UN HOMBRE DEL COBRE 2ª EDICIÓN-REFORMADA

Los recuerdos de Manolo Rojas y otros…



Sigo mi recorrido y, caminando sólo unos pasos, llego a otra puerta cuyo inquilino es otro de los suyos: Manolo Rojas. Al acercarme a su morada me digo: ¿Tendré la suerte de encontrarle en su casa y en un buen estado de salud? Son hombres mayores, ya metidos en edad, cascados por el trabajo del campo y el paso de los años que desde muy niños tuvieron estuvieron pateándose esos lugares para sacar el sustento diario; toda una vida dedicada a ese duro trabajo que es el campo para poder subsistir; esa vida tan dura que les tocó vivir.

Llamo a la puerta de su casa y me sale a recibir una mujer entrada en años.

—Buenos días señora, ¿vive aquí  Manolo Rojas?

—¡Sí! —me responde—, ésta es su casa,  ¿quién le busca?

Yo trato de pensar cómo explicarle quién soy. La observo y la veo recelosa. Ella volviendo la cabeza y con voz suave llama a Manolo:

—¡Manolo!, ¡aquí te buscan!

Y mientras él viene lentamente, ella me abre la verja de la casa. Le veo venir ya entrado en años, delgado pero tieso como un roble, en su rostro se refleja seriedad y facciones agradables.

—Buenos días —le digo.

 —Muy buenas contesta—. ¿Qué quería usted? —me dice.

Yo le digo quién soy y al momento me relaciona con la familia de “los forrajes”, me pregunta por mi madre y me invita a pasar con una gran cortesía. Nos saludamos y, sin más preámbulos, nos sentamos en una pequeña mesa que tiene instalada en la cocina. Le hablo de lo que me lleva a su morada y le explico con detalle lo que pretendo hacer sobre Baltasar.

Su cara se ilumina y se transforma en un gesto de satisfacción y, a la vez, de sorpresa. ¡A mí me parece muy bien que lo haga!, me dice. Y, sin más, comenzamos nuestra gratificante tertulia.

—Baltasar fue muy buena persona para los vecinos, lo mismo que lo fue conmigo. Así empieza Manolo a relatarme sus vivencias con Baltasar y me explica que fueron muchas las vivencias que tuvo con este hombre:

—Yo trabajaba en la fábrica de pescado, que estaba ubicada por ahí abajo, pegando al río de La Miel y que antes fue una huerta muy hermosa, ¡con su molino y todo! —me indica—. Baltasar siempre solía venir a buscarme cada vez que tenía que acudir él a ‘arrecoger’ animales a la sierra y yo siempre me iba con él. Llegaba allí, a la fábrica, y me decía:

—¡Manuel, que se hagan cargo de tu trabajo!

¡No hay problemas!, le decía yo. Seguidamente, se dirigía al capataz y le decía:

—Mire usted, que Manuel  se va a venir conmigo a recoger unas vacas a la sierra.

Y, sin más, yo me iba con él; ensillábamos los caballos y por esos montes llegábamos los dos donde tenía él las vacas y nos pasábamos todo el día recogiéndolas y bregando con los animales de un lado para otro. Recuerdo que las que más guerra nos daban las dejábamos amarradas a los chaparros y las demás las bajábamos para la casa. Y ya al otro día por la mañana, salíamos para la sierra a por las que nos quedaban de bajar.

Yo he bregado mucho con él por esas sierras de Dios… ¡Cada vez que le hacía falta, Manolo Rojas estaba con él! —me indica—.

—Porque él, con el caballo, era más capaz que yo —me subraya—. Pero yo era más capaz que él a pie —asevera—. Yo conocía todos los rincones de esas sierras. ¡Por la boca de la fuentecilla!, ¡por ese sitio van a salir los animales!, le decía yo a Baltasar. Yo cortaba terreno y me iba delante de las vacas. Y cuando llegaba él, yo ya estaba allí. Y me acuerdo que me solía decir él:

—¡Chiquillo!, ¡que siempre está delante!

—En la sierra era yo… más capaz andando, que él a caballo —me repite Manolo—. Aquí en mi casa ha estado más de cuarenta mil veces. ¡‘Mucha amistad, sí que hemos tenido!

Un día fuimos a la sierra los dos a por una vaca, —me sigue contando— y vimos que el animal intentaba escaparse. Él se dio cuenta y puso en marcha velozmente a su caballo, a todo galope, y cuando llegó a la altura de la vaca, se lanzó de un salto sobre el animal ¡y cómo cayó encima de ella! Y después de esto, como pudo, se sujetó agarrándose a sus cuernos. El animal, en su carrera, pasó justo al lado de un chaparro y, esta vez, Baltasar lo veía mal y al pasar junto a él, se agarró a sus ramas y se quedó colgado de ellas como pudo. Seguidamente, llamó a su caballo y esperó. El animal llegó y se puso debajo de él, lo montó de nuevo, salió tras ella y por fin la pudo coger.

¡No era terco ni nada! ¡Se le iba a escapar a él la vaca…! —me decía Manolo muy serio—. ¡Así era él! Un tío muy capaz.

Otra vez, me acuerdo que se nos ‘arreboló’ un toro de unos cuatro años y nos dio mucho trabajo este dichoso bicho. Después de bregar con el animal que, por cierto, nos costó mucho el poder sujetarlo…; él me decía: Mira Manolo, vamos a amarrarlo en ese chaparro, tú te subes al chaparro y yo te lanzo una soga para arriba y en la rama esa gorda que ves, lo sujetas con la cuerda. Me acuerdo que esta vez se nos hizo de noche. Amarramos como pudimos al chaparro, lo dejamos bien seguro y nos fuimos ‘pa la casa’ —explica Manolo.

A la mañana siguiente volvimos y cuando llegamos al lugar donde dejamos al animal amarrado, yo le comenté a Baltasar.

—¿Y ahora cómo lo soltamos?

—Mira, yo me  subo en tus hombros y salto sobre el animal, me dice.

—¡No Baltasar!, le dije yo. ¡Que este bicho nos mata a uno de los dos! A ti y a mí. Y él que dale y yo, ¡que no!

¡Era más testarudo y pesado que un borrego bajo el brazo! —exclama Manolo con una resplandeciente y amplia sonrisa por poder renacer todos los recuerdos tan relevantes y a la vez tan agradables que se ven reflejados en su cara y que son sólo para él; por poder recordar estos tiempos pasados tan agradables y veraces, las peripecias junto a su compañero y amigo que, como la llama de una vela que vemos cómo se nos extingue, se nos acaba apagando sin remisión.

—Llegamos donde dejamos al animal y yo le dije: Mira Baltasar, yo me paso para este lado y, mientras  lo distraigo, tú te subes al chaparro, que eres más joven que yo. Pero esta vez habíamos cometido un error. Y era que le habíamos dejado la soga muy larga, ¡y cualquiera se acercaba al toro! Entonces él se subió al chaparro, que por cierto, ¡le costó!, porque el animal no le dejaba acercarse a él. Y ya fue recogiendo la soga, poco a poco, y de esta forma me pude yo acercar al animal por detrás y soltarlo. Ya suelto el toro del chaparro, Baltasar se subió al caballo, le dio con las espuelas y el animal se lió a correr detrás del toro, desapareciendo como una bala, él y el toro. Yo ya no corría más, le dejé ‘de ir’; era un tío muy capaz con el caballo, no se podía con él.

Tu primo Paco y él me decían:

—Manolo, sube aquí, ponte en este lado… En fin, hacía todo lo que me mandaban. Ellos sabían que yo era muy capaz, yo en lo mío y Baltasar en lo suyo.

—Le pregunto por el caballo Mora, como hago con todos a los que entrevisto, pues cada uno una historieta la cuenta de diferente forma, y creo es de interés. Él me empieza a detallar: —A este hombre nada se le resistía. Una noche se fue, y se coló en la finca donde estaba el caballo, se le acercó muy despacio y el animal no se movió; le quitó la traba que tenía en las patas delanteras y que se la ponían para que de esta forma no se fueran muy lejos, se la quitó y se la amarró al pescuezo al caballo y cogió y se monto en él. Nosotros le decíamos:

—¡Chiquillo que ese caballo te va a matar! Y él ni caso, estuvo toda la noche bregando con el animal.

—¡Yo qué sé si le llegó a tirar al suelo alguna vez! Porque él nunca decía nada, era muy orgulloso y obstinado. Después de la paliza que le dio al animal y la que se dio él, aparecieron los dos: el animal cansado, entregado, y él venía ¡hechito polvo! Después de esto, hacía lo que quería con el caballo, era una muy buena bestia —me susurra Manolo con cara de satisfacción.


Pasa un vecino y le saluda: ¡Manolooooo! Él le devuelve el saludo: ¡Vaya usted con Dios amigo! Manolo me sigue relatando con ilusión:

—A Alberto Del Valle se le soltó una vaca y este hombre llamó a Baltasar para que se la cogiese. Baltasar cogió el caballo y se acercó a mi casa y me dijo:

—Mira Manolo, tú y yo vamos a ‘arrecoger’ la vaca, porque esta gente, me parece que no van a ir ninguno. Mira, está en esa finca, me indicó él, cerca de la finca de Miguel.

Ensillo yo mi caballo y nos acercamos al lugar en el que se encontraba la dichosa vaca. Y me dice Baltasar: Mira, ¡allí está la vaca! Y pillamos los dos y fuimos a por ella; la vaca estaba al lado de un chaparro y para que no subiese más el animal por la parte de arriba, cogió él por ahí —me señala— y rodeó al animal por la parte de arriba. ¡Y no se le ocurre otra cosa que ‘arrecoger’ un chino ‘menuillo’! Lo colocó en la honda y se la lanzó a la vaca, con tan mala suerte que le dio tal chinazo a la vaca, que ésta se desplomó:

—Baltasar que te has cargado la vaca, le dije. ¡Que la has ‘matao’!, le repetía.

