UN HOMBRE DEL COBRE 2ª EDICIÓN-REFORMADA


La María Trola es la que se casó con ese tal Fuentes y de este matrimonio nació una hija, que no se llegó a casar, se quedó soltera. Estas familias eran muy raras, se trataban como extraños, no mantenían ningún tipo de relación entre ellos —me dice con una franca sonrisa, de la gracia que le produce este pequeño relato—. En particular la hija de Fuentes (María Fuentes) era un regalo. Me acuerdo que, cuando iban Catalina y las demás primas a lavar al Chorro, en la pila que estaba al lado derecho de la fuente, por la parte de arriba, porque había un gran chaparro que hacia sombra a las lavanderas, venía María a por agua con el cántaro y, al menor, descuido, ¡se ve que no lo podía evitar! cogía a alguna de ellas por los pelos y la tiraba al agua de la pila donde estaban lavando… ¡Era una buena elemento!


De esta gente vienen los abuelos de Baltasar por línea materna, cuya procedencia era Génova. Por ese motivo les llaman los genoveses. Llegaron con la pesca del coral; como vinieron otros, como los Bianchis, por lo mismo, por las posibilidades que daba el poder vivir de la pesca del coral.

—En una conversación mantenida con un algecireño residente en Bilbao, Manolo Galante Álvarez,  me decía: Mira, mi madre viene de esa familia pero ya es muy mayor y poco te puede contar. Según me dice ella, una rama de los Bianchis emigra de Algeciras a Estados Unidos, a Hawai. Hace unos diez años que intentaron conectar con ellos y lo consiguieron, los localizaron y desde entonces se cartean con ellos. Por ello sé que yo desciendo de los Bianchis —finaliza Manolo.

—Diego Rodríguez me sigue explicando sus conocimientos sobre El Chorro— El agua era propiedad de los huertos. Resulta que cuando vinieron los ingenieros en 1921 a medir y a amurallar las fincas, les dijeron a los propietarios: ¡Mirad, que si queréis, ponemos la pared por encima del chorro! Y así quedaba el chorro dentro de las fincas. Pero ellos dijeron que no — exclama Diego turbando su semblante.
¡Pues yo lo hubiese metido dentro! ¡Es una pena como está El Chorro ahora!
—Y me dice con una respuesta relevante: — Las gentes de la ciudad no saben respetar la naturaleza ni las cosas hermosas que nos legaron nuestros antepasados, ¡que las dejaron para que se respetasen!

En aquellos tiempos, El Chorro daba muchísima agua. La finca tenía dos albercas y las dos se llenaban por la mañana y por la tarde; el huerto era un auténtico jardín, con toda la clase de árboles frutales. Castaños, higueras, granados, perales, naranjos, membrillos.... ¡Incluso cerezos! —añadía Paco Medina—. En fin—me dijeron unos y otros— árboles que daban de todas las clases de frutos.


Luego llegó Manolo, el ‘intérprete’, y mientras estuvo tu tío, Juan Medina Villatoros, respetó todo el arbolado. Pero tu tío se tuvo que ir a vivir a El Cobre: Pero ¿Sabes por qué se tuvo que ir? Después que le dijo Manolo a tu tío: “Mira Juan, te digo que voy a necesitar todo el huerto”. A partir de aquí, la finca se descompuso y se perdieron muchos árboles frutales. Esta finca ya no es lo que fue. Todo se perdió; fue arrasado por la construcción de casas… —me comenta Diego con resignación.

—Baltasar nació en Chorrosquina, según me cuenta Luisa Medina Villatoros, otra de las personas que convivió con él. Nació en la casa de sus tíos, Juan y Catalina,  la hermana de Manuela y madre de Baltasar; vivían juntos con su madre y sus abuelos en una finca que era de Manolo, ‘el intérprete’.

La finca se componía de una serie de edificios que empezaban por la entrada de la era, que tenía una puerta pequeña —recuerda Luisa— Se pasaba por una de las casas, dejando al lado izquierdo una pequeña choza que hacía de establo para los animales. Esta Choza tenía dos habitaciones para los arreos de los animales. Seguimos y, a continuación, no había nada, un trozo sin edificar; luego una casa con dos habitaciones donde dormía toda la familia; y, haciendo esquina, la cocina. En esta cocina no se hacía de comer, se usaba para degustar los alimentos y también para almacenar el agua que cántaro a cántaro se traía de la fuente de “El Chorro” y, de esta forma, podían siempre las tinajas llenas. A la izquierda de esta cocina, separada por un paso para ir a la finca o huerto, estaba la “cocinilla”, que así se le llamaba. Este cuarto tenía el techo de latas; así como los techos de los otros edificios eran de juncos y palmas. —“De esto sí que me acuerdo” me dice Luisa—. Justo en la parte izquierda de la cocinilla había una higuera; que es donde se ponía ‘de pies’ mi hermano Juan para llamar a sus chiquillos y a mí dando un potente silbido. Me acuerdo que se metía los dedos en la boca y pegaba unos silbidos que ‘pa qué’. ¡No era nadie ni ‘na’ la fuerza del mismo!

—Esta finca de Chorrosquina, por su ubicación, estaba muy ligada a una hermosa fuente de agua llamada por los nativos del lugar  ‘El Chorro’. Aquí fue donde Baltasar vivió de niño con sus tíos. Y por ello paso a describir, lo que fue una hermosa finca, pues creo que merece la pena su relato.

Chorrosquina, a la izquierda, la finca de Majal alto


Chorrosquina y la fuente de El Chorro
  
Después de leer “Cien poemas de Algeciras”, de Lola Peche Andrade, y, ¡por que no decirlo!, gozar de su contenido literario y humano, con sus personajes que tantos recuerdos traen a mi mente... —“Amanecer en Pelayo”,  “La perlita”, “Las comulgantes”, “La leyenda del gran capitán”, “Las barracas” y un largo etc. —me atrevo a relatar otros parajes. Y, ¡cómo no!, otras pequeñas gentes, pero grandes personajes, que pasaron dejando historia para muchos de nosotros y que engrandecieron el nombre de Algeciras. Y, sobre todo, el Valle de la Miel, como le llamaban, y con razón, nuestros antepasados los Árabes.
Así es como vimos esta finca de Chorrosquina muchos de nosotros, allá por los años cincuenta.
 
El chorro en la actualidad


El Chorro

En un barrio de Algeciras, en la ladera de El Cobre llamada Chorrosquina, existe un hermoso chorro de agua fresca y cristalina, hoy mutilado con tres bocas por la mano del progreso. Esta fuente está entre dos hermosas fincas separadas por una vereda y el citado chorro de agua.


Hubo un tiempo que estuvo rodeado de chaparros y caminos de animales, acarreando sus aguas para el consumo de las familias que vivían en su contorno y que formaban esos hermosos ranchos y ‘casitas’ que lo rodeaban. Y también para todos los que se acercaban a saborear sus limpias y cristalinas aguas, que así podían llegar a  apreciar estos hermosos lugares.

Hoy cuenta con una carretera asfaltada que llega hasta la misma boca del chorro y con otros caminos transitables que llevan hasta las puertas de las fincas.

Y ¡cómo no!, se puede aparcar el coche en la misma boca del chorro y, por desgracia, ver el espectáculo de usar su entorno para el lavado de dichos vehículos.


No hace muchos años, los nativos del lugar lo hacían andando o con las bestias de carga, caballos, mulos, burros… y con los cántaros al hombro. Por esas veredas o caminos… como el ‘regajo’ que desemboca en la panadería de Baltasar. Otro camino de paso estaba, pasando el río de la Miel, dejando a la derecha la ya desaparecida y antigua ‘calera’ y a la izquierda la también desaparecida fábrica de ladrillos —todavía la contemplan mis ojos… con esa chimenea grande y poderosa, en el mismo borde del río de la Miel, en la barriada de El Cobre. Se atravesaba por el río y se seguía el curso por el verdor de la hierba que, al paso de los residuos del agua, marcaba el camino a seguir. El agua se perdía en el río para seguir subiendo entre las dos fincas, la del Tunar y esta finca que, según nuestros mayores, se llamaba Chorrosquina.

Un tercer camino se hacía pasando por un puentecillo junto a la casa del guarda de La Marquesa, en la entrada de esta propiedad. (Antes propiedad de los ingleses), por la vereda de El Cobre, para poder badear el río de la Miel.

Existía allí una hermosa  finca donde el que escribe pasó los mejores años de su vida, conviviendo y formando parte del paisaje junto con sus gentes. Aquí fue donde me enseñaron a amar aquello que merece la pena en este mundo: la tierra, la familia y la solidaridad con el ser humano.


Según me cuentan los más viejos y nativos del lugar; sobre 1927 los residentes o inquilinos de la finca ‘Chorrosquina’ fueron d. Manuel Medina Díaz, d. Fermín Pineda y d. Vicente Trola. Posteriormente fue d. Manuel Trola, d. Francisco Fuente, d. Alfonso Domínguez y, por último, es patrimonio de los hijos de d. Manuel Pérez Narvaez, más conocido por los vecinos como Manolo ‘el intérprete’.


