VALDERRUBIO – ALFONSO GONZÁLEZ LÓPEZ


Mariana Pineda (Valderrubio)






Hacia otros mundos partió lleno de luz Alfonso,
con su voz rota, quebrada,
buscando en el sendero encontrase
con el maestro que él amaba.

Su figura está presente.
Como un museo en nuestra alma.
Mezclada con sangre nueva y derramada
por los valles y montañas
la de un ardoroso guerrero
que el maestro consolaba.

Transpuso el sol en su vida
ya no llegó la mañana.
De su cuerpo brotan flores
siemprevivas, clavelinas,
adormideras y otras plantas.

El convento se ha cerrado
ya no vuela la paloma.
Su voz ha enmudecido
como hoja que se abate desolada.

Pero su figura brilla por la luz,
la que su recuerdo provoca,
por su Vega, la que él amaba;
compartiendo su sapiencia
junto al maestro que admiraba.

Su espíritu está esta presente.
Ya no suenan las campanas.
Su vos ronca y fatigosa
aún resuena en mis entrañas.

Su corazón de juglar,
sereno como la malva,
como el maestro en sus sueños
de mil cosas transformaba.

En Romiya había una noria,
que girar, gira y giraba,
brotando de ella agua clara
de lo profundo de sus entrañas.

Entre los chopos lombardos,
los que él me señalaba,
lamidos por el río Cubillas,
aun se la ve deambular
con los ojos de nuestra alma.
Antonio Molina 

ALGECIRAS – LA SEPARACIÓN DE SU BAHÍA-





Algeciras





Desde un Majal Alto, en lo profundo de la sierra se divisa Chorrosquina. La libertad se siente, se disfruta y se toma conciencia, ella me envuelve y me enamora, sin perjuicios, en el silencio que me rodea sólo interrumpido por el trepidante sonido de los gallos en los corrales que se mezcla con el aire de la sierra que oxigena mis pulmones. El viento sopla con fuerza, limpiándome la cara con sus ráfagas de las impurezas del camino, mientas el sol cae como una pesada losa y con justicia sobre mi cuerpo apaciguado por las ráfagas de viento de poniente que me envuelve.

La Bahía se divisa esplendorosa junto al Peñón y las aguas del Estrecho que la envuelve en su azul verdoso que se refleja ante mis ojos apaciguado por la bruma que lentamente va apareciendo. Es una tarde apacible y grata, los cochinos merodean mansamente por el lugar, mientas los perros ladran imponiendo con sus aullidos su poder de convicción ante un intruso que les incordia.
Los gallos siguen su eterno ki, ki ri kí constante, anunciando su presencia en el territorio que dominan. Silencio interrumpido por la bocina de un coche que notifica sus productos a los pobladores de los ranchos que en mi entorno se hallan, informando que en sus vehículos los llevan para el consumo de sus casas. Rodeado de chaparros, quejidos, hojarascas, acebuches y de frondosos helechos, mezclando su olor con el aire que soplando con furia me acompaña.

La vista se pierde en la distancia, entre la bruma de los mares del Estrecho que, como carretera acuática, se deslizan por ella potentes barcos, que transportan viajeros y mercancías a otros mundos, a otros continentes, como el que nos roza frente a frente. Las viviendas diminutas se contemplan al pie de la montaña como puzzle bien formado que la mano del hombre ha transformado, rodeadas del verde pajizo de sus campos, resplandeciendo el intenso verdear de sus árboles, junto al sonido musical que sale de sus ramas de pájaros que viven en la tan deseada libertad. Me regocijo con este espectáculo que contemplo, que hace que me olvide del mundo donde existo. El río de La Miel o Wadial – asal atraviesa El Cobre sin poder ver sus aguas, intuyéndolo por la senda que marca su transitar por la vega, por su vegetación y árboles frondosos, de un verde reluciente llenos de vida que envuelve con su manto a La Vega de El Cobre en esta hermosa primavera, contemplado su vereda, la siempre viva y reluciente ‘Trocha’ milenaria.

