es extremadamente oral”. Él me sonríe y me dice:

—¡Jo!, ¡qué tío era!  Sus hijos no se ‘paecen’ ninguno a él. ¡Cómo era, chiquillo! Con esa lentitud que le caracteriza, dócilmente saca su paquete de tabaco, se acerca un cigarro a los labios y lo enciende. Mientras realiza dicha operación, su mente empieza a cavilar. Lo coge con la mano, se lo vuelve a llevar a la boca, le da una calada y me dice: ¿Quieres una cerveza? Yo se lo acepto y, entre buches de cerveza, empezamos la tertulia. Sólo me pone una condición, que yo respeto, entiendo y cumplo: mantener su nombre en el anonimato. A partir de aquí, le llamaré.

—A mí me hacía falta un dinero para terminar la vivienda, aquí donde vivo. Y fui a Baltasar, se lo dije y él solo respondió: Vente para la casa por la mañana.

Yo me acuerdo que era sábado. Me acerqué por la mañana temprano a su casa y cogimos y nos fuimos los dos para Los Barrios; llegamos y nos acercamos los dos al banco, él entró solo y estuvo hablando con el director. Luego salió y me dijo: Mira, ‘illo’, hoy ya no puede ser lo del dinero pero mira, vas a venir el lunes. Yo ya le he dicho al director del banco: ¡Mire usted, que a este hombre le hace mucha falta el dinero! Nos marchamos para la casa y bajé el lunes, como me dijeron que debía hacer —me cuenta.

Yo esperando y que no llegaba el dinero... Sin más, entré a hablar con el director del banco y me dijo que Baltasar no trabajaba con él, y por ello no podía darme el dinero. Y yo le dije:

—¿Pero no ha estado con usted Baltasar? No me contestó. Entonces, yo le repliqué:

—¡Pues ahora mismo voy yo a hablar con él! Ya decepcionado, y un poco cabreado, cogí el coche y derecho me fui para la casa de Baltasar. Era sobre la una menos cuarto de la tarde. Llego a su casa y estaba sentado y le conté lo que me había pasado. Él me estuvo escuchando, frunció el ceño y me dijo:

—Vente conmigo. Vamos ahora mismo para el banco. Y cogimos el coche otra vez y al banco. Llegamos los dos, él se dirigió al director y, sin más, le dice:

—¿Qué es lo que ha pasado? ¿Cómo no le han dado ustedes a este hombre el dinero que le hacía falta?

Y le dijo otras palabras, que yo no pude escuchar pero luego él me las dijo, “¡y fueron éstas chiquillo!”, como se expresaba Baltasar:

—Mire usted, con un granito de trigo, otro granito de trigo y otro granito, se llena un granero. ¡Porque este hombre no haya pedido dos millones de pesetas, no le atendéis! ¡Porque sólo son cuarenta mil duros, no le atendéis! Claro, eso no deja dinero para vosotros, ¿verdad? ¡Pero a este hombre deberéis de atenderle! —me cuenta que le decía Baltasar al director del banco—.

Eran las dos de la tarde y la caja estaba ya cerrada. Estuvieron dentro del banco discutiendo, y sale y me dice:

—Mira, mañana te vienes por la mañana temprano a mi casa, que yo te voy a dar el dinero, que esta gente son unos sinvergüenzas. Tengo un millón de pesetas en este banco y lo voy a sacar todo, ¡no voy a dejar nada! Seguidamente, marchamos a otro banco —me sigue contando—. Llegamos y, nada más entrar, metió la cabeza  por la ventanilla del banco y habló con el hombre de la ventanilla; lo que no me acuerdo es cómo se llamaba el banco. Hace ya tanto tiempo y no me acuerdo chiquillo...

Se sentó luego conmigo y, enseguida, el muchacho que estaba en la ventanilla le llamó y le dijo: —Baltasar, ¡vente para dentro, que te espera el director! Y ya sin más, pasa él a hablar con ese hombre.

—¿Que té pasa Baltasar?, le dijo el director.

—Mira, que a ese muchacho que está fuera pues resulta que le hacen falta cuarenta mil duros para terminar su casilla y ha estado en tal sitio y no se lo han dado.