Es en esta finca donde le alcanza la memoria a Luisa Medina Villatoros, nacida en Majaralto bajo el 6 de Enero de 1920, por que era donde vivía con sus padres los propietarios de dicha finca, y, gracias a esta, podemos contar con su extraordinaria memoria. Me cuenta que la familia de Manolo Trola procedía de Italia y eran más conocidos por ‘los genoveses’, según aprecio por sus explicaciones. Ellos fueron los que colocaron las piedras de El Chorro, lo adecentaron y canalizaron para el consumo de sus aguas y el mejor aprovechamiento de las mismas.


En la parte superior de El Chorro estaba la finca que fue de d. Miguel Cardona. Dicha finca también tenía un manantial dentro de su recinto, pegando a la pared derecha. Sus aguas se recogían en una alberca para el riego de de su huerta. ¡Cuántas veces nos hemos bañado en ella de niños! También las mujeres se servían de ella para lavar la ropa, al pie de la montaña. Todo este cúmulo de aciertos, a los ojos de un niño, le daba un sabor a cuento de hadas y le convertía para los niños que merodeábamos por esos lugares en un hermoso lugar de regocijo y de recreo.
 
—Don Miguel Cardona, fue Alcalde de Algeciras en el año 1936. Comprobación hecha en el libro de Don Cristóbal Delgado Gómez, titulado “Algeciras Feria Real”, de 1999.


Sigamos con nuestro recorrido por El Chorro y sus fincas. Los vecinos que lo rodeaban se preocuparon de acondicionarlo y lograr que sus aguas se aprovechasen para el consumo humano y para dar de beber a los animales. Sus sobras pasaban a una pequeña pila donde nuestras abuelas y madres lavaban la ropa y su siguiente cometido era pasar a una alberca para regar todas las partes de la finca. Según mis mayores y los que les dieron el testigo a esta finca siempre se le llamó  “Chorrosquina”. Ya el resto del agua se perdía entre esta finca y la otra, llamada ‘el Tunar’; para terminar sus residuos perdiéndose en el río de la Miel.


Para pasar de la finca del Tunar a la de  Chorrosquina, estaba una parte de la tapia de esta última desmochada y rodeada de cañas y de esta forma poder saltar la tapia de la finca de Chorrosquina, para no tener que dar un gran rodeo, para así pasar a la finca del Tunar.

En este lugar se concentraba el agua en una pequeña charca con sus piedras, las que utilizaban las mujeres para lavar la ropa. Entre ellas una gran señora, Catalina Trola, nieta de los genoveses, mujer de d. Juan Medina Villatoros y tía de Baltasar; que para orgullo nuestro, tantas alegrías nos dio de niños y de mayores.

El arroyo seguía su curso y pasaba por la puerta de la finca de d. Alfonso Domínguez, que lindaba con la de Chorrosquina. También sus aguas allí se aprovechaban en una pequeña presa, que tenía su utilidad: se colocaban piedras para la contención de sus aguas y una más grande para lavar la ropa. Luego el agua seguía su curso para integrarse en las aguas del río de La Miel.

Anécdota:

Siendo muy niño, una de tantas veces que pasé de la finca del Tunar a Chorrosquina después de nuestros juegos en la era con mis amigos; me encontré a una mujer joven tumbada en el suelo y a su lado el cubo de ropa. Me asusté y salí corriendo para la casa, a pedir ayuda.
Subí por la vereda del huerto entre sembrados y árboles frutales y llegué a las chozas que servían de morada a sus ocupantes. Tras contar lo que había visto, salieron corriendo al lugar y se acercaron al lado de la muchacha, titubearon y por fin se decidieron a moverla, la tocaron, y ella despertó. Resultó que dicha joven se había quedado dormida.


Luego me enteré de que esta mujer joven trabajaba de sol a sol y estaba mal alimentada, como era costumbre en la época en que nos toco vivir, por la carencia de lo más elemental.  

Y como dijo Federico García Lorca:
“Amo a la tierra.
Me siento ligado a ella
en todas mis emociones”.

Estas palabras ya no son de Él, son de todos los que amamos la tierra y sus gentes. Las mejores emociones las he tenido en esa tierra, que junto con sus gentes, sus animales y sus parajes ha llegado a ser todo en la vida para muchos de nosotros. Y yo añadiría aquí que “lo que un escritor escribe, ya no es propiedad suya”. Para mí, pasa a ser un complemento de sus lectores y, sobre todo, de aquellos que comparten su filosofía.

Y seguimos hablando de ‘El Chorro’. Sus moradores colocaron un tubo de hierro para así aprovechar mejor sus aguas. Existía una hilera de chaparros por el camino y sobresalía uno grande que estaba situado en la parte de arriba del caño, pegando su tronco a la pared de piedra de la finca, que le daba sombra y frescor. Todo su entorno estaba rodeado de chaparros grandes lo mismo que por sus veredas, que por desgracia ya no existen. Le daban una visión de cuentos y leyendas. Chaparros con potentes ramas que, a nuestros pequeños ojos, parecían grandes brazos que nos podían coger en las noches oscuras, cuando acudíamos con los pequeños cántaros para acarrear ese oro líquido llamado agua.

De tus aguas, que parecen eternas.
¡Y pensar que te han querido cerrar
personas que no conocen tu historia!
Y, desde luego, que no aman las cosas bellas de su tierra.
Con el argumento de que tus aguas no eran potables,
cuando de tu garganta han bebido…
Hemos bebido, ¿por qué no decirlo?,
y seguiremos catando,
esa gustosa agua que por tu garganta sale.


Tú prevaleces. Tus aguas se acarreaban y se siguen acarreando, tanto para las humildes casas como para los pudientes de la época, con  aquellos  cántaros  que servían para llenar las grandes tinajas, para el almacenaje de la preciada agua. Cántaros que nos acoplábamos de niños en nuestros pequeños cuerpos que, refunfuñando y quejándonos, traíamos, junto con nuestros mayores, para el llenado de dichas tinajas. También en su pila bebían y siguen bebiendo los animales que por allí pasan y los que nuestros mayores acompañaban y siguen  acompañando para saciar su sed.



A las aguas que sobraban se les daba una última utilidad, tan importante como necesaria. Pasaba por un regajo a una alberca, rodeada de un gran cañaveral, para así poder regar esas huertas tan fértiles que estaban en su entorno, con todo tipo de árboles frutales y grandes palmeras.


¡Cuántas  veces lo hacíamos de niños! ¡Eso sí que nos gustaba! Quitábamos el tapón de corcho que, envuelto con un trapo y amarrado a un alambre, retenía las aguas. Y seguíamos el curso de su agua con la azada sobre el hombro hasta llegar a su destino, para empezar a regar esos surcos en forma de meandros con los productos que la tierra da tan generosamente a todos los que con su sudor la trabajan. ¡Y con qué mimo nos advertían que vigilásemos que no se desperdiciase una sola gota de esa agua tan escasa y que nuestros mayores  tanto apreciaban.

Tanto acarrear como regar tenían su cometido; formábamos un equipo con nuestros mayores para, de esta forma, colaborar en el sustento de nuestras casas y engrandecer nuestra tierra y así ser de utilidad.
Ruinas de la finca de Majal alto ya desaparecidas

—De nuevo, una amena charla con Diego Rodríguez sobre El Chorro, me dice: — ¿Tú no sabes que el tubo, que estuvo puesto en El Chorro tiene su historia? ¿Y que dicho tubo lo tiene uno de los hijos de Manolo? Este tubo tenía desgastada la parte por donde corría el agua al paso de  los años y, su procedencia es de cuando la RENFE tenía las máquinas del tren de vapor. Estaba en el huerto de Colete, que tenía y tiene una alberca por la parte de atrás, con una entrada pequeña y cuadrada y el resto de cemento, que era el depósito de agua que llevaba sus aguas a la Estación de Algeciras. Y se hacía por medio de unos tubos de hierro.


Se estuvo trasladando el agua hasta el año 1941 por ahí, —me dice Diego—. Después ya se vendió el cortijo, porque ya tenían agua del pueblo para las máquinas en la estación, y de esta forma se quedó esa agua y la alberca para riego del huerto del cortijo.
Y uno de los pedazos de la tubería estaba puesto en la boca de El Chorro; se lo llevaron y lo colocaron —apunta Diego.


¡Todavía vivían los Trolas viejos! Los genoveses, que fueron los que lo montaron, le pusieron una pileta; una piedra que hizo un cantero y costó cinco reales, ¡la pileta donde caía el agua de El chorro y que también hacia su servicio para que bebieran las bestias!
Manuela, madre de Baltasar Acedo Trola

Aquí fue donde se acercó el padre de Baltasar a conocer a Manuela, que tenía fama de ser una mujer de gran belleza y, que, como casi todos los hombres de su entorno, era lo que buscaba. Mujeres bellas y hermosas para aprovecharse de ellas, sólo para satisfacer sus instintos animales para luego desembarazarse de ellas y dejarlas tiradas. Esto era a lo que estaba acostumbrado el padre de Baltasar en su juventud. Y parece que, por los relatos que me cuenta su gente, con el paso de su vida, es lo que hizo. (Lo cuento como me lo cuentan).

