EL POETA SE MOJA


Solo el cielo lo divisa y él se aferra a la tierra la que lo reclama.
El poeta le envía un testamento
ella parcamente se mete entre su pecho
le abre su interior, y lo pone al fresco,
la intuya tan cercana, que presiente su cuerpo,
se lo llevó consigo a su descanso merecido
a pensar en más sueños, a vivir sus sentidos,
a mecerse en su adentro, a soñar que está vivo,
a no sentirse palomo furtivo.
 
Descansa en tu casa de noble madera,
el poeta no olvida donde está
es para él de ensueño lugar, con olores a hierba
donde los versos azuzan el pensar.
 
Juntarse con la musa y vivir el momento,
fluir de humanidad
la felicidad se ausentó de su alma
se introdujo en su calma, pura, la libertad.
 
Un beso de campana, amada, que a las nueve
mañana sonará en soledad
la buena nueva su recuerdo guiará.
Le dirá buenos días, con un ¡hola amor! Desde
La inmensidad.
 
El verde de esa hora temprana,
resurge como beso mañanero,
un pedazo de azul cielo que le acompaña,
el poeta lo sabe con los ojos del alma.
 
Mientras surca su vuelo, la paloma le guía,
él no tiene duda el palomo la mira
él le envía en su vuelo allende de sus alas
un ¡te quiero mi vida! que dejó en su ventana.
 

Molina Medina

HERIDAS


Imágenes cedidas por HACERÍA_JAZZ_CLUB
Ella con tiritas de cariño tapona las heridas
su aliento y comprensión, hacen que cambien
sigo aún vivo, siento que estoy en otro mundo
no en el que de niño me inculcaron
ni en la tierra que me vio nacer.
 
Encontró esa paz tan añorada, incompleta
pero sosegada;
surgió la sensatez desde su alma
escondida en un armario con mil cerraduras.
Alguien le ofreció un corazón de roble, liso y suave,
sin huecos, sin oxidadas llaves.
El cielo ahora ha colmado esta vida
instalada en las incertidumbres
dejándose preñar de luz, divino amor
que él nunca esperaba ¡cómo es la vida!
No presintió jamás, que esto pasara
en torno de su vida consumida.
Molina Medina

 

MUJER


La contempla entre cristales. La espuma blanquecina cubre sus pestañas. Mientras, el agua rodaba cual torrente por su cuerpo de diva, abrazándolo. Como un ser diminuto se coló en su bañera, y la miraba en el reflejo de las baldosas. Temblaba. Sus ojos se llenaban de lágrimas de escarcha. Su melena brillaba y su largor asombraba. Ella sólo sonríe convirtiendo su pelo en dos trenzas que se deslizaban hambrientas por su anatomía de maga. Se aferró cual liana y trepando por sus columnas, recorriendo montañas, se resbaló por ellas a cintura orada. Escalando se acurrucó en su nuca, para deslizarse por frente y pestañas. Sus ojos relucían como luceros al alba, dos olivas muy negras las pestañas bañaban. Su nariz respingona daba paso a sus grutas. Su alma desganada, seguía viviendo momentos de esperanza.


Tropezó con sus labios de rojo purpúreo, y le mostró la entrada a su caudal de vida de pedrería de nácar: su lengua. Lento, se descolgaba su barbilla. Le atrapa y su cuello y sus hombros dan reposo al guerrero que convulsiona su cuerpo, mientras lentamente su ombligo le observa con risa complaciente. Su corazón se agita. Redoblan los tambores. Las lianas de pelo esponjoso, se descuelgan al bosque que resguarda la gruta, donde mana la vida los sueños y la gloria. Sus jugos le aprisionan. Se precipitó, y agitado, con un beso en sus labios seguirá su camino por columnas de mármol hasta pies junto a dedos que soportan las plantas a una mujer de ojos negros, de belleza sin mancha. Corazón… corazón… con el que tanto amas.

Molina Medina

SOLEDAD


Soledad, así te llaman por  tus ojos y mirada. Fue el ayer tan sabrosón que mis labios se dilatan. Sólo por sentir los tuyos mi cuerpo ya se me escapa y mi voluntad de acero se derrite en tu mirada. ¡Cómo la quiero queriendo! ¡Cómo la ama mi alma! Mi corazón no lo siento, ni me importa dónde está, yo sé que está muy cerquita de otro corazón que brama. Envuelto en luz de un candil se encuentra prisionero y en calma. Quererla, sólo quererla es el oficio divino,  así como correr por la pradera detrás de ese bello cetro que tanto ansía mi alma.