Ellos siguieron charlando y, al rato, me llaman y se oye una voz que dice:

—¡Dígale usted a ese hombre que venga!

Yo entro ‘pa’ dentro y miro encima de la mesa. ¡Ya tenían los cuarenta mil duros preparados! Salí y los metió por la ventanilla, los dejó encima del mostrador para que yo los cogiera.

Yo no sé como, ni lo que hablaron, chiquillo —me repite—. Salgo para fuera y me dice: ‘Arecoja’ este dinero. Y yo, sin dudarlo, lo ‘arecogí’, ‘bu, bu, bu, bu’, al bolsillo. Y dije: ¡para mí, ya está!

Luego vino Baltasar y me dijo: —Que, ¿ya estás aviado?

—¡Sí, ya estoy aviado!

Seguidamente le dí las gracias al muchacho del banco y, él me dijo: Esto lo paga usted… Yo le corté, no le dejé continuar para decirle que se lo pagaría en 90 días. Me acuerdo que lo llegué a pagar antes —me señala—. Cogí el dinero y, con las mismas, pillé el camino y me vine tranquilo para arriba, para la casa.
 

A las dos o tres semanas, quería vender una becerra que le interesaba a Castro y me dijo este hombre:

—¡Mira, que he recogido el dinero ya! La becerra te la compro pero no tengo el dinero hasta tal día. Yo no puedo sacar el dinero en algún tiempo pero ya nos arreglaremos.

A mí me interesaba venderla, ¡que todavía hay dos por ahí! —me dice sonriendo y señalándome con la mirada y el brazo en dirección al amplio campo— y tienen entre dieciséis o diecisiete años las vacas esas. Yo se la vendí, porque a mí me hacía falta para la casa. Así que me dio el dinero, fui y lo ingresé en el banco, en la cuenta mía. A las dos o tres semanas, me mandan una carta del banco diciéndome que tenía dinero ingresado en ese banco que me había sobrado después de liquidar el préstamo. Y como yo trabajaba con la Caja de Ahorros, no quise saber nada del dinero que sobró. Ellos ya me habían sacado del apuro. ¡Todo eso me ha pasado a mí con Baltasar!


Acto seguido me dijo Baltasar: Mira chiquillo, el primer camión de harina que venga a la casa, le saco el dinero a esa gente. ¡Son unos sinvergüenzas!

Todo esto lo hacía con los del primer banco, por negarme el préstamo —me indica.

A la semana o por ahí me dice:

Mira ‘quillo’, ¡ya les he sacado seiscientas mil pesetas! Ahora con otro camión de harina (que costaba una seiscientas o setecientas mil pesetas), uno de esos de veinte mil kilos o por ahí, le saco todo el dinero que me ‘quea’; lo voy a dejar limpio. Yo trabajo donde a mí me da la gana y donde  se me atiende bien —le dijo Baltasar con amabilidad.


Mira lo que te voy a decir —continua explicándome xxx— ¡la casa que vivíamos desde hacía muchos años, resulta que la vendieron y nos dijeron que nos teníamos que marchar! Yo no hacía nada sin consultar con Baltasar y se lo dije a él, a ver que se podía hacer. Seguidamente, cogió él, se fue a hablar con la dirección del banco le explicó al director del banco mi situación en la casa.

—Mire usted, que este muchacho lleva doce o catorce año viviendo en una casa y resulta que han vendido la finca con la casa y se tiene que ir. Y el señor le dijo que el propietario que ha vendido la casa, tiene la obligación y el deber de pagarle todos los gastos al inquilino. Y Baltasar, ¡ya ves tú con lo completo que era para estas cosas!, le dice:

—Mire usted, ¡ese hombre es del campo! Y esa familia les ha dado esa oportunidad, que no le cobraban, ni la renta, ni la luz, ni el agua, ni ‘na’ de ‘na’. ¿Ahora le va a meter por el pescuezo con juicios que no son más que para líos? Ese hombre se ‘entrampa’ antes de apretarles por el pescuezo a esa gente, porque no se lo merecen, son 12 ó 13 años que han vivido ahí sin pagar luz…, ni pagar nada. ¿Por qué ese hombre le va a tener que dar dinero?