¡Éste hombre era un vividor! Y, a pesar de todo, su mujer le quería mucho, —me insiste Luisa—. A ese hombre lo quiso mucho Manuela.
—Luisa Medina también me habla de Baltasar— Puedo decir que conocí a su madre siendo yo muy pequeñita y Baltasar también muy pequeñito. Yo siempre estaba con ellos. Me mandaban a llevar por la mañana la leche y el pan de casa de mis padres en Majaralto y me quedaba con mi hermano Juan y mi cuñada Catalina, que vivían en la finca de Chorrosquina en la parte de arriba. Allí había dos casas. En una vivía mi hermano Juan y la otra la tenían arrendada a un matrimonio con una niña pequeñita, dicha familia procedía de Algeciras.


En la casa que dejó mi hermano Juan al pasar a vivir con sus suegros en la parte de abajo, y que eran unas chozas, pusieron la primera escuela del entorno, y los primeros maestros de esta escuela fueron: dña. María del Carmen Muñoz Delgado, ‘Tarifeña’; dña. María de la Luz Serrano; y dña. María Sánchez Ramos que luego pasó a la escuela de El Cobre y que luego ocupo su puesto don Rafael España Pelayo.

—Me cuenta Luisa que a ella de niña no la dejaban ‘de’ ir a la escuela. Según le decía su padre: “La escuela es para los hombres que van a la mili y tienen que saber leer y escribir, las mujeres sólo tienen que saber cosas de la casa”—. Pero, a pesar de todo, —me dice—, yo me apunté a la escuela y fui sin permiso de mi padre. Me acuerdo que me decían mis hermanas: ¡cómo se entere papá, verá! A mí no me importaba, yo seguía acudiendo a la escuela; con miedo, pero acudía.


—Lo que Luisa no podía comprender era obvio en el tipo de sociedad en la que vivía: la cultura sólo para hombres, la mujer poco importaba. La cultura era sólo para los consignados a personas que podían estar ligadas a llevar algún día las riendas de un estado, los cargos de una ciudad, los de una hacienda o ser el patriarca de una familia; es decir, sólo para… las clases privilegiadas. Y, por ello, le era negada al resto, y más a la mujer, por su condición de “ser inferior” para dicha sociedad. Se les negaba la formación del cuerpo y el alma que tanto necesitaban esas gentes para poder sobrevivir a un mundo tan duro por su forma de pensar y de vivir.


Tras la muerte de la madre de Baltasar, mi hermano Juan lo recogió y pasó entonces a vivir con sus suegros — continúa relatándome Luisa—. Juan estuvo viviendo en la finca con ellos hasta que su suegro murió; luego se fue a vivir donde terminó sus días, en la casa que se hizo en El Cobre, que hoy vive en ella su hijo Enrique.
Mi hermano Juan y Catalina me quisieron muchísimo—recuerda.
¡Cómo que tenían que bajar a por mí, si no, no subía yo a la casa, me quedaba con ellos! Y así fue como conocí a la madre de Baltasar.

Yo me acuerdo mucho de esta mujer. De cría me escapaba de la finca de Majaralto y me bajaba a donde mi hermano Juan y mi cuñada Catalina. En este lugar era donde yo veía cariño, y esto lo veía tanto en ella como en él —confiesa Luisa.
Ellos me decían: ¡Chiquilla! cuando vengas, dile a padre o alguno de la casa que vienes con nosotros. ¡Pero yo me escapaba y me iba con ellos! —me repite Luisa—. Yo me iba con mi hermano Juan, necesitaba su presencia y su cariño, ya que en mi casa no lo sentía.


—Ya no me puedo callar más y le digo a Luisa, mi madre ¿Y te extrañaba que yo de niño me escapase siempre que llegaba a Algeciras? Mi pensamiento estaba puesto en Juan y Baltasar y todo lo que rodeaba a estos dos personajes, sus hermosos parajes y el ambiente sano que se respiraba en todo lo que les rodeaba.

Ella me solía decir, con un tono de tristeza y decepción: “Ya no me quieres…” Y no se daba cuenta que me estaba pasando lo mismo que le pasó a ella cuando fue una niña como yo. El mismo comportamiento y la misma persona: su hermano Juan.

Se repetía la historia pero con diferente protagonista. Antes fue una niña y ahora era un niño. Esta clase de hombres no volverá a existir jamás.


“Hay un sentimiento más profundo que el religioso, que es
evolutivo y relativamente nuevo; el sentimiento de la naturaleza,
dentro de la que comprendo yo todos los elementos exteriores
que han contribuido a formarnos: Nuestros padres, nuestras casas,
nuestro campo, nuestras cosas, a las que llamamos nuestras, no
fundados en el derecho de propiedad, sino en virtud de qué tienen.
Algo de nosotros y nosotros algo de ellas”.
Ángel Ganivet


CONTINUARA




UN HOMBRE DEL COBRE 2ª EDICIÓN-REFORMADA

PRIMERA PARTE


TODA UNA VIDA EN LA TIERRA

BALTASAR, UN HOMBRE DE EL COBRE

  
Soy consciente de que los conocimientos que se necesitan de una vida pueden llegar a ser interminables. A una persona la podemos desmenuzar, ‘hacerla trozos’, y por medio de esas pequeñas partículas y un poco de habilidad, llegar a ser capaces de unirla, como si de un rompecabezas se tratase. Unir todas las partes o, por lo menos, lo más esencial, tanto material como espiritual de una persona. Y qué mejor forma de hacerlo que con la aportación de aquéllas gentes de su entorno; mujeres y hombres de su época que lo trataron y convivieron con él.

En el Cobre, un lugar con una larga y jugosa historia que hoy podemos hoy saborear. Una pequeña vega con sus huertas y sus molinos que un día no muy lejano fue un lugar floreciente para los nativos del lugar. Un día, paraíso de Al - Andalus.