La felicidad llega a ser sublime, intensa, está en el máximo de su plenitud. Los sentidos se encuentran azuzados en su máxima intensidad, la vista se pierde en el infinito, abstraído por la visión que contempla, los oídos sólo reciben canto de pájaros en libertad, relinchos de caballos y esquilas de animales libres que pululan por la sierra, el aroma del verde que me rodea junto al tacto que mis manos recorren suavemente, lujuriosas de los helechos de la sierra.
Pero el hechizo se rompe, se comprime, llega la melancolía, el misterio en que mi alma se encuentra se rompe en mil pedazos, el encantamiento desaparece y me hace volver a la realidad de la vida, el mundo en el que me encuentro. Otra vez el regreso, la marcha obligada a otra tierra, otras gentes la obligación de la partida donde se encuentran parte de los míos. Volver una vez más a mi destierro, a aquel lugar donde de niño me obligaron a recluirme.
Me llevaré en la retina de mis ojos cielo y tierra y animales bravíos en completa libertad, con sus clásicos sonidos, el revoloteo de pájaros, con sus trinos pertinentes, junto a los relinchos de los caballos y el ladrido de los perros, para poder seguir viviendo de mis recuerdos, a veces con el corazón encogido, con las lágrimas a flor de piel, reteniendo mis angustias que no me dejan respirar.
            El viento apacigua su soplido, salta una ligera brisa en la Bahía, el sol que se encuentra al comienzo de su ocaso, aprieta con más fuerza su calor, los mosquitos revolotean, persisten con sus picotazos incesantes, molestan. La bruma lentamente se disipa de las aguas del Estrecho para dar paso a las montañas del continente africano, divisando en sus orillas la bella ciudad de Ceuta, milenaria, que lentamente es mecida por las aguas de su mar y sus corrientes.
            Una tórtola vuela majestuosa sin hacer caso de mi presencia y lentamente plegando sus alas aparecen sus patitas para posarse en la rama de un alcornoque, quizás esperando a su pareja con quien poder conversar, cerca de la piedra que sujeta mi cuerpo, recordándome que me encuentro en una zona protegida, confundiéndome como un objeto más que mirar en la serranía. Y yo buscando y gozando la soledad en este lugar idóneo para soñar y vivir así intensamente mi propia existencia. De uno de los ranchos de la ladera se acercan sin llegar a percibirlos unos perros, fieros animales que con sus ladridos amedrentan al viajero, sigilosos se colocan a mi lado y siento sus jadeos, con sus patas delanteras me tocan con suavidad el pantalón que protege mis pierna sus rabos se cimbrean con avidez, ya no son rugidos los que salen de su garganta, son pequeños lamentos, que me sorprenden y me quitan esa sensación que podía aparecer, llamada miedo, por su presencia. Se atreven a poner las patas en mi espalda y yo los dejo hacer sin inmutarme, me han confundido con un objeto más de la ladera al borde de la vereda.
            Es poca la distancia de donde un día ya lejano me nutrí de la edad de oro de mi niñez, pude coger todo lo que mi mente ahora me alimenta, gratos recuerdos que con ellos puedo enriquecer mi propia existencia, otro perro, el mismo campo, la misma ladera, árboles y animales en libertad. Siempre la libertad, palabra mágica y necesaria para todo lo que brota y puebla aquí en la tierra. Un Majal de terreno donde me solazaba de niño confundiéndome con el terreno, como los perros lo han hecho sin darme cuenta de ello. Con unos perros postrados a mis pies, como si me conociesen de toda la vida, compartiendo el paisaje que nos maravillaba, quizás intuyendo por lo que allí me hallaba, buscando mis recuerdos y a los míos, aquellos que me alimentaron el cuerpo y dieron alas a mi alma.

Unas cabras vienen por la vereda de recogida a sus ranchos, el ruido de cencerros y esquilas me hacen volver la cabeza y contemplarlas. El aire se mezcla con su olor a estiércol de animales. El silencio es total, el sol ya ha transpuesto por los picos de la sierra, empieza a aparecer la oscuridad en la Vega de El Cobre. Los barcos que cruzan el Estrecho resoplan sus sirenas dando aviso a otros que se cruzan por la autopista de sus aguas.
            Los animales se recogen en sus corrales y los gallos dan sus últimos murmullos, mezclándome como un animal más con las cabras que me aceptan sin aspavientos ni sobresaltos, acompañándolas al borde de la carretera.
            Sólo me queda pensar en mi partida, dejando tras de mí mi propia vida, mis recuerdos y parte de mi existencia, al borde de la ladera de Chorrosquina, en la Vega de El Cobre, donde hubo un tiempo en que el hombre era más pobre pero más hombre y más libre y más rico en humanidades.
 Antonio Molina Medina
oOo

AL CHAPARRO LOS ASIENTOS — (Un día llamado ‘chaparro de los Jacintos’)



Algeciras (El Cobre)
En el camino de la Trocha, entre la era de Pajarete y la de El Cobre,
en la panadería de Baltasar, al lado de un arroyo que desemboca en el río
de La Miel. Allí se encontraba majestuoso
este chaparro con sus asientos, que hoy podemos recordar.
 


A la vera del camino andado
entre juncos y adelfas
se pavonean sus raíces
con el agua de su río,
que nutre su estructura.

Un chaparro alegre y tierno,
a su lado, embebida por su suerte,
se acurruca a su vera unas piedras
que con su planicie hacen posible
el reposo de cuerpos que lo evocan,
el del caminante que el reposo espera.

Sus ramas brotan briosas y alegres
para los inquietos pájaros,
con su caja de música imperiosa,
la que brotando de sus ramas,
acompañada con sus notas su eterna lozanía.
Los trinos que de él emanan
son los que protegen sus ramas
del bamboleo de los vientos que lo mecen
y del frío intenso y de sus nieves.

Allí acudían con su carga
los que al pueblo fueron a recoger
el alimento de sus gentes,
que esperan impacientes
el sustento cual surtidor de cuerpos que florecen.