—Hombre, hombre… le dice. La gente del campo no es como la de la ciudad. Son de otras ideas. Son de una forma diferente. La gente de la ciudad no tiene formalidad, no entiende esta forma de vivir.

—Acercándose el vaso de cerveza a los labios, xxx toma un buche de cerveza. Inhalando profundamente una calada del humo de su cigarro, su cara se transforma. Su gesto se transforma en una mezcla de tristeza y nostalgia. Y me dice: Bueno, yo tenía todo lo que quería de él; ahora, el que hable otra cosa... Era..., no sé..., yo..., para mí y para muchos de nosotros yo diría que fue excepcional y excelente. Una persona extraordinaria, buena y sencilla, con esa simpleza que les caracteriza a los hombres del campo.

Como muy bien dicen ellos, son de una raza de hombres que, por desgracia para muchos de nosotros, poco a poco se nos están marchando siguiendo el ciclo natural de la vida, como ley que es para todos y que marca nuestra existencia. El agricultor entierra su semilla, se pudre y vuelve a nacer, con esa viveza y salud de la juventud que la vida nos da de todo lo que brota de una nueva vida; como si de una reencarnación se tratase.
 

—Mi charla con Miguel, sobre lo generoso que era Baltasar con sus amigos prosigue—. Recuerdo una vez, esto ya hace muchos años, más de 40, que yo no tenía dinero.

¡Vamos, ni un duro!, y le dije a Baltasar:

—Mira hombre, que necesito dos o tres duros. ¡Que aquellos duros entonces eran un dinerito!, —me dice—. Anda, préstame dos o tres duros, anda Baltasar…, le decía yo. Venga, que no tengo dinero y me hace mucha falta y tú sabes que yo te los pago.

Y él, sin decir ni pío, vamos, sin abrir la boca, me los prestó. Y cuando yo pude pagárselos, que fue al poco tiempo, fui un día a buscarle y le dije: ¡Toma Baltasar, el dinero que me prestaste! Y me dijo ‘to’ serio: Va, va, va, va..., ¡te voy a cobrar ahora los tres duros! Entonces, un duro era dinero, —me repite—. Y así eran todas las cosas de Baltasar.


Pero este hombre sí que tenía una cosa que para mí no estaba muy bien. Y era que te ibas con él dos o tres días por esas sierras bregando con el ganado y cuando terminábamos y nos veníamos para la casa,  ‘hechitos polvo’ de bregar con los animales en la sierra, resulta que si yo no le pedía algún dinero, ¡él no se acordaba de dármelo! sigue hablando y llegamos a lo mismo que me contaba Manolo Rojas —Baltasar llegaba, a la fábrica de conservas, donde Manolo trabajaba (¡este hombre tenía mucha confianza con Baltasar!), y llegaba y le decía a su capataz: Mira hombre, que me hace falta Manolo Rojas, que lo necesito; que tengo que ir a por una vaca a Ojen.

Y ya todo arreglado. Manolo se iba con él y ‘lo figuraban’ como si estuviese trabajando. Yo he trabajado allí también. ¡Yo he estado un día o dos con Baltasar, ‘tirádos’ por esas sierras! —me afirma. Y también rezaba allí como que estaba trabajando. Cuando terminaba la semana, cobrabas en la fábrica o donde estuvieses trabajando. (Pues resulta que en todos los sitios que trabajásemos, nos hacían lo mismo.)

Yo he estado con Baltasar, destrozándonos los dos por esa sierra, y él me decía:

—¡Me cago en diez chiquillo, que siempre te encuentro en el mismo sitio!

Había veces que no podíamos más de tanto bregar con los animales… y además era una época de mucha hambre y estábamos mal alimentados. Yo terminaba, ‘hechecito polvo’ de las piernas.

—Las facciones de su cara se relajan e, instantáneamente, retorna a su rostro la rigidez y veo que su mirada transmite una gran tristeza. Me dice: —Baltasar era muy bueno..., muy bueno —me repite—. Todo lo que tú le pedías, él te lo daba si lo tenia o estaba al alcance de su mano. Mira, habla con Manolo Rojas, que este hombre puede que te cuente cosas de él. Precisamente, ayer estuve con Manolo en el bar de lo Ramito tomando café, ¡que por cierto, me lo pagó él! ¡Ahí, en lo Ramito! —insiste.