Hubo un tiempo en que su tierra fue rica en cultivos de cereales y trilladas sus eras, con esos trillos tirados por las yuntas de hermosos caballos. Molinos que fueron de utilidad tanto para moler el corcho como la harina; rica miel y blanca cera, junto a sus aguas frescas y cristalinas; para deleite de sus habitantes.
En este lugar de ensueño El Cobre, nació el protagonista de esta biografía –yo diría que de “su historia”. El nacimiento de una vida que no pasó desapercibida para muchas personas de las que tuvieron algún contacto con él y con esa tierra fértil y magistral, que un día fue refugio de piratas, contrabandistas y hombres aventureros. Comerciantes, como lo fueron los Genoveses, descendientes de este hombre. ¡De alguien le tuvo que venir su espíritu aventurero!
Desde mi más temprana edad, yo siempre le hacía preguntas y más preguntas. Muchas veces, en mis tertulias con Baltasar le pedía que me diera información de todo lo relacionado con esos lugares. Él se sonreía y me la daba con cuentagotas, pero siempre me dijo que había una persona que conocía muy bien toda la zona. Se refería a Diego, aunque no sólo fue él sino también Paco y otros los que me encaminaron a él y, gracias a su colaboración, he podido conocer y profundizar en la vida tan intensa de Baltasar.
 Siempre he tenido la necesidad de conocer los orígenes de este pueblo y la barriada de El Cobre, por ser el lugar donde nació mi madre. Preguntas y más preguntas que no me canso de hacer a personas que me han dado referencias sobre la vida de este hombre y de su entorno. Por fin me he cruzado con algunas que me han aportado relatos muy sabrosos y hermosos de esa vega y de sus gentes.
Diego Rodríguez Morales me saca de dudas sobre el nombre de El Cobre y su significado. En una amena charla, tan gratificante para mí, Diego me decía:
Tú dirás que se llama El Cobre porque antiguamente hubo minas por estos lugares. Pues ¡no! Te voy a decir que ¡jamás! hubo minas en El Cobre. Se le llamaba “El Cobre” porque, además de salinero, en esa barriada era donde se batía el cobre en tiempos ya muy lejanos. Dicha operación se hacía por medio de un mecanismo al que llamaban ‘El martinete’. Entonces, por esa época, los barcos de pesca eran unas barcazas muy grandes y se solían forrar de chapa de cobre, para que así durase más el casco y se evitaba la corrosión que provoca el salitre de la mar. ¡Por cierto!, ¡mi abuelo tuvo mucho que ver con la finca donde se batía el cobre!
Me acuerdo que trajeron por aquella época unos caldereros para el trabajo. Y mi abuelo trajo uno. No me acuerdo de su nombre, sólo sé que le apodaban el ‘nublao’ porque tenía una nube en un ojo. A este hombre se lo trajo de Ronda y, fue al molino de El cobre, que se usaba por entonces para batir el cobre con el que s forraban los barcos. En Algeciras se comercializaba mucho para su consumo la caracola, que era un caracol muy grande. Estos animales se solían coger en la bahía pero tenían un problema que su sangre no tenía hierro sino, precisamente, cobre; ¡vamos, que el hierro estaba suplido por el cobre!
¿Y qué es lo que pasaba? Pues que cuando las barcazas estaban varadas en la bahía, las caracolas se les pegaban al costado y al estar protegidos con láminas de cobre, estos animales potenciaban mucha cantidad de ‘cardenillo de cobre’. Por ello, las personas que comían dichos moluscos se intoxicaban, porque la caracola llevaba encima demasiado cobre.
 —Diego Rodríguez sigue dibujando el paisaje del río de la Miel (o, como lo llamaban los Árabes, ‘Wadi Al–Asal’ por la dulzura de sus aguas) y su comarca—. También te voy a decir que después de la guerra se arregló ‘la casilla’, que era la Ermita de El Cobre, ubicada en la entrada de la finca que tenía la Hidroeléctrica, ‘La fabrica de la Luz’ le decíamos nosotros, al lado del río de la Miel.
Yo conocí esta ermita cuando estaba entera, era muy bonita, con su campana funcionando. Me acuerdo que cuando se cerró la ermita por ruinas, esta campana se la regaló ‘la Sevillana’ al cura de los pastores, para que la pusiera en la nueva Iglesia de Los Pastores, —me apunta Diego con una carga de melancolía—. Pero no está puesta en dicha iglesia. ¿Y sabes por qué? Porque la robaron para partirla a pedazos y fundirla y así la pudieron vender como chatarra.
Había otra campana que estaba donde está ubicado el cine Florida, un poco más hacia delante, cerca del comedor del padre Ursiera, justo al lado de un local que es de unas Hermandades de Semana Santa. También tenían allí una campana puesta. Yo le dije a mi compañero Juan Martínez:
— Juan, ¡digo yo que esa campana se la llevarán!
¡Qué va! ¡Que va!— me contestó.
Y al poco tiempo se la llevaron, la arrancaron. Sólo queda el hueco de la pared, el lugar donde estuvo la campana.
 —Diego continúa con su amena charla —. En la Ermita de El Cobre se dijo misa y en ella las niñas y niños hacían la primera comunión, los de la escuela de El Cobre. Me acuerdo que en una ceremonia que estuve yo, ‘la Sevillana’ trajo para los niños que hacían la comunión una canasta de plátanos, libras de chocolate, pan y bollos; los niños comían todo lo que querían, no había límites.
En esta Ermita se llegó a bautizar a 100 niños y niñas y se casaron muchas parejas de novios. Las partidas de casamiento están en la Iglesia de El Carmen. Esto sería —me dice— en los años 37, 38 y 39, tanto de bautizos como de bodas. Fue en la época anterior de que El Carmen fuera parroquia. Los casamientos, bautizos y demás están en la Iglesia de La Palma; no obstante, faltarán algunos, porque se quemaron parte de los libros de registros en la guerra civil.
 —Diego me cuenta que él ha sacado sus partidas familiares, (bautismos, matrimonios y defunciones por su línea paterna) de los libros que no se quemaron. Y también me dice que, después de esa época, hubo parroquias donde los curas empezaron a vender los libros por kilos para poder comer.
 —Como un secretario del Ayuntamiento de San Roque —afirma—, que vendió todo el archivo, y era el Archivo de Gibraltar. ¡Lo vendió todo y, se quedó tan ancho el hombre!
Todavía hay gente que pide la partida de nacimiento y de bautismo. Gentes de muy diferentes sitios, ¡incluso desde Australia! Algunas aparecen, otras, les tienen que decir que se quemaron con los libros. Los de Málaga se quemaron casi todos. Yo tuve suerte de que los míos no se quemaran. Los tengo desde 1.598, desde esta fecha los he encontrado todos —me indica—. En realidad, las partidas en las Iglesias, con los asientos de bautismo, matrimonios y defunciones, se hacen a partir del Concilio De Trento, que aconsejaba que se hicieran las inscripciones en las Iglesias. Aunque ya había parroquias que lo hacían mucho antes de esa recomendación.
Los curas modernos no respetaban los libros de la parroquias en sus archivos y se recomendó que se mandasen al Obispado, así se han podido rescatar muchos libros.
En las parroquias —me sigue apuntando—, los asientos o inscripciones se han reflejado a partir del año 1.900, que son las más usuales. Ya los antiguos, de 1.700, se las llevaron en los archivos a cada Obispado. Yo me fui a Málaga, hablé con el Canciller y me abría el archivo y me dejaba encerrado allí desde las diez de la mañana hasta la una, cuando volvía a abrirme la puerta. Yo me sacaba copias de los libros con la copiadora y de esta forma saqué mis antepasados, desde 1.598 hasta nuestros días.
 
—Y seguimos nuestro recorrido por el río de la Miel y sus Molinos. Un ramillete de ellos que surcaban dicho río desde los tiempos de los árabes y que tantas historias y leyendas nos proporcionaron.
—El Molino de Los Tomates, que estaba un poco antes del puente de Pajarete, era de la familia de Paca, la que esta casada con Paco Medina Trola.
Ese molino, por la antigüedad que tiene, viene desde cerca del siglo XV. Era un mayorazgo que, junto con el molino, tenía también unas huertas, que eran de Los Casado y García de la Torre. Luego vino la desamortización, esos terrenos se declararon libres y ellos compraron dicho molino junto con las huertas de los Tomates, que eran dos. Después lo compró Juan Sánchez Salvatierras, el padre de Paca. Esto ya se realizó entre los colonos. Lo quiso comprar otro molinero y también quiso comprarlo el de Escalona. Entonces se vendió en 6.000 pesetas y luego lo compró Sánchez Salvatierras, que tuvo que pagar por él 12.000 pesetas.
Esa es la historia de ese molino. Viene de un mayorazgo del año 1500, por esa fecha se podría remontar… —Recordaba Diego— En las escrituras dice que linda con la Huerta de Alfarache y que dicha finca también tenía un molino y que su nombre era San Bernardo, que era de una capellanía y su antigüedad se calcula del 1600 en adelante. A medida que vamos subiendo, los molinos son más modernos, hasta llegar al ultimo, el del Aguila, que difiere en edad con el de Escalona en 50 años.
El puente que está por la parte de atrás del molino de Escalona es propiedad de ellos y se construyó en el año 1893.
—Le comento sobre el pleito de una herencia, por el año 1325, que relata con detalles la revista “La Almoraima”, y me dice: —Esto tiene que ser La Molinilla o el molino de El Cachorro que, como te dije, son diferentes; los que estaban en la entrada del hotel que está ubicado justo en la parte delantera de la estación de RENFE Después de la Huerta de la Cruz estaba el molino de El Cachorro. Los dos molinos eran del Mendo y el agua que recibían para moler les venía de una bifurcación que salía del río de La Miel.
 
Año 1325 – Lugar: un molino del río de la Miel.
“Asimismo es de destacar el valor económico del molino
ya que el alfaquír Al – Mawïi. Se refiere a Él como
una de las propiedades más importantes de la localidad
(De la revista ALMORAIMA)
 Desde Algeciras, surcando el río de la Miel hasta su nacimiento, estaba todo regado de un ramillete de molinos —recordaba Diego—. La Molinilla era el molino más antiguo, después estaba el molino El Cachorro; de ambos fueron propietarios los Méndez. Esta familia tuvo una tienda en la Plaza Alta.
Luego le sigue el molino de Los Tomates, que tenía también una capilla; lo que no he podido saber es de qué santo estaba bautizada. De este molino fueron propietarios Los Casaus, Pablo Casaus, que fue el ingeniero que hizo Los Arcos que pasan por El Cobre, en el año 1777. En la Fuente Nueva han hecho una réplica igual que estaba entonces y tiene una placa con el nombre del alcalde que había entonces, los céntimos que costó y las arrobas de vino que se utilizaron para recaudar fondos para hacer la mina ésa y así poder sacar agua para abastecer el pueblo. El agua la traían por los Arcos que llegaban hasta la Plaza Alta. La fuente y el abrevadero estaban ubicadas debajo de la plaza. Ahí bebían las vacas, recuerdo que la cola llegaba hasta la calle Conventos... Mientras esperaban los vaqueros en la cola, dejaban comiendo a los animales —continuaba recordando.
 —Diego me aporta las cosas antiguas que más recuerdos le traen a su memoria, recuerdos de Algeciras.
¿Dónde está situado el banco Santander? Me parece que al lado, donde está el edificio que tiene una puerta pegada, que no es la suya. ¿Sabes por qué? Porque la casa más antigua de Algeciras estaba ahí, era la del Cortijo Los Galves.
 —Sólo tengo que dirigir mis pasos al lugar y me encuentro con la puerta, en el lugar que bien me indicó Diego. Edificio Puerta Cortijo “Los Galves”, situado en la calle José Antonio, 9, antigua calle Real.
Este cortijo tenía las cuadras en el ático y se subía por una rampa, para que los olores no llegasen a la casa. Dicha casa tenía una puerta estupenda, hecha de la cantera del  ‘Guijo’; cuando se tiró el edificio, yo procuré que no se rompiera —me dice Diego—. Y cuando la quitaron, se la llevaron a Cádiz. Y entonces nos juntamos para pedir permiso al Ayuntamiento para poder ponerla en el lugar donde se encuentra. Y así quedó pegada al edificio —me repite con orgullo—, ‘Puerta Cortijo Los Galves’.



