“El odio que dura siglos sin dar señales de vida
y que un día estalla.
¡Como hubiera podido soportarse ese odio, si
hubiera sido sentido!”
Su mente
Se embelesa tu mente entre las losas del pasado y deja que tus pasos se dejen guiar hasta la doble puerta de las paredes que te cobijan; la cerradura es de hierro y su ojal, sin complejos, para la llave que se introduce escandalosamente abriendo las compuertas del silencio.
La estancia se ilumina y te encajas, sin miedos, en la estancia donde
descansaban los cuerpos. La cama era de hierro y el jergón de alambres de acero
y el colchón de lana recién lavada y apaleada por sus dueños para quitarles los
posibles nudos que se hundían en sus cuerpos.
Suspiros de historia se posaron en su intelecto dejándolos correr a través
de su tiempo, mientras las golondrinas regresaban a su nido revoloteando por su
alma que le marcaba situaciones inéditas que allí acontecieron.
“Agua piden las yeguas;
Que aguanten pío
Que en cuantito rematen
Las yevo al río.”
Una nube blanca envolvía su sombra, la que se
dejaba guiar por los enseres que allí se extendieron. Mientras caminaba por los
aposentos, las luces del tiempo afirmaban todos los recuerdos que unos momentos
antes crecían dentro de su cuerpo, ya que el tiempo es un suspiro del silencio;
apoyando su mano en ese chaparro cuyo corcho lo mantiene su estructura; su
cuerpo se yergue mientras su mirada se desliza sin prisa sobre las aguas del
estrecho; en una tarde limpia de deshechas mentiras y engaños, sonríen sus ojos
acariciando el tiempo.
19.04.25
Antonio Molina Medina