Canuto hondo, río de la Miel; al fondo la Chorrera
 

—Seguimos hablando y me voy dando cuenta de que somos muchos a los que nos tocó el corazón este hombre llamado Baltasar, quizás pon su humanidad, no lo podría explicar…


Otro día, estaba yo por la tarde sentado en una mesa con unos cuantos en lo Ramito, tomándonos unas cervezas y apareció Baltasar por la puerta  y se sentó con nosotros.

Y le dice Ayala…  ¿Manolo Ayala?, bueno no… fue Pepe Ayala, porque Manolo murió. Le dice Pepe:

—Mira Baltasar, cago en diez, ¡que me hacen falta dos mil duros! Esto que te estoy hablando fue hace ya muchos años, quizás más de cuarenta ¡por ahí! Baltasar le contestó:

—Mira Pepe, aquí no llevo ese dinero, como es natural, pero vente mañana a la casa, si no tengo el dinero allí, yo te daré lo que tenga y luego iremos y buscaremos el resto en el banco.

Se levantó Pepe Ayala y le dijo:

—Mira Baltasar, ¡todo esto te lo hemos hecho sólo para probarte quién eres tú!

Fue donde él y le dio la mano. En aquellos entonces, mil duros eran mucho dinero, ¡cuánto más dos mil! —me recalca mí interlocutor anónimo.

—Este hombre saca del bolsillo de la camisa su paquete de tabaco y enciende otro cigarrillo. Mientras lo enciende, observo a través de la cortina de humo que sale de su boca el reflejo de sus ojos, como brilla su mirada. Y sigue contándome sus recuerdos sencillos y agradables, con esa tranquilidad de hombre de campo, como dicen ellos. Contando sus pequeños o grandes relatos, con ese acento tan peculiar de esa tierra del que, muchas veces, me es tan difícil su traducción. Aunque sea por la falta de cultura que en su día se les negó, muchas veces me pregunto por qué renunciar a ese idioma tan nuestro que nos legaron nuestros antepasados.

 Antonio Molina Medina















24/03/12



CONTINUARÁ




4 comentarios:

  1. Antonio ..." Un hombre del cobre "

    Que bonitos recuerdos llevas grabado...y aliciente volcarlos aqui para que disfrutemos al leerte los los paisajes y pasajes de tu vida...
    gracias por compartirlo.

    un beso desde Argentina

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  2. querida Doris aunque lejana estas cercana en mi pensamiento, no es posible que alguien a quien no conoces se deje notar tanto como lo haces tu, perón, usted que para mi es un ángel del cielo..., de la panpa donde el gaucho que tu conoces dejo escritos versos hermosos donde el ser humano se decanto por lo hermoso del cielo abiertyo.
    gracias por compartir y vivir soy un afortunado de que alguien a traves de esta ventana sepa que lo vivido no se puede olvidar..., los sentimientos son lo que más nos place en esta vida sin sentido que no sabemos donde nos llebara.
    un beso
    y Muchas gracias por tu amistad.

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  3. Volver a los lugares de la infancia es siempre un riesgo: los hemos magnificado tanto en la memoria, los veíamos con unos ojos diferentes a los actuales y con un corazón mucho más limpio, no contaminado por los avatares de la vida. A veces esos paisajes han cambiado tanto que nos resulta imposible reconocerlos; y así, hay que refugiarse de nuevo en la memoria, convencerse de que antaño era mucho mejor, que en ese lugar se fue feliz...
    Saludos cordiales.

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    1. Asi es estimada Isabel, pero que hermoso es cuando acudes a esos lugares y los ves en ruinas como señal de que el tiempo no pasa. Solo el honbre lo entorpece todo.
      Sí me aferro a mi niñez..., como bien dijo un poeta de Granada, mi dios Federico Gacía Lorca:
      "La noche no quiere venir
      para que tú no vengas,
      ni yo pueda ir.
      Pero yo iré,
      aunque un sol de alacranes me coma la sien."

      Y sueño desde la distancia con acudir otra vez.

      Un saludo

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