SABOR A TÉ

 
Estos versos me brotan
envueltos en café
relleno de tortilla que
el gorrión va a comer.
La puerta esta cerrada y
no puede volar.
El nido esta muy frío.
El pájaro esta triste
y no puede elevarse
aunque está en libertad.
 
Antonio Molina

MUJER



Quiero sentirte dentro de mis besos.
Quiero atraerte delicadamente contra mi cintura.
Quiero los latidos de tu corazón y tu figura.
Quiero embriagarme con la leche de tus senos.
 
Puedo mirar como respiras con holganza
mientras tu sueño realizas hondamente.
Ver el amanecer mujer, contigo, y
poder despertar eternamente.
 
Sentir tu aliento en mi cuello muy cerquita,
aplacar mi sed en tu regazo
beber, cual manantial de agua cristalina.
 
¡Qué fluye de ti mujer, eternamente apasionada!
 Que día a día mantienes como un latigazo,
y disfrutar de tu hermosura sosegada.
 
Antonio Molina

NO ES POSIBLE EL OLVIDO

 
 
 
 
 
En la soledad que me atrapa
en una torre añeja de recuerdos
me alimento de la vida que me llena
inundándome sus recuerdos.
 
Veo su imagen sonriente
gratifica la sangre que le brota
escarbando con mis manos en su cuerpo
en la tierra entre Biznar y Alfazar.
 
La sangre derramada se me pega
cerrándome las uñas de las manos
rebuscando entre las zarzas su legado
su sangre brota a borbotones
 
roja, seca, cercenada de granadinos
que murieron con él en su Granada.
Batallaron para liberar al hombre
de su hambre, de su sed, de su incultura
 
sesgando cualquier vida de la Vega.
Los pozos de agua limpia se agotaron
la sangre se confunde con el agua.
Se alimentaban de sus cuerpos doloridos
 
buscando en ellos la vida arrebatada
envueltos en la tierra que perdieron
que les sirvió de última morada.
Antonio Molina

LIBERTAD


 
Cuadro de: J. Antonio de la Torre

Y nos abrieron de par en par
las puertas de la libertad.
Y no supimos que hacer con ella y
volvimos a buscar a los tiranos,
a los que nos dominaban
complacidos dándoles las riendas
de nuestra cobardía.
Molina

ESTIRPE

Mi Bisabuelo Victoriano Martín

Los niños correteaban por las callejuelas con sus gritos y risas que al anciano llegaban. Apoyando su cuerpo sobre el callado entre sus manos, y sentado en una silla de palma y de madera, escucha sonriente esos gritos, risas y palabras serias. Con voz firme, en un intento de susurro, llama complacido a los niños que juegan.
- ¡Pedrito! ¡Ven niño! ¡Acércate!

Pedrito deja de jugar y se acercacon sus compañeros a la esquina de la calle donde
reposa su cuerpo el anciano ciego, que a pesar de su ceguera los conoce sólo por la voz, la risa en sus juegos y el ruido de sus carreras. Pedrito se aproximó, al anciano y éste le acarició el rostro con sus manos y dedos. Bocanadas de aire le rozaban los oídos cuando le dijo:
-Tú eres Pedrito, el hijo de mi nieto. Yo soy tu bisabuelo, pero no puedo verte, me he quedado ciego.
Pedrito mira sus ojos fijos y sin vida, ojos que no parpadeaban pero dejaban resbalar
lágrimas de felicidad. Agachando la cabeza se da cuenta que algo le escuece en los ojos y no sabe porqué, pero a su corta edad, intuye lo que es estar ciego.
El anciano le acaricia con nostalgia y sonríe con orgullo. Aunque la luz no entre ya por sus ojos, su sonrisa es corazón que el niño atrapa por su expresión acaramelada, en la que percibe su alegría.


