“Las
cartas ya sabéis que son centones,
Capítulos
de cosas diferentes
donde
apenas se engarzan las razones.”
Lope de
Vega
El lenguaje: primera parte
¡Ay de mí, ay de mí! Cuando el lenguaje se hace letras, recuerdos, léxicos
que ejecutamos: Quizás se haya atrevido a ponerle voz a osadas palabras las que,
a través del lenguaje más elevado, para decir lo que sentía con esa fuerza que
le consolaba y que eran suyas donde, ocultas, llevaba años oliendo a
desperdicios por los avasalladores de todos sus propios principios. Las
palabras nos conmueven, emocionan en todas las fracciones de nuestro cuerpo,
incapaz ya de detener la emoción que llevamos dentro junto a los renglones de
ese florido paisaje abierto en los surcos de lo sembrado, a cielo abierto,
abrazando las frases que pronuncia su intelecto.
Hoy sus oídos, ya están abiertos al dulce encanto de las palabras,
extrayéndose de las hojas sinceras de los libros, con ese placer y amor sin
fisuras, junto al calor del fuego que el astro sol nos ofrece alumbrando y
dando calor a nuestra propia alma.
Puede que una nueva y suave brisa, sople en su rostro acariciando su cara
y le dice ¡se bien venido a mi morada! Liberando los sueños envueltos
en esa muralla cuya ciudad sigue estando prisionera en mi alma; el tiempo
pasaba y se posponía a la edad primera dejando su mente cerca de la guadaña; el
desierto excitaba su espíritu y la tierra se hacía sustento de sus ansias. Cual
vagabundo vulnerable, exaltó su mente ya que el presente se agiganto en su
instinto acariciando su cuerpo, dejando que esa brisa vuelva a
incidir en sus sentidos. Líquida, se hizo una muralla reluciente, consiguiendo
las promesas en su meditación, habilitando un círculo sereno y entrañable donde
las pasiones se fueron silenciosamente, en sus necesidades; un respiro profundo
exaltó a su imaginación y, entre árboles con sombra cultivó, sus pensamientos y
la felicidad comenzó su andadura mientras su sombra se aupó sobre su propio
rostro.
Camina ya sin prisas a su cabaña, ya sin dueño, aún sediento de haces de
trigo y cebada y todo tipo de grano que le sustentara; escaló a las alturas del
tiempo donde permaneció sin aspavientos. Observando desde la altura su antiguo
lecho, rodeado de bellotas, naranjas e higos del tiempo y resina de los troncos
de los árboles que cubrían sus necesidades de sueño, para pensar en la nada sin
música ni desconcierto.
Seguro que los fantasmas de sus muertos, siguen en tumbas sin sonrisa ni
cerebro. A los lados de los senderos apilados, siguen sus cuerpos.
Puede que sean sus pensamientos los que, ya incontrolados por los años de
complacerlos, se olvidaran de las aves que van y vienen por las aguas del
estrecho, cuyos vuelos se hacen ayudantes de esa mente aún viva. Ya sin
someter, esa mente de años sin conciencia, que fue madurando tras los años de
rebeldía y con esa visión del mundo más limpia cada día que acontece.
Los recuerdos su mente le trasladan sin complejos a esa edad de tierno
zagalillo, bañándose en las aguas de los ríos sin siquiera taparrabos, desnudo
su cuerpo sin miedos extraños; sintiendo en su cuerpo la frialdad y el calor
del verano; donde la semilla se estaba preparando para su crecimiento y sin
conocer los principios del miedo, pero me
replantearon. El trasplante, que aún recuerdo, fue en su
sensible época, cargado de trampas su tiempo, que fiero y destructor, saltaba a
su mente de engaño en engaño, que se filtraban en los sentidos que se
apoderaron de sus pensamientos que inculcados, alteraron su convivencia
entorpeciendo la de su vivir.
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Antonio Molina Medina
10.10.25













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