Puerta cortijo Los Galves



—Seguimos subiendo por el río de la Miel y sus molinos. Sigo con su amena charla.
—Al molino de Los tomates le pusieron así porque se criaban unas pelotillas venenosas que se parecían mucho a los tomates pequeños o ‘tomatillos’, como le decíamos. También se criaban estos tomatillos en la finca de La Rejanoza.
Después de este molino viene el de San Bernardo, que también tenía su ermita. Antes de moler harina los dos molinos tuvieron otra utilidad, moler el corcho. En aquella época se sacaba mucho corcho por la zona nuestra y resultaba un buen negocio. En las escrituras de estos molinos figuraban hasta los árboles de todo tipo que tenía, como los chaparros, membrillos… Los chaparros del molino no se podían tocar, según estaba puesto en las escrituras del molino de San Bernardo. Lindaban sus tierras con las del Cortijo Real, donde ya han hecho un carril —afirma Diego— y en otra época sólo había una pequeña vereda, como un camino de cabras.


Del de San Bernardo pasamos al molino de La Abundancia, ubicado justo en el lugar donde está la casa de Curro Muelas. Era muy pequeñito, las piedras tenían unos 30 centímetros… y le llamaban de la abundancia ¡precisamente por eso!, por la poca cantidad de trigo que molía con sus piedras, de lo pequeñito que era. Se parecía más a una molinilla, cuyo cubo era de madera —atestigua Diego—.De este pasamos ya a la Casa de La Marquesa, que era donde estaba el molino de El Cobre, en el cual lo primero que se hizo fue el bateo del cobre. —El que me ha explicado anteriormente.
Después llegamos a la Fábrica Hidroeléctrica de San José. Dicho molino tiene tres pozos de piedra y también tenía una ermita, que es donde tu tía María Medina Villatoros y tu tío Antonio Torres Villatoros metían las cabras, la usaban de corral para que pernoctasen los animales. Triste destino el que le dieron, a esta pequeña ermita   donde un día ya lejano se casaba la gente, pasando por enterramientos y comuniones...
En este molino el agua entraba en los dos primeros cubos y después pasaba a un tercero, el cual, era mucho más grande, para posteriormente pasar a las maquinas que transformaba con su caída en energía eléctrica. De ahí le viene lo de ‘la fabrica de la luz’, como le decíamos nosotros, que era la Hidroeléctrica. Esta fábrica se inauguró en el año 1925 —afirma Diego—. El molino era de Don Diego Cátala y tiempo después se convirtió en ‘la fabrica de la luz’. El canal que se hizo para el agua iba pegado al río, el agua pasaba por unos tubos muy grandes y, de esta forma, penetraba en los cubos del molino para producir la energía.
Por tal motivo dejó sin agua al que estaba por la parte superior, el molino del Trueno. Por todo esto, la fábrica tuvo que comprar este molino a su propietario, que era Escalona. Esto se había instalado en el molino viejo. Aquí se retrató él con 40 de sus nietos. Se lo tuvo que vender... Al colocar las tuberías de entrada del agua de la fábrica, le dejaban muy poca agua al molino del Trueno y tuvieron que cerrar. Nació la fábrica y murió el molino.
Las tuberías de la fábrica Hidroeléctrica se tardaron en construir por lo menos tres años, hasta el año 1925 que se inauguró. Por el molino de El Trueno se pagaron 9.000 mil duros en el año 1921. Con el dinero que le reportó la venta, se fue a Algeciras y compró la casa número 17 de la calle San Juan, ¡qué todavía está en manos de los Escalonas!, concretamente, de Mari Escalona.
Ahí se fue a vivir Escalona con su esposa, Jacinta. Esta señora era de Villalejos, provincia de Málaga. Y, cosas curiosas de este molino o molinilla —como le llama él—, los terrenos que tenía los compró una fábrica de harina que fue de los Jesuitas y después se la vendieron a d. Antonio Bandrés, un hombre que vino de Pizarra, por la parte de Málaga. Este molino tiene la marca en el lugar que estuvo ubicado. Había en el lugar una piedra muy grande, que se quedó allí y que le llamaban ‘la piedra gigante’. El molino todavía tiene en su propiedad una extensión de monte. Y se pagó por todo esto 9.000 duros —afirma Diego.
Seguidamente llegamos al molino de Escalona. Su anterior propietario fue d. José Rodríguez Pajares, que fue el párroco de Los Barrios el que lo fundó para la capellanía de Doña María de Los Santos, vecino de la Villa de Los Barrios.
Este molino con el paso del tiempo, se queda en ruinas y lo compra una señora que no me acuerdo del nombre pero sé que se apellidaba Morales, y el marido era conocido por ‘Morillo’. Esto fue sobre los años 1.800 en adelante… —me dice Diego—. En la llave del molino está la fecha grabada y de esta forma se sabe el año. Fue de la segunda etapa del molino, le tuvieron que poner una puerta nueva por el abandono en que se encontraba.
Los Pajares fueron una familia rica que vino de Alcalá y que tenía una capellanía en Los Barrios. Después este molino se vendió a otra familia y, según cuentan, lo vendieron por una peseta diaria a una señora de Algeciras. Luego pasó a Don Joaquín. Y así hasta llegar a los Escalonas. Realmente, como se le denomina al molino es por el nombre de ‘Molino de Pajares’; luego, cada propietario le cambiaba el nombre por el suyo.
Y pasamos al último molino. El Del Águila, que se construyó 50 años después del primero. Era de un matrimonio que no tuvo nada más que una hija, esa hija se casó y después de enviudar lo vendió. El último propietario fue Díaz de Oñate. Este hombre vivía en la estación de San Roque y sólo sé que se casó con una inglesa. Es todo lo que puedo decir de este molino —finaliza Diego.
  