Y se puso muy serio y me dijo:

—Va, va, ¡que va a estar muerta!

—Mira Baltasar, ¡que está muerta!, le repetía yo.

Nos acercamos a la vaca y nada más ‘de verla’, fue entonces cuando se dio cuenta él que la vaca estaba muerta de la ‘pedrá’ que le dio al animal. Y exclama él, un poco decepcionado:

—¡Ni que lo hubiese planeado deliberadamente pues, me la he cargado!

¡Se cargó al animal de un chinazo, chiquillo! Este hombre, no tenía temor de ‘na’ —repite Manolo—. Era un hombre muy capaz, era una persona muy completa y de un gran corazón —afirma—.

—Interviene la mujer que nos acompaña para decirme:— Una de las mujeres que lo vieron cuando lo detuvo la Guardia Civil, fue una sobrina mía, que ‘cuantico’ lo vio, vino corriendo a decirlo al Cobre. Además, te voy a decir que este hombre en esa época tenía mucha tela; era un hombre muy valiente y muy bragado —me repite la señora—; era un hombre que sobresalía de los demás. —Se refleja en su mirada que este hombre fue fascinante para ellos y lo dicen con orgullo.
 
Sifón de entrada de la fábrica de la luz
En el río de la Miel

Nos despedimos efusivamente, dejando detrás de mí a una pareja muy agradable, con arrugas en sus caras por el paso del tiempo, rostros envejecidos y curtidos por el clima de nuestra tierra pero con la mente y el espíritu de su juventud. Con ellos puedo comprobar con satisfacción y agrado que se sigue respirando el espíritu de Baltasar en la morada de gentes humildes y sencillas.

De una barriada sencilla. En la Vega de El Cobre y Los Arcos. De una ciudad con luz propia: Al-Yazirat al Jadra o Algeciras. Y de una Nación sin igual: Al-Andalus  o Andalucía.
 

Sigo recorriendo los caminos buscando aventuras y aportaciones que me transporten a un tiempo que ya pasó, para que no quede en el olvido, junto con sus gentes, junto a sus vivencias. 

Mis piernas saben dónde tienen que ir, están dirigidas por mis pensamientos y siguen por la carretera de El Cobre para adentrarse en la calle Curro Muelas y, tras su paso, dirigirme a una de las últimas casas; pasando antes por las de Miguel, Paco ‘el gordo’, Enrique, Lola, Nina, Paco, Paulina, Ana, Anita, Catalina, para seguir caminando hasta acercarme a una verja, que tiene la entrada de la casa de Eugenio Rojas. Este hombre vive al borde del río de la Miel. Su casa está cercana al puente de cemento que cruza dicho río. Paso obligado para pasar a El Tunar y otra opción para pasar a Chorrosquina. Camino que fue un día por el que se tenía que pasar para la recogida del agua al manantial de El Chorro.

Me acerco a la verja de su casa y con voz potente, más bien es un grito, le llamo por su nombre: ¡Eugenio!, ¡Eugenio!, le insisto. Tengo que repetir la llamada: ¡Eugenio!, ¡Eugenio! y en la consabida espera brotan como el trallazo de un látigo mis recuerdos. Y me veo en esa misma casa cuando éramos niños llevando la taleguilla del contrabando que nos daban nuestros mayores, y que yo dejaba en dicha casa (café, tabaco, azúcar, manteca, jabón...). Con la mirada, sigo repasando este lugar privilegiado donde vive Eugenio Rojas. Insisto otra vez y le vuelvo a llamar, pues hay distancia hasta la casa.

Por fin, sale una muchacha y me dice:
 —¿Que quiere usted?
Yo le digo, observándola: ¿Está Eugenio?
—Yo soy su hija, me contesta.
Me identifico y ella me dice:
—Yo vivo al lado de él, en otra hermosa casa.
Le  pregunto otra vez por él y ella le da una voz:
—¡Papá!, ¡aquí te buscan!, le llama.

Aparece Eugenio y le veo venir con esa tranquilidad que siempre le caracterizó, sin ‘bulla’ (como bien dice él), sin agobios ni prisas como en la gran ciudad. Lentamente se va acercando y observo su semblante, su cara sonriente refleja una franca alegría; me conoce, se lo noto. Abre la puerta y con su peculiar sonrisa me dice:

—¡Hombre Antoñillo!, ¿qué haces tú por aquí? Pasa, pasa.

Y sin darme tiempo a saludarle, me hace pasar a su finca; adentrándonos por una vereda con un hermoso paisaje, surcado a derecha e izquierda por todo tipo de árboles frutales y hermosas plantas, hasta llegar a su morada. Por fin llegamos a un patio y me invita a sentarme en una mesa que tiene debajo de una gran higuera para ofrecerme una cerveza, la cual compartimos con otro señor que está preparando una paella de fideos con marisco.

Empezamos a hablar y, mientras me habla de sus recuerdos, le interrumpo y le digo lo que pretendo hacer sobre la vida de Baltasar; cuáles son mis intenciones y que estoy poniendo todas mis ilusiones, en poder escribir la vida de Baltasar. Eugenio se pone a pensar, está desconcertado, no sabe qué decir; yo le dejo que ponga en orden sus ideas, sin atosigarle.

Mientras se decide a hablar, observo con la mirada todo lo que me rodea, sentado debajo de la higuera que nos proporciona una espléndida sombra que nos ayuda a apaciguar el calor sofocante que nos agobia, rodeados de granados, nogales, naranjos, platanales, membrillos … y más árboles que hay por el lugar. Eugenio vive en el centro de la naturaleza, por ello se puede respirar los perfumes que brotan de estas plantas, con satisfacción y la paz que me proporciona el lugar.

—¿Qué más se puede pedir para vivir?

Eugenio es un privilegiado y, a la vez, es un enamorado de la naturaleza.

Le observo y me da la impresión de que le he pillado por sorpresa, él no se esperaba mi propuesta; no sabe que decirme. No se lo esperaba y sigue pensando.

Yo le doy ánimo para que se decida y me cuente cosas y vivencias de Baltasar, tratando de romper el hielo. Le pregunto por el caballo Mora, que sé que le voy a sacar una sonrisa. Por fin, rompe su silencio, y me dice con la sonrisa que esperaba:

—Mira lo que te voy a decir: este caballo se lo compró al que lo tenía porque ese hombre no podía con el caballo.

Saca otra cerveza y la compartimos los tres y, de esta forma, Eugenio poco a poco se va animando a contarnos sus relatos. Instantáneamente, retornamos a los recuerdos y vivencias de la vida de Baltasar Acedo Trola.

Todavía le miro y observo sus recelos. Y comienza a decirme:

—Muchas veces empieza uno a recordar… pero ahora mismo yo... no sé..., era... es que... —titubea, no sale de su sorpresa: Yo lo único que te puedo decir es que ha sido muy bueno para todo el mundo. Has ido a pedirle un favor o lo que sea y él te lo hacía. Después, cuando..., no sé... —sigue titubeando—. Yo desde la edad de once años lo conocía, ya te digo. Si me pongo a contar cosas de cuando él era joven…

—¡Yo que sé!, repite Eugenio rebuscando y hurgando en su memoria...

De pronto, le brota una risa contagiosa. Está poniendo en orden sus recuerdos y preparando sus relatos de esos tiempos ya pasados pero que tiene tan presentes en su recuerdo.

—De Baltasar todo el mundo no piensa igual, las personas somos muy diferentes —me dice—. Me acuerdo que yo tenía unos cochinos en la casa y un día se me escaparon y cogieron el regajo abajo ‘jullendo’ y resulta que se metieron en la finca de Baltasar. Y yo no sabía siquiera dónde estaban los cochinos. Entonces, como siempre, me  fui a su casa a hablar con él, como tenía la costumbre de hacer todos los días. Y cuando yo llegué, a los cochinos ya los habían encerrado. ¡No los encerró él!, los encerró el hombre que tenía trabajando para él. Cuando yo llegué, me dice Baltasar:

—¡Abre la puerta y llévate los cochinos!

—¡No!, ¡no!, le contesté. Sólo he venido a saludarte y charlar contigo, ¡te espero aquí fuera! Pero él se metió para la casa enfadado y ya no salió de ella para conversar, como otras veces lo hacíamos. Me tuve que marchar sin más. Después, yo hablé con él y lo arreglamos. Esa fue la única vez que me enfadé con Baltasar.

—Yo le pregunto sobre cómo trataba Baltasar a sus hijos de jóvenes. El padre era muy duro con ellos —me responde Eugenio—. Fue un hombre del pasado. ¡Vamos!, de otra cultura diferente; el conocimiento que la calle le enseñaba, ¡como a todos los que nos tocó ‘de’ vivir en esa época! Era otra mentalidad, la que le enseñaron. Fue mucho lo que pasó de niño. Para mí, fue un hombre del pasado —insinúa—. A lo mejor llegaba uno de sus hijos un sábado más tarde de la cuenta y ¡bueno está!, me decía; pero entre semana, el que venía más tarde de las dos de la mañana, estaba apañado. Porque él no se acostaba, estaba detrás de la puerta y el que llegaba tarde, se encontraba la puerta cerrada. Llegaban y tocaban, y él les decía:

—¡La próxima vez que llegues tarde, no te abro la puerta! ¡Te vas a quedar fuera! Dentro de la casa, ¡no!