-Tú eres el hijo de Pedro, mi nieto – repetía- yo soy tu bisabuelo Victoriano y padre de tu abuela Mamachón.
Con su cuerpo ligeramente atrapado entre los brazos poderosos de su bisabuelo, el niño se sentía pleno de dicha. Tras una palmada en el trasero y un beso generoso, el anciano dice a su biznieto:
- Anda Pedrito, vete a tus juegos. Cogiendo de nuevo su callado de madera, alzando su cabeza al horizonte desde la esquina de la callejuela y con la vista perdida, sólo busca la caricia del aire en una tarde calurosa de su Vega. Aguarda las sombras de la noche para recogerse a su choza de paja y barro a esperar un nuevo día en el que poder disfrutar lo que siente su cuerpo; que el aire le recuerda que está vivo y lleno de sentimientos, que aún circula sangre por sus venas. Se aferra cual tronco viejo de su estirpe, sin parpadeo en la mirada, vocando esos momentos que serían los últimos que ambos disfrutarán en el abrazo de sus uerpos. El niño se dió cuenta. Recuerda que él era parte del fruto de su cuerpo, y que no pudo abrazar a su abuelo, víctima de una guerra fratricida que le arrebató la vida.

Antonio Molina

A NUESTRO RELOJERO MAYOR DE LA IGLESIA DE LA PALMA (ALGECIRAS)


José Luis Pavón (Relojero Mayor- Algeciras y Antonio Molina
 
Me he levantado temprano
sin pereza, con ilusión,
mirando entre los zapatos y
solo encontré carbón,
pero al romper un pedazo
me encontré su corazón;
permanece aún latiendo
laberintos de la vida
con trabajo e ilusión.
 

Latía fuerte ¡el puñetero!
bramando cual toro bravo
envistiéndome por dentro
mi relojero mayor
me visitaba de nuevo,
me traía la ilusión.
 

Llegó a Algeciras con un año,
lo mismo, a mí, me ocurrió.
¡Grata coincidencia! ¡Savia! que
hemos mamado los dos, sus aires
nos atraparon, de sus campos la calor.

 
Un hecho poco importante, hace años ocurrió.
Enseñabas orgulloso tu obra
de la torre, el reloj, en la iglesia de la Palma.
Cómo resuena en su fuente y en su plaza mayor.
 

Tu ilusión te abstraía
todos, a ti te miraban,
yo, más que al reloj, observaba
el amor y la ilusión que
en tus ojos, desbordaban.
I
Fue un año muy importante.
Tú, quizá, no lo supieras;
a tu lado se encontraba
la mujer que yo amaba,
aquella que me parió
siendo niño me guiaba.

 
Con que ilusión te seguía
por la torre de la plaza
no se perdía detalle
de lo que de tu boca hablaba.
Tal nobleza su mirar
le florecían los recuerdos,
los reflejaban sus ojos
¡ay niñez! Niñez añorada.

 
Con que ensueño me contaba
lo que aconteció en su día,
siendo aún ella muy niña
en los bajos del reloj,
al toque de sus campanas
en el banco de la iglesia,
en la iglesia de la Palma.
 

Era el año veintisiete,
una boda celebraban
ella iba acompañando
a su hermana más temprana
en matrimonio entregada,
siguiendo tus explicaciones
¡todo eso, lo recordaba!
 

Por lo estrecho de la sala
te perseguía en tus pasos.
Con que fijeza miraba.
Con qué viveza seguía.
Con qué ilusión escuchaba.
 

Mi querido relojero
sus recuerdos te delatan:
una tarde calurosa
en la torre de la plaza
explicabas tú muy serio,
con qué cariño limpiabas
las piezas de tu reloj,
nosotros así el sudor
de nuestra piel, que brillaba.
 

Tu corazón me provoca
el recuerdo me atenaza,
tu voz resuena en el tiempo
tic-tac, palpita el reloj
a la vista de su plaza.
 

Mi querido relojero,
repica tu corazón y
me devuelve el sonido
de un músculo de recuerdos
con muchos compartimentos
de vez en cuando abro
recuperando recuerdos,
los que tú me provocaste
en la torre del reloj,
pieza a pieza su estructura
majestuosamente uniste
para orgullo de sus gentes
de la iglesia de la Palma,
de su plaza y de su fuente
en la ciudad que tú amas.

Antonio M. Medina