Molina Medina

SOLO LA VIDA

Algo que no trasciende se acaudala,
se acumula día a día por la tierra,
la que abriendo sus entrañas, presurosa y
sedienta de copular con las palabras,
todo lo digiere... todo lo paladea,
misterio o magia.
Capacidad o mística. Embrión
imprescindible de su cuerpo que
se envuelve consecuentemente
incidiendo en los sentidos.
Corazón... corazón... de que te quejas,
porque palpitas desbocado, si no hay tinieblas.
Solo la magia de unos ojos... de una boca
cargada de labios, de saliva triturada
la que se desliza al encuentro de su manto
el que cubre su cuerpo. El que tanto sueña.
Sueños... sueños, los que salpican su almohada
los que rugen dentro de su pecho.
Disponibilidad y fortuna. Amor y vida.
Renovación o muerte...
Solo la vida...
Solo para quererte amor. Eternamente…
 

Molina Medina  

…UNA MAÑANA ME LO ENCONTRÉ…


…una mañana pletórica de calma.  Iba sereno, con el cayado en su mano y la vista al frente, altiva y reluciente. Le saludé y él me miró serio y cauto. No me conoció. Yo le sonreí y pronuncié su nombre. Él seguía mirándome diciéndome que mi cara le sonaba. Le dije quién era y, de su curtido rostro, manó una franca sonrisa:

 

-          Tu cara me sonaba - me dice - veo que estás bien. No pasan los años por ti.

 

-          Tú tampoco estás mal Hurtado – le contesté.

 

La brisa del mar nos envolvió a los dos y nos apoyamos en nuestras miradas. Charlamos de tiempos ya añejos pero vivos en su recuerdo.

 

-          Que, ¿Sigues escribiendo?

-          ¡Sí! – le respondí.

 

Una gran puerta se abrió en mi mente y voló por las olas que penetraban en el puerto. Por el andén, un hombre camina entre raíles atento a todo lo que se mueve, repartiendo los trabajos diarios entre aquellos que con él conviven en las horas serenas de la faena. Cada uno sabe lo que hacer. Mientras, desde una pequeña mesa en el andén, Hurtado rellena sus papeles. Algunas veces se cabrea como un chaval, pero todo se realiza a su gusto. Pensamos que hacer lo que nos manda es lo natural, ya que estamos allí para desarrollar las funciones necesarias para que los trenes circulen por las vías acometiendo el trabajo de trasportar.

 

Despacio le vi marchar. Lentos eran sus pasos pero firmes sus andares. Lo perdí de vista y me refugié en sus recuerdos. Era una vida en movimiento, un recuerdo en mi memoria, un lugar en el corazón que aún retumba por los cimientos de las olas, o por los andenes de nuestras vidas, entre raíles, amontonando zapatas o recogiendo chatarra.

 

Cargado de razones caminaba por el puerto. Iba sereno y su cara denotaba trasparencia, así como sus ojos de nobleza azuzados por la brisa marinera.
 


Molina Medina

 

A DON MIGUEL: PARROCO DE ORDUÑA.

La vieja máquina del tren rugía cual fiera enjaulada,
expeliendo por su tronera y sus fisuras
el humo blanco y denso que,
hacia el inmenso cielo, cual nube se diluía.
 
Sentado en el asiento de madera, alegre y tierno,
un hombre de corazón grande y noble
compartía con curiosidad y júbilo su presencia.
El tren. Transporte añejo que nos llevaba
 a curar nuestras heridas.
 
Don Miguel, humilde párroco de Orduña,
pobre y rico en su condición.
Lo poco que poseía donaba o regalaba.
Con su ejemplo se inundó mi corazón,
limpiándolo de impurezas.
 
Fui privilegiado con su presencia,
compartí su amor, ternura, desprendimiento
y buenos sentimientos de hombre
interiorizado de las miserias humanas.

Sacaba de la abertura de su sotana
los veinte céntimos que con insistencia aportaba
para costear el importe del viaje
de un niño y de su madre, que en un lujoso tranvía
 
les llevaba hasta el hospital de la ciudad
para tratar de sanar sus heridas.
Hombre jovial, entero, desprendido…,
atento a todo lo que le rodeaba,
 
inmiscuyéndose en nuestras vidas,
soldándose con sus ovejas,
alimentando su estomago
y de su aliento, el alma le brotaba.
 
La muerte es una falacia, es un mito,
que a través del tiempo transcurrido
sigue viviendo entre nosotros.
Cohabita a través de su intensa vida
 

entre aquellos que curó nuestras heridas,
ayudándonos en momentos tan inciertos, difusos,
cuando el día a día nos engullía.
Como buen pastor cuidaba a su rebaño.
 
Hubo un tiempo en que todo estaba en tinieblas.
El hombre era cual fiera cercenada.
Los miedos y penurias que nos dominaban
eran suplidos, consolados, esperanzados
 
por los hombres de su talla manifiesta,
por que tras su sotana negra como la muerte,
latía un corazón tierno y fuerte,
del que manaba sangre roja y bien oxigenada
 
que nos alegraba con su respirar.
Haciendo posible la lucha
que continuamente mantenemos
contra la muerte.

 
Molina Medina