¡Cogieron un miedo los chavales! Y, de esta forma, los puso a todos en vereda, a trabajar.

—‘Quillo’ —me dice— ¡Que trabajan 12 y 14 horas diarias esa gente, todos los días! Por las noches descansa uno pero a las 5 de la mañana están cargando el pan en el todo terreno y así hasta que se termina, sobre las doce o la una. Menos los sábados, que terminan a mediodía. Ganan dinero, pero lo trabajan —me repite Eugenio—. ¡Se lo ganan pero todo sale de su trabajo, del trabajo de todos ellos!

—¿Y las casas que tienen sus hijos alrededor de él? ¡Da una alegría verlos a todos alrededor de él! Sólo la mayor hizo la casa a gusto del marido, los demás todos a gusto del ‘pae’.
 

—De joven, a Baltasar no le gustaba nada más que hacer diabluras y trastadas —me dice Eugenio con nostalgia pero a la vez con regocijo de poder hablar de él conmigo.

Yo le sigo animando a que me siga aportando las vivencias de su juventud, por la necesidad que todos tenemos de saber más sobre este generoso hombre, que era un personaje para nosotros, aunque sólo sea para sus hijos, nietos y todos aquellos que lo quisimos y que tanto aportó a nuestras vidas.
 

Le recuerdo a Eugenio que en la casa donde él vive, yo de joven solía llevar las taleguillas con el contrabando a mis primos, que vivían allí: Ana Medina y Antonio Cabrera. Eugenio se resiste a hablar. Yo le sigo insistiendo sin atosigarle. Creo que no podemos dejar que este personaje se nos vaya sin que el pueblo conozca su humana y fantástica vida y que la única forma que tenemos de que no desaparezca de nuestras vidas y de las que nos precedan es escribiendo en un libro con sus vivencias y sus historias contadas por todos aquellos que convivieron con él.

—Yo sólo soy un mero instrumento que con estas humildes manos y mi pluma pretendo poder contarlo, con vuestra aportación, le explico. Todo lo bueno y lo malo, de Baltasar que también tendría —le insinúo—. Y, a la vez, dar a conocer los rincones de este valle que fue de La Miel, como su río bien lo dice “Río de la Miel”; lugar donde nació y donde transcurrió toda la existencia de Baltasar. En este paraíso que, junto a la Garganta del Capitán, el otro río que baña esta comarca, y junto a sus molinos y sus cortijos, fue lugar de piratas y berberiscos en tiempos ya lejanos, y también de grandes contrabandistas, según me contaba Diego Morales.

Me despido finalmente de Eugenio Rojas hasta otro día, que volveré a intentar sacarle información más concreta y personal sobre Baltasar.
 

Recuerdo entonces a Diego Morales, que me aportó sus conocimientos sobre esta zona:

 —Mira lo que te voy a decir, el molino de San José antes fue una fábrica de papel… esto sería sobre el año 1814. Era para lo que se usaba lo primero de nada, para un tipo de papel que se hacía en el lugar y que era papel de estraza.

El agua era muy importante para poder reciclar el papel viejo, que es lo que se hacía en dicho molino —me explica Diego—. Este molino tenía unas pilas, que pesaban toneladas. Estas piedras, por su peso, las tuvieron que llevar con unas carretas. Las pilas estaban muy bien hechas y, por medio de una corriente de agua que pasaba por ellas, iban mojando el papel, luego ese papel reciclado se iba convirtiendo como decíamos nosotros en “gachas” y, cuando estaba disuelto, tenía unas ‘canicies’ que arrojaban esa agua con aquel sedimento. Luego, se colocaba en unas repisas de madera para después ponerlo a secar. ¡Y se pasaba así del papel reciclado al nuevo papel de estraza!

—Unos cuantos años después es cuando se empieza a moler harina en el molino —afirma Diego—. Y de esta forma ya se dejó para moler harina en el año de 1.833, pues resulta que este molino tenía la fecha puesta en la puerta. Posteriormente, cuando se hicieron cargo de él para su apertura, fue cuando vieron lo de la fecha del molino; cuando lo empezó a explotar  El Moreno.
 

—Y de esta forma Diego se queda en este entorno y con estos hermosos paisajes, con sus molinos y cortijos de la zona—. Y siguiendo el curso del río, nos encontramos con el molino que se llama el de Los Cachorros —y me recuerda Diego.

—¡Todo esto se encuentra en la Garganta del Capitán! Este molino está ubicado subiendo el río, a la mano derecha. Si seguimos subiendo el curso del río, a la mano izquierda está otro muy antiguo, el molino de Botafuego.

—¡Se comentaba por esa época que esa zona era de gente corsaria! ¡Vamos, que estas gentes corsarias, se instalaron en esa zona y se apoderaron de esas tierras para ellos! De esta forma fue como fundaron esos cortijos, para el descanso de estas gentes de la mar después de sus correrías y, ¡por supuesto!, para esconder sus botines en dichos lugares. Y estas gentes cogieron los mejores terrenos para sus fincas en la orilla del río.

—Precisamente, detrás del molino Botafuegos se encuentra El Galeón, que como puedes comprobar, —me dice Diego—, tiene puesto nombre de barco.

—Y el molino de Botafuegos, ¿sabes por qué se llama así? —me replica:

—El botafuego era una picota de hierro que llevaban los barcos de guerra, que era como una antorcha que se llevaba en los barcos para encender los cañones. Estas piezas de artillería se cargaban de munición y se rellenaban de pólvora. Y cuando los iban a disparar, en la chimenea del cañón, por la parte donde se cargaba y que se encontraba al mismo borde del hierro de la boca, en esta zona se echaba una pólvora más fina que la granulada, que era la que se volcaba por la boca del cañón, para que con su combustión expulsara la munición que se le metía.

—Cuando decían: ¡Fuego!, no te podías acercar al cañón —me asegura Diego—. Por la gran llamarada de fuego que de él salía. Y así disparaban los cañones.

—Cuándo se tenía que cargar otra vez el cañón, el botafuego se tenía preparado con su antorcha encendida, que era como una ‘palmatoria’ que se tenía clavada en el suelo, en la madera de la cubierta del barco.

—Diego me sigue aportando historias de su familia.

 —Mira lo que te digo: mi bisabuelo fue artillero, ¡y además, estuvo en la guerra de Cuba! Por ello, de contarlo en la casa, sé que él usaba el botafuego cuando disparaba los cañones que manejaba en el barco. Por lo tanto, no me cabe la menor duda —afirma.

—Te voy a decir que ese molino y esas tierras fueron de un corsario y por eso le pusieron ese nombre al molino, el “Botafuegos”. Y repite que un poco más arriba había un cortijo que se llamaba ‘el Galeón’ que, como puedes comprobar, también lleva nombre de barco.

Por lo tanto, los molinos de la Garganta del Gran Capitán son: Los Cachones, Botafuegos y el molino del papel, el San José. Este último molino también era una capellanía, que tenía también una ermita, ya caída que era, de la Virgen de la Merced; por eso se llama San José o de las Mercedes; ¡la hornacina que tenía el molino! Más arriba está el molino de Las Cuevas, él último del río arriba —explica Diego, que estaba presumiblemente encantado de poder remover en sus recuerdos, y más de poder contárselos a alguien de confianza.

  

—Ahora me cuenta lo que le decía su abuelo:— Mi abuelo me decía que al último molino que había allí le llamaban ‘el Lagartijo’. Pero, como pasa con estas cosas antiguas que son nuestra cultura, no se han respetado ni se respetan y han metido las máquinas para traer el agua y lo han hecho polvo todo, y lo malo de todo esto es que hacen las obras y luego se van, sin tan siquiera dejarlo como estaba. ¡Con lo hermosa que es toda esa zona!

—Los molinos están abandonados y cubiertos de zarzas. ¡Vamos, lo que queda de ellos! Me acuerdo que tenían unos anillos preciosos por donde se introducía el agua.
 

—Yo diría que está renaciendo en sus sueños del pasado, junto a esos hermosos lugares que están instalados en lo más profundo de su corazón y que no se cansa de relatar, y sigue caminando con su mente por esta hermosa tierra de sus fantasías, lugares que se encuentran ubicados en el término y los aledaños de Algeciras y su comarca. Y, sin más, nos situamos en otro lugar para decirme:

—Tú habrás oído nombrar... mira, tú te sitúas en El Cobre y te colocas mirando para la parte de Pelayo, y por allí está situada la fuente de La Negra. Esta fuente llevaba el agua al huerto de ‘Faría’, que cuentan que hubo una época que era de un corsario portugués.

Los corsarios tenían una asociación aquí en Algeciras, ¡y que no eran cualquier cosa!, ¿sabes? —recuerda—. Estos hombres vivían en carpas y la carpa que le decían el Rey, ésta era sagrada para ellos. El jefe de estos corsarios se trajo a vivir con él a una mujer de raza negra y, según cuentan, la tuvo muchos años viviendo con él, ¡ahí!, en esa finca. Y cuentan que este hombre siempre que salía se la llevaba con él, nunca se quedaba sola la muchacha en la finca. Esta mujer cogía el agua de esa fuente, cuya ubicación estaba  fuera del huerto de Faría, por eso se quedó con el nombre de la fuente La Negra. Esta finca tenía 49 fanegas de tierra y  ya está dentro de lo que es la finca de la marquesa, que poco a poco la fueron comprando, como también compraron el molino de El Cobre. Ya después hicieron un carril, que pasaba por la parte de debajo de Los Arcos, ¡no por donde está ahora!, se hizo otro enfrente a éste.