SUS ANTEPASADOS

 Abuelos paternos

 Los abuelos de Baltasar Acedo Trola se llamaban Pedro y Ana y, vivían en El Cobre. Concretamente, viniendo de la antigua ‘Calera’ por la calle Curro Muelas; allí había una casa que hacía esquina que era de Domingo Trola Fuentes, otra del ‘gallego’ y la tercera era de los abuelos de Baltasar. En aquellos tiempos las casas no eran tales casas, sino chozas con los techos de paja; el dormitorio era un pajar y, por colchón, la paja que almacenaban en dicho lugar. Según me cuentan los nativos del lugar, que yo también pude constatar cuando vivía de niño con los míos en esa tierra, luego ya se pasó a dormir en esos colchones llenos de ‘farfolla’, la hoja de las mazorcas de maíz que se metía en unos grandes sacos, que hacían de colchones para los más pobres  y desafortunados.
—Diego Rodríguez me explica: —La choza tenía un gran huerto que el señor Pedro regaba del agua que pasaba por el ‘cao’ con dos cubos. Este hombre tenía preparado un artilugio con un palo envuelto con trapos para no hacerse daño y un cubo a cada lado que sujetaba con sus manos; de esta forma tan rudimentaria regaba todo el huerto. Este huerto era muy grande —redunda Diego.
Esta familia tuvo cuatro hijos, que se llamaban María, Baltasar (el padre del protagonista de esta biografía), Gabriela y Juan, que era el más pequeño.
 Abuelos maternos
Sigo con la amena charla que me ha proporcionado Diego sobre lo que supone y ha supuesto para nosotros esta hermosa tierra, junto a sus gentes. Y seguimos ahondando sobre la vida de Baltasar Acedo Trola, con todo tipo de información sobre estos lugares y, a la vez, confrontando los orígenes de su familia por parte materna.
Diego me cuenta, corregido por Paco Medina que sus abuelos maternos fueron Manuel Trola Baraldo y María Fuentes de Lesma; afirmando que el hierro de su ganadería (MB) le venía por parte paterna, de su bisabuelo Manuel Baraldo.
 Me comenta que en Algeciras hubo una época muy buena, que fue la pesca del coral en la bahía. El coral tenía muy buen precio y además se vendía muy bien. De esta forma, llegaron los genoveses a la pesca del coral en la bahía, les fue sobradamente compensada. Y así se asentaron en la vega de El Cobre, donde compraron la finca de Chorrosquina.
¡Que, por cierto, no la fundaron ellos! —exclama Diego Rodríguez y relata:
—Esta finca o huerto, como se le llamaba, tenía más de trescientos años, igual que tienen Las Colzas y el huerto del Esteponero. También es de esta época el molino de San Bernardo, que está en la vega y del que, con el paso del tiempo, ya sólo quedan las ruinas —dice con una ligera decepción—. Este molino, junto con la huerta de La Reina, tenía también otro molino, el Alfarache; y todo formaba una sola finca. Esto era una Capellanía que fundó, d Alonso de Fillea, párroco de la Iglesia de Nuestra Señora la Coronada de Gibraltar. Esta finca la hicieron Capellanía porque por esa época este tipo de cosas daba dinero. Donde había una necesidad, allí había un negocio.
—Y me explica por qué era un negocio— La base de la hacienda y la vida del hombre en la población rural era el pan: la tostada por la mañana, el refrito del mediodía, sopas de puchero por la noche, el gazpacho caliente… ¡En fin!, todo se hacía basándose en el pan. De esta forma, el trigo era un gran negocio. Se tenía lo que decían un ‘prósito’, donde se creaba el banco de los pobres. Y los pudientes llenaban en el verano de trigo dicho ‘prósito’ de Algeciras para así ayudar a los más pobres. ¡Que lástima que lo tiraron! —me dice Diego en un tono melancólico—. Son tantas las cosas que han destruido de nuestra cultura...
—Diego se centra de nuevo en los genoveses— Llegaron y, como te dije, compraron la finca de Chosrrosquina. Ya traían un hijo pequeñito, no sé si fue Agustín o Vicente. Estando ya en dicha finca instalados, el padre tuvo que hacer un viaje a Génova (Italia) para recoger una herencia familiar. Salió de Algeciras en un barco y pasado algún tiempo, ¡con lo difícil que era el viajar en esa época!, consiguió regresar y llegar a casa con el dinero. En aquella época el dinero no estaba seguro en ningún sitio. Y este hombre, nada más llegar, cogió el dinero que traía y lo escondió,  enterrándolo en un cañaveral que estaba donde hizo Manolo Pérez Narvaez su chalet —me dice—. En dicho lugar metió una olla llena de monedas de oro y después enterró otra en otro sitio distinto. Pero este hombre se murió y no dijo nada a nadie, no sabía nadie dónde estaba el dinero enterrado. Pasó el tiempo y el huerto de Chorrosquina se dividió en siete partes, ¡por eso en las escrituras está como una comunidad de regentes!
La primera parte, la parcela que estaba pegando al Chorro, le correspondió a Salvadora; otra parte fue para Pepe; otra para Vicente y Agustina; otra para Manuel Fuentes, que estaba casado con una Trola, ¡con María, me parece! y, otra fue para Alfonso Domínguez Trola. La parte de abajo era de su madre, que se casó con un tal Domínguez, apodado ‘los Güebares’. Una hija se casó con el Esteponero, que también compró otro huerto, por encima de la fábrica de la luz —recuerda—. ¡La finca tenía muchísimos años! Lo sabíamos porque tenía muchos castaños, que tardan muchos años en desarrollarse, y estos  árboles, cuando compraron la finca, estaban ya muy grandes. Según cuentan, había más de 20 y daban bueno y abundante fruto.
 —Y, volviendo a la finca de Chorrosquina, Diego continua con su relato— Después de esto empezaron a vender todas las partes de la finca. Una la compró don Fermín Pineda, que era del Cuerpo de Aduanas; la preparó e hizo dos casas. En la parte donde he vivido yo —me dice Diego—, ¡todavía estaba la escalera!... Esta escalera estaba subiendo un montículo para poder llegar hasta la casa donde yo vivía, que daba al cañaveral. Y justo en el primer escalón que, por cierto, ¡aún está el hueco allí!, apareció una de las ollas llenas de oro. Fermín le dio una moneda de oro al albañil que lo descubrió y lo demás se lo quedó él.
—Diego me explica que d. Fermín hizo esa casa —Tú no sé si sabrás que por aquella época Algeciras fue un lugar de pro-tuberculosos… Era por el clima, se les ponían los pulmones encharcados a todas horas por la humedad del levante y había mucha tuberculosis en Algeciras en los años 1928 y 1929. Fue por esa fecha —me dice Diego—, cuando don Fermín hizo las casas; la de la parte de abajo la habitó él y las de arriba las dejó para alquilar. Todo esto lo hizo porque tenía su mujer y los hijos con tuberculosis. ¡Allí murieron su señora y sus siete hijos! Sólo le quedó uno y fue porque este niño no se contagió. Es el padre de una señorita que tiene un estanco aquí en la Villa Vieja y ella es nieta de don Fermín —me hace recordar—. También se salvó otro más, uno que estaba en América. Cando vino, me estuvo buscando y pudo contactar conmigo, y estuvimos charlando los dos.
“El cementerio del Cólera no pasó inadvertido para los algecireños, ya que incluso su historia se llegó a convertir en una leyenda que pasó a lo largo de los años de padres  a hijos y que hoy, nosotras queremos recoger aquí, remitiéndonos en todo momento a la información recopilada por D. Cristóbal Delgado. Dicha historia dice así:
       
Se la oía contar más de una vez a mi padre, que la había oído de sus mayores. Corría el año 1854, cuando la segunda epidemia del cólera.
La gente moría a montones: algunos aparecían muertos en las calles. No había tiempo para enterramientos formales; los cadáveres eran apilados en unas carretas y trasladados, con toda urgencia para evitar contagios, a un cementerio improvisado, que había construido en las proximidades del actual, por la zona del polvorín, (“el cementerio del cólera” le llamaban). Allí los depositaban y al día siguiente los sepultaban en la fosa común.
Uno de estos fallecidos de la terrible epidemia, fue un sastre que vivía en la Plaza del Mercado, o en el “callejón del Muro”, al que llamaban “El largo” por su enorme estatura.
Pues sucedió que este hombre no había muerto realmente, se había desvanecido debido a otras causas…, pero lo creyeron difunto y se lo llevaron en el carro. Y ya, mediada la noche, nuestro sastre despertó en medio del montón de cadáveres. Al darse cuenta de lo sucedido salió corriendo, como era de esperar; saltó la valla del camposanto, y, sin pensarlo dos veces, se presentó en su casa.
La puerta estaba cerrada, y dentro, la viuda y otros familiares rezaban por el muerto. Llamó y no le abrieron; gritó llamando a su mujer, “¡María! ¡María!” y los de dentro empezaron a chillar tomándome por un fantasma. Entonces tuvo la ocurrencia de asomarse por la ventana…
Cuando los reunidos vieron su cara en el cristal, el pasmo llegó al máximo, hasta el punto que, entre gritos de terror, huyeron todos por una puerta trasera que daba a la playa y hubo quien llegó corriendo hasta Pelayo.
A la mañana siguiente todo aclarado, naturalmente.
 Pero, ¡que noche!”
Revista Almoraima





CONTINUARA

UN HOMBRE DEL COBRE 2ª EDICIÓN-REFORMADA


UN HOMBRE DEL COBRE
DE
AL - YAZIRAT AL - JADRA
ALGECIRAS


Autor: Antonio Molina Medina


2ª Edición: Corregida, aumentada e ilustrada.


Dedicado a Baltasar, Antonio, Antonia, Luisa y mi nieta Lucía.
Sus recuerdos no se disiparán nunca, para que sus memorias
persistan indelebles y seguros con el paso de los siglos.



Presentación de la primera edición: de izquierda a derecha; Miguel Díaz Cote;
José Arana Ortega; el autor y José Acedo Veneroso

Baltasar Acedo Trola


INTRODUCCION
Algeciras ha sido y es cuna de una raza de hombres y mujeres que la han hecho grande a lo largo de la historia. Quizás tenga el deseo de exaltar todos los esplendores arquitectuales de Algeciras, y a la vez pasar revista a todo su entorno de paisajes y recuerdos históricos que un día la acompañaron con su gloria después de un languidecimiento prolongado y un abrupto declive, tanto en su ciudad como en el término que le rodea.
En estos tiempos los valores son tan inciertos... Se nos quiere imponer la cultura de la televisión, tratar por medio de la publicidad de llegar al consumo más salvaje y, de esta forma, poder anular nuestra propia personalidad. Se olvida la cultura de los poetas, escritores, literatos, y de personas de comportamientos sencillos, que sacaron adelante, desde los primeros siglos, la historia de esta hermosa ciudad. Y que, escarbando en la tierra, pudieron sacar a flote nuestra propia identidad. Sin estas gentes, no se conocería la existencia de nuestro pasado. Algunos de estos hombres importantes nos lo recuerdan contantemente, pero han existido otros hombres sencillos, que han hecho su pequeña historia en el lugar en el que han convivido. Nadie les echa de menos, pero los unos y los otros forman parte de la historia y, por ello, siempre han estado presentes desde el principio de la humanidad.
Algeciras como pueblo, como ciudad, junto con su gente, siempre ha estado presente en la historia de España. Desde la Prehistoria, con los instrumentos de piedra encontrados en el término de Algeciras, a la Edad de los Metales, la Edad del Bronce, romana, mora y cristiana.
Según cuentan los historiadores, en el lugar que hoy ocupa Algeciras se encontraba ‘Portus Albus’; lo que tratan de demostrar por los restos hallados en la ciudad de la época romana y, que siguen apareciendo. Descubrimientos romanos que se siguen sacando de la villa vieja, cerca del parque de Las Acacias. Escarbando la tierra sale por ella nuestro pasado y nuestra historia, que son para nosotros nuestras señas de identidad.
Llegaron los musulmanes, que con su cultura engrandecieron nuestra ciudad y, con ella, tantos hombres de renombre, por ejemplo:
Guerreros como Muhammad ben Abi Amir, más conocido por ‘Almanzor’.
Sabios como Ibn-Jayr.
Poetas como Ibn-Abi-Ruh o Musa-al-Yaziri.
Historiadores como Ibn-Mosdai, Ibn-Jamis.
Grandes literatos como Alwlani.
Matemáticos como Al-Hamdani.
Hombres que hicieron de Andalucía lo que hoy es: una tierra hermosa para vivir, como el paraíso prometido y anhelado por muchos de nosotros.