Los dueños venían de Gibraltar con los coches a la finca y lo que quedó de ella se lo alquilaron a la gente del telégrafo de Gibraltar, que venían un fin de semana los solteros y otro fin de semana los casados.

Esta casa tenía en la parte de atrás una puertecita que daba al río de La Miel y, allí había una choza que era donde se encontraban los sifones antiguos del molino, que había que ponerles la bombona del gas. —Sifones que éste que escribe tuvo la suerte de poder contemplar con sus ojos, cuando mi primo Juan Medina estaba de guarda al cargo de dicha finca.

Pasa el tiempo como un suspiro. Nuestra tertulia ha sigo larga y amena. No quiero cansarle más aunque, por la expresión de su rostro, intuyo que a este hombre se le ha parado el reloj. Su mente está en una nube que mantiene vivos sus recuerdos, como un defensor a ultranza de la naturaleza y de su tierra. ¡No se cansaría de seguir con los relatos de estos contornos que tiene esta tierra maravillosa de su Algeciras y del Campo de Gibraltar! Este hombre es para mí una gema preciosa, un diamante pulido, y le agradezco que me aporte las maravillas de su tierra.

Entre frases cortadas, que parecen un susurro, como el que no dice nada pero al final lo dice, comenta con nostalgia, poniendo toda la pasión en su relato:

De la Algeciras del siglo XVIII he tenido la suerte de haber visto yo aquí el patio ‘Cristovio’, el patio de Las Cabras, el patio de ‘La Fini’, el patio ‘Pichirichi’, el patio de Los Caballos… ¡Precisamente este patio era donde venían a juntarse los contrabandistas!, que estaba ubicado entre el Cuartel de Infantería y la calle que está enfrente…  y todo esto ya se ha perdido, como la playa del Chorruelo —me dice con resignación.

Ya le veo cansado e intento dejarlo para continuar otro día, si es preciso. Pero él no para, le brillan los ojos y la expresión de su cara está iluminada por sus recuerdos… Y me sigue contando.
 

Río de la Miel a su paso por el canuto hondo

 —Mira, te voy a decir que el huerto de Serafín tiene una historia muy bonita, porque resulta que también fue de gente corsaria. ¿Y sabes tú por qué se le llamaba Serafín? Porque el último propietario de dicha finca fue don Francisco Serafín, un capitán de la Guardia Civil. —Mira lo que te digo, ¡creo que su nieta ha muerto en San Roque! —asevera—.  Este huerto es muy interesante —continúa relatándome Diego—, tenía en la chimenea, en la parte superior, una mano que tiene cogida entre sus dedos un ramo de rosas.
 

Nuestro amigo Diego, sin darse cuenta, se pasea de un lugar a otro, como si de un sueño se tratase y continúa con su aportación:

Mira, también estaba el huerto del Pantano de los Jazmines que está en lo alto del cerro. Esta finca tiene unas escrituras muy bonitas (las escrituras de dicho huerto), porque en ellas viene reflejada la servidumbre que tenían por aquella época, que le decían El Caserío por aquel tiempo. Y resulta que ponía que tenía la servidumbre el derecho al ‘lebrillo’, a horno y a la era.

La trilla había que hacerla en la era que estaba junto a la casa. Esta finca se componía de varias partes y, la que estaba situada más a la parte de abajo tenía el derecho a subir a la casa de arriba y usar el lebrillo de amasar y el horno. También tenían puesto en los papeles el nombre de cada vaca. ¡Eran unas escrituras muy curiosas! —me repite—. Su último propietario fue ‘Carajín’, este nombre no era por él, era por su mujer, que fue la que heredó dicha propiedad.


Y ya sin más preámbulos nos despedimos con un efusivo abrazo, llevándome conmigo la grata compañía y la franca sonrisa de don Diego Morales.

Por otra parte, mi madre, Luisa Medina Villatoros, me cuenta que en el huerto los Jazmines vivió su madre, Ana Villatoros Covos con sus padres cuando y que también recuerda que la madre de ‘Dieguito’ se llamaba doña Tomasa, más conocida por Tomasa la comadrona y practicante de El Cobre.


Vuelvo una vez más a la casa de nuestro amigo Eugenio Rojas para seguir con sus aportaciones sobre Baltasar y estos lugares. Comentamos la diferencia de la gran ciudad con estos lugares y parajes. Yo le digo que cambiaba todo esto por todas las riquezas de la gran urbe en la que vivo. Eugenio, con una franca sonrisa, me susurra, poco a poco:

—Es que..., yo de la vida de él...

Observo su timidez, o quizás su reparo de contarme cosas de sus amigos y compañeros de aquella época que fue tan dura para ellos. Pero se está animando. Le entra una corriente de aire fresco y en las facciones de su cara se ve la ilusión, y comienza diciéndome:

—¿Qué quieres que te cuente?

Yo le insisto y le trato de animar y mencionándole ahora al padre de Baltasar. Su rostro cambia de expresión.

—Cuando se enteró Baltasar de que su padre estaba muriéndose, agarró, fue y lo recogió. Estaba en la estación de San Roque... —Sigue dudando, se le amontonan los recuerdos.

—Mira lo que te digo: Baltasar se crió con su tío Juan Medina, más conocido por su apodo, que era ‘Juanito Forraje’, y a Manolo, su hermano, se lo llevó su tía María Trola, hermana de tu tía Catalina. Pero su hermano tuvo muy mala suerte, se murió haciendo el servicio militar en Ceuta… ¡y el que también murió haciendo el servicio militar fue tu primo Manolo, el hijo de tu tío Juan!

Yo le sigo insistiendo, sin atosigarle, en que la única forma que tenemos de saber de la persona de Baltasar es escuchando lo que personas como él puedan contar, por ser sus personas más allegadas y las que convivieron con él. Me doy cuenta de que posiblemente tenga reparos en contar cosas ya pasadas, que para ellos puedan resultar de una gran intimidad. Yo le sigo insistiendo en que no se trata de hacer ningún juicio a nada ni a nadie, y menos a la figura de Baltasar; en que para mí son muy importantes sus recuerdos, como lo puedan ser para él, y en que de esta forma podamos tener sus memorias y no sea olvidado. Y que, siempre que queramos,  podamos recordarlo por medio de esa forma magistral que es el libro y su lectura, la única forma que tenemos de poder mantener viva su figura y sus recuerdos, para que no queden en el olvido.

—Hoy, ni nosotros ni nadie, podrá  juzgar a aquellos que nos precedieron... Era una forma de nacer, una forma de vivir y una forma de morir. Otra cultura muy diferente de la que tenemos hoy. —Su voz titubea y me sigue diciendo:— Yo... no sé..., yo... no sé... Hombre, Baltasar ha sido siempre... ha sido un hombre que... que... Él siempre ha tratado que ‘de una peseta hacerla un duro’.

—¿Que si de la peseta, podía hacer un duro? ¡Sí ha podido!, él lo hacía. Yo sé que siempre que ha visto un necesitado, enseguida él decía: Si quieres, yo te echo un ‘cablecillo’. Se lo decía a todo el que veía en apuros.

—Yo sé de uno a quien le prestó treinta mil duros y de otro que le prestó veinte mil  ¡y no se lo han pagado!... Pero él me decía: Va, va, va...

—Él siempre se destacaba de todos nosotros, era diferente a los que nos juntábamos con él. Tenía algo especial que yo no te lo puedo explicar, Antonio. Era algo que te contagiaba. Vamos, que te endulzaba la vida... Con lo puñetera que fue nuestra juventud y el hambre que pasamos...
 

—Recuerdo una vez… Mira, él tenía un perro, era de raza, un pastor alemán, que junto al caballo, formaban un buen trío. Siempre iban por ahí los tres, muy acostumbrados: el caballo y el perro juntos, con él. Una vez, en Mata Puercos, a un vaquero le vimos que estaba bregando con una novilla y trataba el muchacho de llevársela. Y Baltasar se acercó y le dijo al muchacho:

—¡Muchacho!, tú, de la forma que tratas al animal, no consigues llevarte a la novilla.

—¡Si no hay quien la eche fuera de aquí! —exclamaba el muchacho. Y entonces, Baltasar le ofreció su ayuda. El muchacho asintió y se mostró de acuerdo. Y, sin más, Baltasar le dijo:

—Déjame a mí, ¡vamos a ver si la podemos apartar un poquillo de ahí, de donde la tienes acorralada!

La apartó un poco, le echó el perro y el animal aventó detrás de la novilla, y él montado en el caballo. Y cuando llegó a la altura de la novilla, saltó del caballo y se tiró en lo alto del animal, coguiéndola por la cabeza. Se agarró al cuello y la tumbó allí mismo en el suelo, y el perro siempre a su lado. La amarró con una soga por la cabeza, sujetándola a la montura del caballo. —¡Así, del pescuezo!, me indica Eugenio—. Él iba detrás de la novilla, con otra soga que le echó al animal, y el caballo tirando de la vaca.

—Yo le interrumpo y le pregunto:

—¿Pero el caballo iba solo?, ¿no iba él montado en el animal?

—El caballo iba solo, ya sabía lo que tenia que hacer —me responde Eugenio—. Este animal no improvisaba, Baltasar lo tenía bien enseñado, lo había domado él. En este caso nos mostraba sus conocimientos y por ello iba solo. Él iba detrás con otra soga, como te he dicho, para aguantar los tironazos de la vaca y el perro, marcándole el camino, y así sacaron y se llevaron la vaca. Era un maestro con los animales. No se le resistían, podía con todos. Este hombre sabía cómo manejarlos sin actuar con brusquedad.


Antonio Molina Medina


CONTINUARÁ

UN HOMBRE DEL COBRE 2ª EDICIÓN-REFORMADA

Como cuando me pasó lo de las vacas —me sigue contando este amigo de Baltasar—. Hace tres años o cuatro tenía yo unas vacas en el monte y no las tenía en regla. ¡Vamos!, que tenía problemas con los impuestos y por ello no podía cobrar las ayudas que daban por cada vaca en la Junta de Andalucía. Llegó Baltasar a la casa un día y yo le conté mi problema. Y él me dijo:

—¡No!, ¡no!, no hay problema, yo te arreglaré los papeles que se necesitan para que las tengas legales.

Me acompañó al banco, esperamos a que nos atendieran y cuando le llamó el director, me dijo que le acompañara y entramos los dos. Y le dijo él al director:

—Mire usted este muchacho, tiene problemas para arreglar los papeles sobre unas vacas que tiene en los montes. Y por ello, no cobra nada de la subvención que da la Junta de Andalucía por cada vaca que tienes.

Después de esta explicación que le dio Baltasar, el hombre se lió a preparar los papeles: pin, pin, pin, pin… Ya después de hacer muchos papeles yo me encontraba ansioso por saber algo, y a la vez resignado, ¡pues poco podía hacer yo!, sólo esperar. Y en éstas que me llama y me pregunta:

—Tú tienes menos de 15 vacas, ¿no? —Y yo le dije, que sí. ¡Pues entonces, tú vas a cobrar las ayudas de las vacas! Y se lió… pin, pin, pin…, firma aquí, firma aquí… ¡Ya lo tienes arreglado!, me dice, ¡este año lo cobras! Y yo le dí las gracias al muchacho del banco por todo esto. Me mira y me dice el del banco:

—Las gracias se las das a ese señor que esta ahí sentado que, gracias a él, se te están arreglando los papeles.

—Le da una calada al cigarro y tomando un buche de cerveza, —Miguel me dice con nostalgia:

—¡Todos estos problemas, te los arreglaba este hombre! Pero luego para pagar… ¡‘ozu’ quiquillo! Torciendo el morro, observo que su cara se transforma, y esboza una agradable sonrisa—. Pero para lo que fuera, iba Baltasar y te buscaba la solución como fuera; y lo hacía él personalmente, te ayudaba a salir de ese ‘boquete’ que estabas ‘metío’.





Perseguido por la Guardia Civil



En mi amena charla con Miguel, él saca el tema del acoso y los percances que Baltasar tuvo con los agentes ‘del orden’—

¡Cuántas veces los guardias civiles lo tirotearon, chiquillo! Y muchas veces estuvieron a punto de matarlo... Si no lo mataron fue de milagro. —Y, sin más, me empieza a contar la odisea de su apresamiento por la Guardia Civil:

Ya hacía tiempo que estaban detrás de él. Había una orden de busca y captura contra él pero no lo podían coger, era muy escurridizo. Pero, claro, en un descuido que tuvo… bueno, esto pasó después de que hubiera un chivatazo, que fue por lo que lo cogieron. Él me lo contó a mí cuando salió de la cárcel. Baltasar me dijo:

—Cuando yo me di cuenta de lo que pasaba, ya no tenía escapatoria posible. ¡Si intento escapar, me hubiesen matado! Miré para los lados. Uno estaba delante de mí, por aquí debe estar el otro… miro y miro hasta que lo veo y le digo:

 —¡Yo sabía que tenías que ser tú!

—¡Y yo sabía que te tenía que coger a ti!, le contestó el guardia.

Le cogieron, le amarraron allí mismo y el civil que tenía tantas ganas de cogerlo, todo orgulloso, le dijo:

—¡Venga, móntate en el caballo!

Y le dice Baltasar:

—No, no, andando, ¡tú eres capaz de matarme por la espalda  y luego tirarme por un barranco! No me fío de ti, pues tú eres una mala pieza.

Ya esposado y caminando detrás del caballo, se lo llevaron al pueblo. Pero, en vez de ir por El Cobre, se fueron por detrás, ¡por ahí por el molino! —mi interlocutor me señala con la mano en la dirección del molino Escalona—: dando la vuelta por detrás, que si llegan a pasar por El Cobre se hubieran liado la gorda. ¡Ya la gente estaba preparada contra la Guardia Civil! (según me relatan personas del entorno—me indica—). Dos mujeres del pueblo lo vieron como lo cogían y, cuando se quisieron dar cuenta, ya se lo llevaban; y por ello se enteraron en El Cobre, ¡que para entonces ya Baltasar estaba en la cárcel de Algeciras!

—¿Sabes quién lo cogió? —le pregunto.

Mira, ‘lo trincaron’ en Las Cabezuelas y el que lo trincó lo apuntaba con una metralleta; era un tal ‘Canario’, que se apodaba así. Este hombre ya murió, —me dice que le dijo Baltasar y me recuerda que todo esto se lo contaba él en sus ratos de charla—. Baltasar me reveló cómo fue:

—Yo estaba descuidado, con las manos puestas en la montura de mi caballo, cuando, de pronto, me salió uno por delante. Como tenía las manos encima de la montura y con las riendas cogidas, pensé en soltarlas y de esta forma poder saltar en un zarzal que había por allí abajo, hacia el río, e intentar escapar río abajo. Pero ¡no!, pensé para mí, porque el otro tenía que estar cerca, estos nunca van solos. El otro tiene que estar por ahí, (me repetía), pues yo sólo veía a un Guardia Civil.

Y miro, le veo y pensé: ¡si salto, el otro me va a matar! Y ya me resigné y me entregué… no antes de decirle: ¡Yo sabía que tú me ibas a coger!

Y ya me bajaron andando para Algeciras. El otro guardia, ‘el Canario’, era un tío muy grande. ¡Fue el que estaba en lo alto del tajo sin dejar de apuntarme con su arma hasta que llegamos al pueblo!

Le cogieron, según me contaba él, en el Canuto Hondo, por debajo de Las Cabezuelas. Después de que llegaron al cuartelillo y entregaron el preciado trofeo, que para ellos era la captura de Baltasar, a esta pareja sus superiores les llamaron para mandarles a realizar otro nuevo servicio.

—¡Venga, que tenéis que ir a Las Colzas!, —les dijeron.

—Bueno, pero nos darán unos caballos frescos, ¿no?, que estos están cansados.

—¡No!, ¡no!, tenéis que ir andando, les dijo su superior.

¡Se creían ellos que habían hecho un gran servicio! —me indica irónico Miguel—. Estos hombres cogieron la vereda para arriba, pun, pun, pun..., porque aquella misma noche, tenían que estar en Las Colzas haciendo el servicio. ¡Les dieron en el pescuezo a los dos! —le sale espontánea esta afirmación, excitado y con mucha rabia contenida—.





El pudor de hablar del pasado



—Lo deja ahí y comienza con otro relato. Entre cigarros y tragos de cerveza, este hombre, ya maduro, me dice todavía con mucho recelo lo que supone para ellos el poder contar estos relatos. Pero así podemos enterarnos de sus peripecias en esos tiempos pasados y peligrosos en los que muchos quedaron en los caminos, siendo ya historia para las gentes venideras. Y también así recogiendo sus palabrotas, forman parte de su historia sus auténticas leyendas, ya pasadas.

—¡Mira chiquillo, esto no lo debías ‘de poner’! —me insinúa de vez en cuando mi contertulio.

—Y yo le digo que estas cosas son ya irrelevantes, son muchos años; historias que pasaron y que pertenecen a otra época. Ya no tienen importancia.



Sería sobre los años cincuenta, por esas fechas —me sigue contando Miguel, mirándome de soslayo—. Estaba su mujer Antonia allí en la casa y le dice:

—Mira Baltasar, que… —de repente, para y me susurra:

Esto que te voy a contar... igual no lo tendrías que poner… que son cosas que acaecieron ya y creo yo que no está bien que se sepan… pero son ya muchos años. Los años han pasado para nosotros y sólo nos quedan los recuerdos.

—Para estos hombres que los vivieron, les es difícil olvidar. No se desprenden de su pasado tan fácilmente pero, a pesar de todo, respeto a las personas que tienen sus recelos y sus miedos de contar ciertas cosas, que en años pasados les comprometieron. Y veo que son muchos los que tienen reparo en contármelas, por razones obvias y que yo comprendo. Quizás por miedo pienso, han pasado muchos años pero quedan las heridas que, muchas veces, tanto tardan en cicatrizar. Sólo le prometo, y así lo hago y deseo que ustedes lo comprendan, que su nombre quedará en el anonimato.



—Finalmente, termina su relato, con un poco de suspicacia—. Estaba yo un día en casa de Baltasar y también estaba, como siempre, su mujer; nos tomamos una cerveza. Y en éstas, que le dice Antonia a su marido:

—Mira Baltasar, que te tengo que decir un comentario, que me lo han venido a decir. Acaba de estar aquí el teniente de la Guardia Civil, fulano de tal, y ha venido a decirme que tengas mucho ‘cuidao’, que hay una orden de busca y captura contra ti ¡y que andan a ver si te pueden coger!

Y le dijo Baltasar: —Mira Antonia, estas cosas no las puedes contar nada más que a mí, mira que son conversaciones muy delicadas que no puede ni debe enterarse nadie de esto. Bueno, ya las has contado y delante de este hombre, ¡menos mal que con él hay confianza! Pero ¡delante de nadie..., delante de nadie se dicen estas cosas! —me repite exclamando—. ¡De lo que te ha contado a ti ese teniente, no lo cuentes a nadie! —me cuenta que le insistía, Baltasar a Antonia ligeramente alterado. Y me dice que le repetía:— A éste, porque es amigo y compañero, ¡pero ya lo has contado!, menos mal que era éste si no, la hubieses hecho buena...