Ya en nuestro tiempo, también contamos con hombres y mujeres que supieron recoger el testigo de estos grandes personajes, que fueron tantos que no cabrían en este libro. Pero no puedo resistirme a enumerar algunos de ellos.
Buenaventura Morón, que fue cirujano y Médico ilustre de la antigua plaza de toros la Perseverancia, que un día fue destruida, yo diría sacrificada, por aquellos que están en contra de nuestra propia historia.
José Luis Cano, que con sus “Sonetos de la Bahía” nos traslada una nube, admirando el paisaje de la Bahía y, con tristeza, vemos están acabando con su morada, situada en las ruinas en la calle Ancha en el centro de Algeciras.
La gran Lola Peche Andrade, que tan bien refleja en sus relatos lo que fue nuestra niñez deleitándonos con sus poemas como el de Las Barracas:

(…)Muchachos, perros, gatos, por el infecto lomo
Buscando algún mendrugo, urdiendo travesuras.
Sentadas a las puertas, mujeres remendando
o despiojando niños al sol de mediodía
y un anciano vacío, en largo soliloquio
con el antiguo rostro de su perdida historia.(…)
Antonio Torremocha Silva.
Juan José Téllez Rubio, que he tenido la suerte de poder conocer a través de la lectura, de sus apetitosos y jugosos libros. “(…) Sobre todo, se olvida fácilmente la historia pequeña de los hombres sencillos; recordamos, en cambio, las gruesas, bronquiales palabras del jeque, la voz de a caballo de los generales (…)”.
Ricardo Tejeiro, nacido en Barcelona, al que le pasó como a este humilde aprendiz de escritor. “Algeciras tiene algo que embriaga, que embelesa”, escribió él con sus libros de dibujos, Tejeiro nos hace gozar y soñar con su contenido tan animado, llegándonos a sacar de nuestra realidad.
Cristóbal Delgado Gómez.
Alberto Sanz Martín Bueno.
Juan Antonio Benítez Santo, a quien tanto le debo, por los libros que me proporcionaba, tan generosamente, y por los ánimos que siempre me dio para que escribiese cosas de Algeciras.
Músicos, como Recino Martínez Basso, violinista y magistral Director de Orquesta, del que vemos con tristeza como su casa, con una espléndida placa en su fachada, perece sin remedio por la desidia, el deterioro y las ruinas. Sin olvidarnos de Paco De Lucía, él hijo de la portuguesa como muchos le llaman.
Y Toreros, empezando por José Sánchez del Campo, más conocido como ‘Cara Ancha’; José Lara, ‘Chicorro’; Manuel Ruiz, ‘Panaderito de Algeciras’; El Merlo y, ¡cómo no!, ‘El niño prodigio’, Miguel Mateo, ‘Miguelin’. Y tantos otros… que serína imposibles de enumerar. Muchos de estos ganaron su gloria en la hermosa plaza que un día fue, “La Perseverancia”, plaza desaparecida por nada y para nada y que sería hoy monumento para aportar a la ciudad de Algeciras.

Podría seguir con una lista interminable de hombres ilustres de esa hermosa Bahía pero quizá el que más me ha impresionado de todos estos, por su trayectoria social y cultural, es Juan José Téllez Rubio. Como él bien dice, es uno de esos “hombres sencillos que nunca nadie habla de ellos”.
Esta frase me ha motivado y por ella tome la decisión de escribir sobre la figura de un hombre sencillo, que un día vivió y murió en esa hermosa vega del Cobre. Como bien dice la frase de Téllez. “Hombres sencillos”, que un día fueron hombres que marcaron una época para los de su generación. “La forja de un rebelde”, poema, rima, ¡me da igual! Ha penetrado dentro de mí. Estas personas que fueron para nosotros tan estimadas y que fuimos tan afortunados los que tuvieron y tuvimos la suerte de tratarlos y convivir con ellos.

La forja de un rebelde:
(…)“Mire de firme a los ojos de la galerna
que mutila y que mustia y que murmura.
Como un lobo perdido, como un lobo perdido (…)”.
Juan José Téllez

He empezado quizás tarde a meterme en este mundo de la literatura. “El libro es el mejor medio de comunicación del pensamiento humano”. La lectura es una necesidad y un placer y su extensión es garantía de progreso humano y social y, a la vez, una herramienta. Como el arado romano que solía coger, cuando me dejaban, de niño para surcar la tierra y sacar de sus entrañas los terrones, para que se oxigenase para la próxima cosecha; ya que los libros ni los conocía ni podía tener acceso a ellos, eran patrimonio de los pudientes. Pasando las hojas de un libro, recorres esos campos y esa historia de nuestro pueblo, que estaba a flor de la tierra. Y, con nuestro esfuerzo, llegas a escarbar en ella, para poder encontrar su esencia y la grandeza de nuestra cultura. Como muy bien nos dijo Federico García Lorca: “Con el arado se sacaban de la tierra cosas del pasado, nuestra cultura”.

Qué poca importancia le solemos dar a un libro... De todo lo que he leído, hay un escritor que ‘lo borda’, en sus páginas lo expresa magistralmente. Y que tenía que ser el gran Federico. Con su sencillez lo refleja en esta metáfora, que es la realidad de la vida y que él llego a definir sencilla e inteligiblemente, por su humanidad.

“Nadie se da cuenta al tener un libro en las manos, del esfuerzo, el dolor, la vigilia, la sangre que ha costado. El libro es sin disputa la obra mayor de la humanidad. Muchas veces, un pueblo está dormido como el agua de un estanque en un día sin viento. Ni el más leve temblor turba la ternura blanda del agua. Las ranas duermen en el fondo y los pájaros están inmóviles en las ramas que lo circundan. Pero arrojad de pronto una piedra. Veréis una explosión de círculos concéntricos, de ondas que se dilatan atropellándose unas a las otras y se estrellan contra los bordes. Veréis un estremecimiento total del agua, un bullir de ranas en todas direcciones, una inquietud por todas las orillas y hasta los pájaros que dormían en las ramas umbrosas saltan disparados en bandadas por todo el aire azul. Muchas veces un pueblo duerme como el agua de un estanque un día sin viento, y un libro o unos libros pueden estremecerlo e inquietarlo y enseñarle nuevos horizontes de superación y concordia”.

Libro “De la Alocución al pueblo de Fuente Vaqueros”, de Federico García Lorca. (Edición Comares –primera edición en Julio 1997 – Granada)

Y es curioso que me estoy encontrando con Algeciras en todos los rincones de Al Andalus. De mis dos amores por la tierra, Algeciras y Granada, cuando no tengo nada para leer de Algeciras recurro a las lecturas de Granada, que también encuentro en los libros que caen en mi mano. Estas dos ciudades están tan ligadas en su historia, por sus gentes y por sus andanzas. Hombres que nacieron y otros que murieron en el término de Algeciras, como Don Diego López de Haro, que fue fundador de la villa de Bilbao y de la Ciudad de Orduña.
Con la lectura de un hermoso libro donde nos habla de su vida, he podido conocer las andanzas de un noble ilustre de Algeciras en el reino de Granada y de su rey, un malagueño que regía los destinos de la Granada de 1.322, y cuyo nombre era Sultán Abul Walid Ismael.

En un relato muy hermoso de Fidel Fernández, del libro, cuyo título es “Un Regicidio Por Celos”, leí: “El que Mohamead, que era hijo del alcaide de Algeciras y próximo pariente del sultán de Granada, que se llamaba Ebn Al Jattib; fue el protagonista de una bella historia de amor, de aquella época dorada y esplendorosa del Al-Andalus”.

“Antigüedades y Estampas Granadina”. De Fidel Fernández. (Diputación de Granada, año 1994)

Otro libro editado por la Diputación de Granada recogía que: “Ya en el 1.333 Algeciras y su región eran tenidas en cuenta por el reino nazarí de Granada para el abastecimiento de la ciudad, proporcionaban blanca cera y abundante miel”.

Desde muy niño siempre he soñado con ese rincón que, para algunos, es un lugar más para vivir, pero para mí, es mucho más; es un lugar para unos pocos privilegiados donde deseo y espero, un día no muy lejano, poder terminar mis días… en esa ciudad de la luz, la tierra de mis antepasados: Algeciras.
Tuve la suerte de poder convivir con seres maravillosos que me enseñaron y me prepararon para ser hombre del mañana. Un testigo difícil de llevar, pero sus espíritus me confortan y me ilusionan para pensar que en la vida lo más importante debe ser la defensa de la humanidad, la defensa del hombre libre, que sepa pensar y decidir por sí mismo y que nunca se deje manipular, así se podrá alcanzar la libertad y la eterna felicidad.
Y si con mis narraciones puedo contribuir a ello, lo haré; no defraudaré a los que para muchos de nosotros fueron nuestros maestros, Juan Medina Villatoros y Baltasar Acedo Trola. Maestros para todos los que tuvimos la suerte de poder tratarlos y quererlos. Fueron nuestro primer catecismo y de ellos pude sacar las primeras experiencias de mi vida.
¿Qué más se puede pedir?
Gracias a ellos, y a tantos como ellos, la vida es hoy mucho más fácil para estas generaciones, por que les dejaron el terreno abonado. La calidad de vida que tenemos fue posible a su entrega y generosidad, su amor por los suyos y a la tierra que tan duramente trabajaban para poder subsistir... Aunque muchas veces ni les llegaba para lo más elemental, como poder dar el alimento necesario a los suyos...