Eso se lo dijo Baltasar a Antonia delante de mí. El teniente estaba pendiente y le mandaba las razones allí —me afirma con ese lenguaje del campo que tanto aprecio.

¡Mira, que tengo mucha prisa! —De repente, me dice que ya charlará conmigo en otro momento. Nos despedimos, vacila y, mirándome a los ojos, me repite que por favor no pongas su nombre. “De acuerdo”, le digo, con todo el respeto que me merecen estos hombres que para sacar un trozo de pan para sus hijos, llegaban a jugarse la vida a diario, y, cuando no, trabajando de sol a sol. No puedo por menos que respetar su anonimato.




Yo continúo mi camino, para poder dar testimonio por medio de estas grabaciones que saco de sus gratificantes aportaciones y poder construir estos pequeños o grandes relatos.

Sigo pensando, ¡han pasado ya tantos años!, pero debemos contar todo lo que sepamos y podamos de la vida de este gran hombre, Baltasar Acedo Trola. Y reflejar tanto a él como a tantos hombres que sólo hicieron lo posible, con los medios que tenían, por intentar dar de comer a los suyos en los años en los que había por todos los rincones de nuestra España tanta hambruna, miseria y todo tipo de calamidades. Sobre todo en esa Andalucía, tan desgarrada por la maldita Guerra ‘Incivil’.

Estos hombres sólo cogían para subsistir lo que el Estado les negaba, puesto que el trabajo les estaba negado y, si lo tenían, mal pagado, no les llegaba ni para comer...

  

Llega un día Pepe Medina Trola a su casa, es una hora a destiempo.

—¿Qué pasa?, le pregunta Juan, su padre. Él le contesta con una afirmación y, a la vez, con tristeza:

—¡Que me han echado del trabajo!

Su trabajo lo realizaba en una de las fábricas de corcho que existían en el término de Algeciras. Pepe le relata a su padre:

—Resulta que ha llegado uno por allí buscando trabajar y dicen que le dijo al capataz:

—Mire usted, que yo quiero trabajo.

—¿Cuánto quieres cobrar?, le dijo el capataz.

—¿A como paga usted?

—A tanto la hora, —le contestó—, y este hombre le dijo:

—Yo, si usted me coge, le trabajo por menos dinero la hora. Entonces, el capataz le dijo:

—Si es así, ya buscaré yo un hueco para ti.

Acto seguido, el capataz me llamó y me dijo:

—¡Pepe!, ¡te puedes marchar! ¡Ya no te necesitamos!, con la consabida sorpresa para mí...

Ésas eran las explicaciones que daban en esos tiempos a los trabajadores cuando ya no los necesitaban. Imponían e impartían su ley a su capricho y antojo y, de esta forma, pocas opciones dejaban para llevar algo de dinero a la casa y poder sobrevivir.

Son los años de la posguerra, tan difíciles para nosotros y nuestras familias... Época difícil en la que poder subsistir.

  

Seguimos charlando y sigo escuchando ese acento tan característico de la baja y antigua Andalucía, su tierra, su lengua, la que siempre se habló… en este hermoso rincón. Y me sigue contando Mkiguel:

Aquí había un guardia civil que tenía una hija que estaba muy malita y no podían hacer nada por ella. Se la llevaron a Sevilla o por ahí..., lejos, y la niña que no se curaba. Esta criatura estaba empezando a ser mujer y, además, tenía unos males… vamos, unos males que se les moría. La llevaron a Sevilla —me repite.

—Yo le interrumpo para preguntarle: ¿A Sevilla?, ¡no! Es difícil seguirle con su acento tan peculiar.

Bueno, este hombre vino a charlar con Baltasar, estuvo hablando con él de sus cosas y le contó lo que le pasaba a él con la niña:

—Mira Baltasar, que mi niña se me muere y los médicos no saben lo que le pasa… La hemos llevado a los médicos y me han dicho: Mire usted, lo único que le puedo aconsejar es que le dé leche; pero que sea buena, de vaca recién parida, porque la niña tiene también mucha debilidad.

—Y Baltasar le dijo a este guardia civil:

—Mira, te voy a decir lo que vas a hacer tú. Todas las tardes vienes por la casa que yo hablaré con Francisco Cabrera para que te ordeñe un par de litros de leche de vaca recién ordeñada para tu hija.

—¡Pero tiene que ser vaca recién paría!, le decía el guardia.

Y ya Francisco lo sabía. Cada vez que venía, le quitaba el becerro a la vaca y, por el otro lado, le ponía el cubo; de esa forma, le quitaba la leche al becerro y ordeñaba al animal. Así, como Baltasar le dijo, el guardia se llevaba todos las tardes un par de litros de leche, lo que le había mandado el médico para su hija.


 

Resulta que ‘no sé por donde’, que la niña va mejorando, va mejorando —me repite xxx—, y la niña se puso buena,  ‘chiquillo’.



—Ahora llega Baltasar. A mi contertulio le resuena el interior del su estómago y le brota de golpe un potente eructo, ¡se ve que le ha sentado bien la cerveza! me digo para mí.

Oye chiquillo. Todo esto que te he contado, resulta que llega a los oídos del teniente coronel de la Guardia Civil, de la comandancia, de la que dependía este guardia civil. Este hombre estaba en contacto con Baltasar, ¡pero sólo era por el tema de su hija!; pero, por ello, un día lo llamaron a la oficina de su jefe. Y nos dijo que le dijo su superior:

—Mira, ¡que me han dicho que tú tienes contactos con un contrabandista de tabaco!

El muchacho ya se lo esperaba, porque también entre ellos ‘se chibateaban’, y le contestó sin pestañear: ¡Sí que los tengo! Y le dijo más al teniente coronel:

—Yo, aunque pierda la ropa, a ese hombre no dejaré de hablarle. ¡Eso nunca! y, mucho menos, el tener que perder su amistad… Mire usted, sólo le voy a decir que mi hija, como haya sido, él me la ha curado, no sé cómo pero está viva gracias a él. Los médicos me dijeron que tenía que tomar mucha leche de vaca y además tenía que ser recién ‘paría’ porque ésa leche era muy buena para mi niña. ¡Vamos, la mejor medicina! Yo no tenía dinero para costearme la leche y gracias a ese hombre la pude tener gratis. Y la niña se ha puesto buena.

Y el guardia civil continuaba, sin dejar hablar a su jefe:

—Ese hombre, ‘pa mí’ es un gran amigo, porque me ha estado ayudando una pila de veces. Usted no sabe las preocupaciones que ha tenido este hombre; lo que fuese bueno para mi niña, lo ha puesto al servicio ‘de y para’ ella. Por lo tanto, yo por él, ¡pierdo la ropa, si es preciso! Pero no me pida que pierda la amistad que tengo con él...



Eso lo dijo este hombre, ¡y nada menos que al teniente coronel de la Guardia Civil! Porque tenía esa amistad…, —me repite—, porque era una persona agradecida...

¡No sé si vivirá todavía! Yo lo conocía de cuando venía por la leche todos los días, ¡que cuando llegaba por la tarde ya le tenía Cabrera la leche preparada para que no perdiese tiempo y se la llevase para su niña!

  

—Continúo la amena charla con mi ‘anónimo confidente.

Sería del año 1.940 al 41. El Esteponero puso la harina, otro un poquillo de tocino, otro la sartén, —me cuenta de repente—; ¡la harina robada de nuestras casas! Y nos fuimos al Barranco Hierro, preparamos una candela y allí cocinamos las gachas. Empezamos a comérnoslas. Baltasar metió la cuchara y, al metérsela en la boca, como las gachas estaban recién hechas, se quemó. (Baltasar no podía comer las ‘comías’ muy calientes, se quemaba). Y, cuando menos lo esperábamos, trincó la sartén y empezó a correr por medio del ‘Jaro’, ‘pa’ arriba…, por el ‘Jaro’ arriba. Se escondió y nos dejó desconcertados a todos. Él se lió a comer, y una vez que ya se ‘jartó’, entonces vino para abajo, nos llamó y nos dijo:

—¡Yo ya he ‘comío’ lo mío! Si llego a esperar que coman ustedes…, me quedo sin comer. ¡Me quemaba coño!, dijo Baltasar.

Esto que te estoy contando lo hizo Baltasar en los años de los que más hambre había.

—Este hombre me lo cuenta como si de una solemne ceremonia se hubiese tratado; terminando su relato con nostalgia, embargado por los recuerdos. De improviso, me susurra—: Chiquillo, que te tengo que dejar, ya habrá más ocasiones de que hablemos, tengo que dar de comer al ganado.

—Lentamente se pierde por el huerto, con un brazado de forraje al hombro, camino del corral, donde descansan los animales.



“Tengo un monte por palacio,

por placeres las botellas

por amigos las estrellas

por riqueza,

Gibraltar”
 
Revista Almoraima, Algeciras





Los recuerdos de Pepe ‘el guarda’



Mediados de agosto de 1.999. Hago una visita a un familiar, su estado no es bueno, le encuentro triste y desolado, no muy bien de moral, la pérdida de una esposa tiene que ser muy duro de sobrellevar. Su compañera del alma se le fue. Mis pensamientos me dicen que este hombre se ha quedado vacío y solo con su angustia. Un hueco irremplazable que para él nunca se podrá llenar.

Dicen que el tiempo todo lo cura… ¡que se lo digan a él! ¡Mari Luz se nos fue!, —digo para mí—, y sin llegar a darnos cuenta, ella voló hacia la eternidad para encontrarse con los suyos en el lugar al que todos tenemos que llegar. Una terrible enfermedad nos la quitó y, como me dicen, sin estar enferma nunca. Todos la recordaremos como algo muy querido y especial. Para José, su marido y compañero, ésta perdida no tiene posible reparación. ¡El mundo se le ha venido encima!

—Ya nada será igual…, me dice con voz apagada, ojos hundidos y mirada llena de tristeza y melancolía.

Tras charlar le comento lo que pretendo hacer sobre la vida de Baltasar y le pregunto por Manolo Rojas, que debe vivir cerca de su casa. Me indica su morada, pero también me comenta que un poco antes de su puerta vive también otra persona que me podrá contar cosas de Baltasar que me podrán interesar: Pepe ‘el guarda’

  

Después de despedirme de José y desearle ánimos para seguir viviendo (¡como si fuera tan fácil para él!), me acerco a casa de Pepe. Le veo espigado y firme en la puerta de su casa. Su figura no ha cambiado: pelo blanco y bigotillo fino, también blanco ya por el transcurrir del tiempo. Al acercarme a su puerta él me saluda y yo le respondo con mi saludo. Me mira reticente y, con sorpresa, me dice:

—¿Yo a usted no lo conozco?

Es natural, digo yo para mí, son muchos años sin vernos. Le noto desconfiado y desconcertado, como es natural en estos casos. Soy un extraño para él. Todo esto ocurre en la puerta de su casa.

Ya me identifico por el apellido de mi madre, Medina, y percibo que duda. Son muchos años sin vernos, me repito, y se me ocurre dar mi apellido paterno:

—Usted conoció a Molina, mi padre. Su cara se trasforma en una sonrisa franca y agradable.

—El ‘granaíno’, me recuerda, y se le nota en la cara la alegría al pronunciar dicho nombre. Con una amplia sonrisa, me dice: Molina el ‘granaíno’. Y, sin más, me invita a pasar al patio de su casa y a tomar asiento con él.

—Hombre, ahora ya me acuerdo de ti, —me dice—. ¡Son ya muchos años que no te veía y se cambia tanto! Entonces eras un niño cuando corrías por estos campos… Mira Antonio, háblame alto porque estoy un poco sordo y ya soy viejo… —me dice.

—¿Cómo tu por aquí? —me pregunta.

Le relato los proyectos que tengo sobre la vida de Baltasar y le pido que si me puede aportar algo de su vida, a lo cual él me responde: Yo era..., mira yo... Este hombre titubea y, con su timidez, me dice: Yo poco te puedo contar de él... Poco a poco, se anima, rompe su timidez y se decide a hablar. Sin más, empezamos a charlar sobre el Baltasar de nuestros años de niños. Yo le observo. Mientras me habla de Baltasar, las facciones de su cara se templan, como si anhelara estar en su presencia; me doy cuenta que le es grato que hablemos de él.

Hablando con estos hombres, me doy cuenta de que son para mí como una biblioteca viviente, por sus conocimientos de la vida, y de que te llegan a sorprender gratamente. Pepe; el guarda, comienza su relato hablándome del ‘granaíno’:

—Yo coloqué a tu padre en las corchas que había en lo de la marquesa. Le coloque a él y a Miguel.

—¡‘Joe’! —me dice—, ¡yo tengo ya ochenta años! —y me empieza a describir los recuerdos sobre aquéllos años dorados para él.



—A Miguel, que está casado con la del Esteponero, ¡con Juana!, a él y a tu padre los coloqué yo conmigo. Ellos estaban para traer el pan, el ‘costo’ y esas cosas que se necesitaban para el día a día… ¡vamos, todo lo que se necesitase! —sonríe y me dice:— Al ‘granaino’, como le llamábamos nosotros, y a Miguel siempre los tuve yo colocados —me repite.

Ya con la confianza que te da este hombre tan sencillo, que es toda franqueza y generosidad, le recalco cuáles son mis proyectos y le insisto en que me narre historias de la vida de Baltasar y de su época. Le pregunto por su nombre completo y él gustoso, me dice que se llama, José María Herrera Otero, más conocido por Pepe ‘el guarda’. Con más ganas de hablarme parece que ha captado mi proyecto, estando conforme con que escriba sobre la vida de Baltasar Acedo Trola.

—Yo bauticé a Baltasarillo y a Javier, y Baltasar, el padre, me bautizó al chaval mío —me sigue relatando—. Yo conocí a Baltasar, aproximadamente, en el año 46, ¡desde ésa época lo conocía! Yo le bauticé a dos hijos y él me bautizó a mi Pepe —me repite.



—Él paró, mejor dicho, vivió con su tío Juan. —Yo le recuerdo que Juan fue mi tío también y él me mira sonriéndose y me dice:

—¡Ya me acuerdo de Luisa! Ya sabes tú que nosotros tratábamos más con los hombres que con las mujeres, por eso no me acordaba de ella, pero ahora sí.

Su memoria se abre poco a poco, los años no pasan en balde y sus recuerdos son para el ‘granaíno’… Me aprovecho de su memoria y de la ocasión para preguntarle por el corte que siempre tuvo en el cuello mi padre, el ‘granaíno’, que a mí  más bien me parecía un mal remiendo.

—Fue así, como yo te lo voy a contar: Este hombre tenía un ‘barrillo’ que le salió en el cuello, se le infectó y por eso se lo tuvieron que sajar; y los médicos se lo cosieron como si fuera un animal, ¡vamos, cómo se cosían los sacos! Por eso le quedó esa marca de la costura en el cuello… Yo estaba muy unido con este hombre —me afirma Pepe ‘el guarda’. Así gracias a este hombre, he podido saber por qué tenía el corte en el cuello mi padre.

  

Ya le vienen los recuerdos sobre Baltasar y comienza con su aportación:

—Yo conocía a Baltasar desde muy joven. Se casó con Antonia y tuvieron 9 hijos, cuatro varones y cinco hembras. Mira, esas fincas que ves, pegando a los Arcos y la carretera, las sembraba él de trigo y de habas.



En nuestra amena tertulia, se presenta una señora mayor que es vecina de Juan y, sin más, le pregunta a Pepe quién soy yo. Él le explica mi procedencia, le recalca que soy el hijo de Luisa y del ‘granaíno’. Le da las explicaciones de cómo me vio venir por el camino y que creyó que era un vendedor de esos que vienen por las puertas, no se esperaba tal sorpresa, le dice.



Esta mujer me pregunta a dónde se fueron mis padres a vivir y yo le contesto que a Bilbao. Mejor dicho, le digo que primero nos fuimos a la única Ciudad que tiene Vizcaya: “la muy noble y muy leal Ciudad de Orduña”, y que allí fue donde pasamos parte de nuestra vida, yo diría que la más importante etapa de mi vida, los años de nuestra juventud, años difíciles pero fructíferos para nuestra educación.

Seguimos con nuestra charla. Pepe le sigue contando a la señora que conocía a mis padres y el motivo de mi visita: La señora se interesa por el tema y me dice:

—Me parece bien que usted haga esto por Baltasar.

A lo cual yo le digo que todo lo que me pueda aportar sobre su vida me sería de una gran utilidad, y ella me empieza a contar cosas sobre este hombre.

—Baltasar era una buena persona, junto con su tío Juan, que también fue una gran persona. —Yo la interrumpo para decirle que este Juan también era mi tío, que fue hermano de mi madre, Luisa. Y tanto Pepe como ella, me corroboran que su tío Juan fue quien lo cuidó de niño en la finca de Chorrosquina y, según me dicen también lo cuidó su tía, María Trola, que era cuñada de Juan. Esta señora me sigue contando:

—Yo conozco a esa familia desde los años 50, que es cuando llegamos nosotros aquí, a estas tierras. ¡Desde que falta Baltasar, Antonia está echada a perder! ‘Baltasarito’ es el que está ya puesto en el negocio con su padre, ¡como es el mayor de los varones! —me repite que  son cuatro varones y cinco hembras. Y aquí descubro algo nuevo para mí, porque me dice que Antonia, la mujer de Baltasar, tuvo otra hija que se le murió al nacer. Luego me lo confirmó la propia interesada—.

Me habla de Baltasarillo y de Pepe, de como son los dos que más relaciones tenían con su padre en los negocios: Los dos son muy buenos, quizás ‘Baltasarillo’ sea más reservado, Pepe es más abierto —me sigue diciendo—. Y tanto ‘Baltasarillo’ como el Javier son los dos más ‘cayaítos’, los otros son diferentes.



—Yo le sigo insistiendo a Pepe sobre Baltasar y, su vida. Le pregunto por la doma de los caballos que él hacia tan perfecto… y, observo en él una grata sonrisa que se transforma en una risa agradable que me hace ‘de reír’ a mí también.

Ya Pepe me empieza a hablar sobre “El Mora”, el caballo que a todo el mundo le daba miedo montar. No lo montaba nadie, solo Baltasar.

—Un día me monté yo en el caballo… —me dice Pepe—, ¡y tú no sabes el miedo que yo pasé con el dichoso caballo! Mira, me monté en él y me acuerdo que empezó a llover. El animal, con lo sagaz que era, me inquietaba; para mí que se sentían los sonidos de los latidos de su corazón y yo lo dejé ‘de ir’ al animal. Y así como pude, pues yo estaba muy asustado, llegué con el caballo a la casa y me bajé de él. Recuerdo que sólo le dije: ¡Yo no me monto más en este caballo! Le teníamos mucho miedo, era un animal muy brioso y muy brusco, sobre todo con los que no conocía.