Es difícil escribir la vida de una persona sin conocer personalmente muchas de sus vivencias, al no haber podido estar pegado a ella. Alguien te cuenta cosas de esa persona y tú te las crees, porque las gentes que te lo relatan son personas que convivieron con él y compartieron penalidades juntos, por su época. Y además le querían y respetaban. Otros no tanto, pero a pesar de ello le admiraban y les embelesaba, quizás por su astucia, gallardía y generosidad.
Yo diría que la cultura andaluza es “la literatura oral”, lo que se transmite de padres a hijos, como una buena enciclopedia, para así poder consultar. Pero estas personas se nos van y debemos procurar, por medio de estos humildes escritos, sacar lo más importante de sus vidas y dejar plasmados en ellos su mundo y sus pequeñas vidas, junto con los lugares hermosos y pintorescos. Y —¿por qué no decirlo?— de historias de auténticos aventureros, de piratas y contrabandistas que poblaron estos parajes en tiempo ya lejano en ese entorno.

Con esta pequeña biografía pretendo, con toda modestia, hacerles un homenaje a éste y otros hombres que, con su trabajo, tesón y mucho valor, llegaron a forjar su hacienda, y le fueron muy útiles a ese rincón en el cual trabajaron. Hicieron posible que El Cobre prosperase con todo el mérito que pueda conllevar. Pretendiendo que se les recuerde y no se les olvide, sea buena o mala su forma de vivir. Un pueblo no debe perder ni olvidar a sus hombres ilustres, que son aquellos que con sus pequeñas vivencias o grandes hazañas, hacen posible que el mundo siga su curso; y, que se les pueda recordar por su condición de hombres con espíritu aventurero, en la época y el lugar idóneo para su realización.
Yo diría que Baltasar no ha muerto. Ha renacido en muchos de nosotros y por ello vivirá mientras personas a las que les guste la lectura puedan leer algo de sus vivencias para introducirse en su espíritu y poder comprender a este hombre, que lo dio todo por los suyos y su tierra. Muchas son las personas que con sus relatos nos demuestran que él no morirá nunca por medio de la cultura oral que se sigue pasando de una generación a otra. Según me dice mi madre —que su tatarabuela ya le decía a su abuela—: África estaba unida a España por un puente hacía ya muchos años. A través de fábulas, historias o cuentos nuestra cultura oral estará viva por los siglos.

He seguido indagando, pateándome esos lugares, buscando datos de la vida de este hombre y de su entorno, para conseguir acercarme a su vida e ir plasmándola en estos pequeños relatos, que pretendo sacar entrevistando a personas que le conocieron. Y de esta forma recopilar en unas cuartillas la vida tan intensa de Baltasar Acedo Trola. Un hombre de Chorrosquina, de El Cobre, de Algeciras, y de Al Andalus. Relatos que no podemos dejar de mencionar y que debemos recordar, rindiendo tributo a este hombre y al entorno en que vivió, con las alusiones a todo lo que le rodeaba y a cómo fue capaz de llegar a perforar nuestros corazones de esta persona que tuve la suerte de poder tratar y conocer de primera mano.

Parte de los relatos que quiero plasmar, de esta persona que tuve la suerte de poder tratar y conocer de primera mano algunos él me los contaba, muchos otros yo los presencié, y otros sus más allegados me lo contaron, personas que lo adoraban, como su mujer, hijos, nietos o sus tíos, primos, amigos y gente del pueblo que le respetaban y admiraban. Yo soy una de las personas que suele decir que nunca se conocerá la vida de una persona totalmente, pero aquí intentaré sacar todo lo que pueda sobre este gran personaje que fue Baltasar Acedo Trola.

Los últimos días de tu vida tuve la suerte de poderte ver, estabas en tu casa postrado en tu cama por una enfermedad. Fue cuando me acerqué por esa tierra al funeral de nuestra prima Mari Luz. ¡Qué poco me podía yo imaginar que ya no te vería más!
Pero te sigo viendo de todas las formas, de joven, erguido en tu hermoso alazán de pura raza arabesca; montado en tu tractor por esos campos de la vega de El Cobre; y como por último te vi., un anciano firme, espigado.

Un caballero fuiste.
Como un roble viviste.
Y como él. Supiste morir de pie.

Espero reflejar en este trabajo sus vivencias, aunque no sea mi pluma la más indicada para relatar la grandeza de este hombre y de esta tierra. Pero me queda la satisfacción de poder decir de Baltasar y de El Cobre todo lo que sabía o que me han contado. Y allí donde alguien sepa algo de él y de este hermoso lugar, mi figura estará, para poder aportar todas sus vivencias y plasmar esos hermosos lugares que un día contemplaron y guardaron la retina de mis ojos. Siempre me atrajo su intimidad, el contacto con sus calles y sus gentes y me apasionó oír las voces de aquellos que la describieron y se recrearon en su belleza, en tiempos ya lejanos; con sus mezquitas y sus dos ciudades amuralladas.
Sólo me queda decir que para este aprendiz de escritor ha sido un orgullo poder serle de utilidad tanto a él como a mis antepasados y escribir una vez más sobre esa tierra, esos lugares y, la vida de sus gentes.

Antonio Molina Medina

(CONTINUARA)

ROSA HERIDA



Me he despertado de un sueño
de un sueño que yo soñaba
que tú me estabas mirando
y yo sentía tu mirada.
De tus ojos mana vida
nos cruzamos el mirar
y vi la luz que brotaba
vida nueva, agua depurada.

Tus pestañas de abanico
suaves se balanceaban
las cejas se removían
en la frente, planta alta.

El viento que nos soplaba
te remolinaba el pelo
dando perfume a tu cara
aroma que me embriagaba.

Sentí lo que un hombre siente.
Te ví como una zagala
llena de vida y de muerte
de ilusiones y esperanzas.

Como una rosa en la mata
pude contemplar tu cuerpo.
Quisiera ser hortelano
para cuidarla y mimarla
para que nunca la corten
mientras mi alma guardiana
vaya a morir entre sus ramas.
Antonio M. Medina

SUEÑOS

Quieren ponerle cadenas a mi voz.

Quieren poner espinas a mis dedos,

aquellos que acarician mi pluma.

Quiero volver a mis atardeceres en el campo.

Quiero sentirme libre de impurezas.

Quiero sentir el poniente y el levante en mi rostro.

Quiero ver el amanecer desde la era.

Quiero sentirme libre de ataduras.

Quiero galopar por mis praderas.

Quiero soñar que una vez fui niño.

Quiero dormir mirando las estrellas.

Quiero recibir el frío de la noche.

Quiero saborear el sudor que de mí desprendo,

en esa larga tarde de la trilla.

Quiero mirar como antes miraba,

sin tener que agachar la cabeza.

Quiero poner palabras, palabras, palabras…

que busquen la paz y plasmarlas en unos versos,

pretensión infinita de mi tiempo de ocaso,

en mi largo invierno.

De un sueño, que desapareció

con la fuerza del viento.

Y que hoy vuelve con ímpetu a arroparme por dentro.

Antonio M. Medina

NUESTRA LATA DE POESÍA EN POZOKOETXE, BASAURI.



Ayer dia seis de marzo se presentó en la Casa de Cultura de Pozokoetxe Poesía en su tinta: "Hojasenlata" nuestro cuarto trabajo poético.
Nos acompañó, como siempre, José Sánchez a la guitarra y nos deleitó con su rosalear. Desgranamos poco a poco el sucinto recital y el público asistente nos obsequió con su aplauso.
Tras la recitación hubo una animada charla con preguntas que nos hicieron respecto al cómo había surgido la idea y demás menudencias que respondimos encantados de difundir cómo se gestó esta nueva forma de poetizar.
Durante el recital

Vista del público asistente


Foto de familia de izquierda a derecha: el escultor Mikel Varas,
Clementine Pouatou presidenta de Euskalmon, Andoni Busquet
alcalde de Basauri, Daniela Bartolomé, Antonio Molina,
José Sánchez nuestra particular guitarra. Un placer.
Agradecemos a todas y todos los asistentes al acto su presencia, su apoyo así como al alcalde de Basauri, Andoni Busquet, que tuvo la deferencia de estar presente en el acto. Muchas gracias a tod@s, mila esker denori.

Antonio y Daniela

CARLOS CANO

Ya se ha muerto Carlos Cano.
Las campanas de la vega
lo anuncian con su redoble,
la muerte nos lo ha quitado.

El perfil y su figura, su voz
y su humanidad, han recorrido
este mundo, con tanta originalidad,
que su voz queda perenne
con su mensaje sembrado
de claveles desangrados.

Las campanas estallan
a lo largo y ancho de su vega,
su corazón que tanto amó
se convirtió en manantial,
charcos de sangre lo invaden.
Sangre roja y ardiente
le brota del corazón, que
cansado de latir y harto
de dar amor, le estalló
entre las manos,
como si fuera una flor
y con su semilla nos inundó.

Carlos Cano ¡qué congoja!
Carlos Cano ¡qué dolor!
Su corazón se ha parado,
no su verso y su candor.
Esos trinos y su copla
que nacían de su alma
que alumbraron nuestra vida
con la voz tan respetada,
compartida día a día.
Tus flechas ya no relucen
cuando brota la alborada.
Antonio M. Medina