—Y me sigue contando: — El día que a Baltasar lo soltaron... porque, tú sabrás que estuvo él en la cárcel, ¿no?... Estaban los niños en la escuela, la que estaba cerca de la casa de una de tus primas, en la calle Curro Muelas, ¡allí estaba la ‘escuelita’ aquélla! Fueron tu primo Paco y el Juan, me parece, los que se acercaron a la estación de Los Barrios a recogerlo; porque dijeron que era mejor a que viniese hasta Algeciras. Una de tus primas bajó y lo contó, que iba llorando de alegría. Y pasó por delante de la escuela y por ello los chiquillos que estaban en la escuela se enteraron.

¿Y sabes lo que pasó? —me dice sonriendo—. Que dejaron al maestro solo. Se escaparon todos de la escuela, se liaron todos los niños a correr, para así poder ver llegar a Baltasar. Y el maestro decía: ¿pero qué pasa?

Y los niños le decían: ¡Que han soltado a Baltasar!, ¡que ya está libre! En vista de lo que pasaba, el maestro dijo:

—¡Bueno está!, yo voy a conocer también a ese tal Baltasar, porque no es normal que se me vayan todos los niños de la escuela.

—¡Pero tú no sabes cuándo llegó lo que hizo Baltasar! —Me sigue relatando Pepe—. A los primeros que invitó para celebrar su vuelta a la casa fueron los niños de El Cobre, lo celebraron en el huertecillo. Lo mismo que hizo en el convite de ‘Baltasarillo’. Los primeros siempre eran los niños. Este hombre quería mucho a los niños, —apunta la señora que nos acompaña—. Que Baltasar con los chiquillos ha ‘sio---’ y siempre, cuando una persona es así, se le llega a apreciar mucho.

Le interrumpo y le pregunto, cuál es su nombre.

—Me llamo Antonia Moreno. La madre de Antonia, la mujer del difunto Baltasar, era mi hermana.



Me voy convenciendo, poco a poco, de lo que me dijo mi madre: que en esta zona, por los años veinte, todos los vecinos eran familia.

—Y me sigue contando Antonia, sobre la mujer de Baltasar: A ella la dejaron de muy chiquita con mi madre, tendría ella unos  catorce meses o ahí cuando se la llevó mi madre, y la crió hasta que tuvo diez años. A los diez años, como tenía la abuela y los padres estaban solos, pues ella ‘se iba’ y ‘se venía’ y así se crió.

Me recuerda que el padre de Antonia se murió en la casa y que al padre de Baltasar también lo ‘arrecogieron’ ellos. Y me detalla que lo encontraron tirado en La Línea o, por ahí. De improviso, aparece otra persona por la puerta de la casa y a Pepe le empieza a fallar la memoria. Se aturrulla y se hace un lío al tratar de presentarme a este señor. Le pregunto por su nombre y me dice que se llama Antonio Jiménez.

—Este hombre es el marido de la mujer que acaba de  salir de aquí —me señala Pepe—. Antonio me pregunta por Luisa, mi madre, y le comento que está en Algeciras, que allí se pasa mucho tiempo con una sobrina, la hija de su hermana ‘Chana’, Sebastiana. Poco a poco le vienen los recuerdos:

—Enrique es primo tuyo —me dice y me recuerda cuando estuvo en mi casa en Bilbao una temporada—. A Luisa no la veo yo desde que se fue a Bilbao en el año 1948.

Me pregunta el motivo de mi presencia y que las preguntas que hago para qué son. Le repito lo que a todos, que una vida como la de Baltasar Acedo Trola merece la pena ser recordada y, como mejor se logra, es con una biografía. Y quién mejor para contarla que su propia gente, los suyos y los que tuvimos la suerte de convivir con él!

Seguidamente, me dice:

—Baltasar era sobrino de mi mujer. —¡Sí!, Antonia —afirma Pepe—. Pero mira, el que estará más informado de esto es su primo Paco Medina y, claro, es primo de usted también —me apunta Pepe.



Yo sigo con lo mío, tratar de sacar todo lo que pueda de estas mentes ya cansadas por el paso de los años, con esas arrugas en sus rostros curtidas por el poderoso sol de nuestra tierra, que contemplo con satisfacción. Gentes que pueden contarte historias de tiempos pasados, con mentes privilegiadas por poder mantener vivos sus recuerdos y poder contarlos.



Pregunto a Pepe y Antonio por el caballo “Morita”. ¡‘Ou’ qué caballo!, me responde Antonio. Les pregunto también sobre la época del contrabando y Pepe me dice:

—Mira, por miedo, nunca me metí en ello; ¡por miedo, no por otra cosa! Yo sé de Baltasar por lo que decía la gente… Mira, el contrabando de esa época sólo era de tabaco, café, azúcar, jabón, mantequilla de Gibraltar y algunas cosillas más…

—¡Este hombre era un ‘cagueta’! —indica Antonio refiriéndose a Pepe.

—¡No me atrevía! ¡No me atrevía! —le responde Pepe.

Yo me encontraba en mi mundo, recuperé los tiempos de mi niñez, excitado ante la idea de que me contasen más aventuras.

—Salía la gente con los caballos para ésas sierras. Se veía y todos lo sabíamos, para qué engañarnos. Era una realidad, no teníamos qué comer. ¡Yo de eso no quería saber ‘na’!, —insiste Pepe—. Como yo tenía trabajo y ganaba dinero, me arreglaba… ¡Yo nunca!

—Estas cosas, ya no tienen importancia, el tabaco lo fumaba el que quería y quiere —me contesta Antonio.

Me dicen los dos a la par: —Lo que nunca permitió Baltasar fue complicarse con el mundo de las drogas. Eso sí que lo odiaba y, a la vez, no le gustaba la gente que lo hacía. Mira Pepe, me decía Baltasar, que la droga mata a las criaturas —yo les digo que de todos los que he tenido la suerte de que me hablen de él, nadie me ha comentado nada al respecto; ¡al contrario!, me dicen que siempre se opuso a tal desdichado comercio.

¡Ahora que el tabaco sí! —me repite Antonio.

—Yo les replico que, en aquellos años tan difíciles y con tanta hambre, ¿quién no tuvo en sus manos algo con que trapichear para poder comer?



Antonio sigue contando. Que Baltasar estuvo alrededor de un año en la cárcel a cuenta del tabaco y que era lo que más hacia, afirma.

Cuando le cogieron, tenía para pagar la multa que le pusieron pero dice que le dijo Baltasar que el dinero que poseía, se lo comían sus hijos y él, antes que se lo comiesen otros.



 —Entonces me dice Pepe:— Yo estaba de guarda de la marquesa y Antonio Cabrera era compañero mío también... Todavía tengo yo unas cartas que me escribió Baltasar desde la cárcel pero me las escribió a una dirección de Algeciras, como si fuese un primo suyo y yo le escribía como su primo.

¡Yo le decía de todo! Mira primo, tu suegro está con las vacas…, vamos…, yo era... ¡Vamos, que estaba todo como si estuviese él! —Yo le insisto para que me dé unas copias de las cartas y me dice: Mira Antonio, las tengo con los papeles que guardo de unos 40 años y están todos revueltos, ¡ya los buscaré!

—Yo tenía puesta la dirección del pueblo, sólo que le cambié los apellidos y así no podían saber que yo le escribía y de esta forma no me comprometiese a mí. —Me doy cuenta que este hombre tiene miedo a pesar de los años transcurridos y de su avanzada edad, y no creo que me dé dichas cartas. Sigue con sus relatos: —El abogado de Baltasar se ponía en contacto conmigo, sobre todo cuando había que arreglar papeles; y... las cartas... tienen que estar..., pues todavía tengo yo papeles roídos por los ratones de aquella época, ¡fíjate tú!



Después de escuchar su relato, yo me sonrío y pienso: ¡Y eso que me insistes que no te metías en nada! Resulta que por esos tiempos ya lejanos José María Herrera Otero era el guarda forestal de esos montes del Estado que dan sombra a El Cobre y el río de La Miel; guarda jurado, un puesto tan complicado y comprometido como era el de guardia civil. ¡Como para que te pillaran con algo que tuviera relacionado con el contrabando!



Mis recuerdos me llevan a mi dorada niñez. Recuerdo a este hombre con su familia en su casa, al final de la calle Curro Muelas, en la finca propiedad de la marquesa, muy ‘cerquita’ de donde viven hoy las familias de los Medina Trola. Hoy esta casa está ya derruida, como todas las casas centenarias de la época. Se encuentra justo enfrente de la casa de Eugenio, muy próxima al paso del río de La Miel y su puentecillo, por el que de niños pasábamos montados en los burros para llevar el costo a los nuestros, que trabajaban en la huerta de la marquesa, cuyo paso ya existía por esa época. 

Me despido de estos seres amables y cariñosos que me han tratado con la hospitalidad que siempre ha caracterizado a nuestra gente del Sur. Contemplo su entorno con añoranza, por tantos recuerdos que afluyen a mi mente de mis lejanos y vivos recuerdos; de personas, paisajes y de la naturaleza virgen, y de estos personajes que tanto me han ayudado en mis propósitos. Sobre todo, ensimismado por el embrujo que tiene este rincón privilegiado.

Antes de marchar, le recuerdo a Pepe que se acuerde de buscar las cartas que tiene de Baltasar para poderlas aportar a su biografía (sin muchas esperanza por mi parte).

  Antonio Molina Medina



CONTINUARÁ