Llega el transponer del día hacia la oscuridad
transformándose el viejo sol por blanca luna
para formarse en brazos poderosos
sus ramas briosas, las que aprisionan
a los niños que se atrevían
con la oscuridad a transitar por sus orillas.

Noche clara, el camino se divisa
marcado por los rayos de la luna,
las sombras te atrapan en la penumbra
que inquieta el alma de una edad
temprana y melancólica.

Mirando hacia el frente sin mirar atrás
el miedo te atrapa, no te deja andar,
paraliza el cuerpo del pobre chaval.
El corazón late con celeridad,
las piernas te pesan, se niegan a andar;
lento pero firme es su caminar.
Le pesan las piernas, le cuesta moverse,
son muchos los brazos que hay que sortear,
los de otros chaparros que guarda la senda
por su caminar, hasta la explanada
donde les esperan en la eterna era
una parva de paja y montón de trigo,
mantas y capotes para dulces sueños.
Aliviando el cansancio de tanto trajinar.

Son momentos tensos de mucha emoción,
la lucha del hombre por sobrevivir,
dominando el miedo que en la mente está,
con mucha entereza y sin mirar atrás.
Antonio Molina Medina





EL COBRE – ALGECIRAS


Río de la Miel (Algeciras)







Retroceder en el tiempo, en la distancia
rebuscando en la trastienda los más veraces recuerdos
que se agolpan en su alma con fieros impulsos
que pululan por su vista, donde su memoria brama.

Desde lo alto de la sierra gimen llantos,
las lágrimas las trasporta el viento
cuando divisa su entorno, a sus gentes
que aún recuerdan sus recuerdos.
El río surca por el Cañón, orgulloso de su historia.
Los molinos lo acompañan se solazan, tiemblan.
Comparten con él la vida, de sus hombres, de la tierra.
Los campos saben a trigo, a cebada y a lentejas
avena y garbanzos del viejo Chorro
sigue siendo sangre que almacenan sus venas,
bombea corazones de esperanzas y quimeras
en las bocas de sus cántaros ellas llevan la solera.

Las chozas ya se divisan a lo lejos
sus techos de palma y junco soportan el duro invierno
Mientras bramar de animales se acurruca junto a ellos
dándoles el sustento a esos cuerpos mecidos por el viento,
Las reatas de bestias surcan los caminos trasportando el trigo
hasta la añeja era en la noche negra les guía la luna…

Tiros de caballos trotando la parva, el trillo la corta,
la rompe, la parte, remueve su mezcla, los niños disfrutan
montando en su lomo arrastrando bridas de animales nobles
que giran y giran mientras bronco viento
separa el trigo de la suave paja el viento jalea
sintiendo el lamento, dejando al compañero que creció en su cuerpo.  



De las chozas surcan hilitos de humo y de sueños
Donde aprietá la ‘calo’ del astro rey sin miramiento
La candela arde briosa del chaparro viejo
Que acarrea los sueños de los lugareños.

El río se embravece, se sale de su cauce
Los ojos del puente los cubren, los ahoga
salta su cielo incomunica a su gente.
Trozos de sus chozas lleva la corriente.

Todo son atenciones, ayudas, concordia.
El hombre es aun hombre. La tierra le acoge
brilla la cordura por toda la zona
las gentes humildes se ayudan reparten el pan
lágrimas, su honra. La solidaridad los mueve
los hace más cómplices de su propia historia
qué libros no narran las bellas historias
de épocas sublimes en humanidades
donde el hombre era hombre
la tierra era tierra sin cemento en bloque
que oculten la vista de lagrimas saladas
mirado animales pastando en las lomas.

Ya no brota el humo de la vieja candela
los troncos no arden, la tierra, no es tierra
los hombres manchan todo lo que tocan
destrozan la choza a sus moradores a su vida entera.
 A. molina
 

SUS RAYOS DE SOL SE REFLEJAN EN SU RÍO




El Cobre Algeciras
  















Yo los conocí y conviví con ellos.
Hombres bragados, con muchos sentimientos,
amantes de los suyos y queridos por ellos.
Personajes que representaron una raza.
Los que nos precedieron,
hombres de carácter
que poblaron esta tierra
mimando sus campos llenos
de abundantes espigas de trigo.

Hombres que transmitían emociones,
que supieron donarnos en su tiempo postrero
la visión de su existencia en este mundo incierto.
Sentados a la puerta de sus chozas,
de tertulia diaria,
consumiendo el cigarro con dedos
encallecidos por el trabajo cotidiano,
en su descanso melancólico pero necesario,
con rostros tostados por el vigoroso sol.

Hundidos sus ojos de ver tanta miseria,
con la mirada perdida en el profundo cielo azul,
esplendoroso y resplandeciente,
que domina esta fructífera y pujante Bahía.

Ojos mirando a la lejanía,
perdidos en la bruma,
brotando lágrimas menudas
que, surcando sus mejillas,
tratan de tapar
con el humo del cigarro,
rodeados de niños que no tienen nada para su sustento.

Hombres distantes en el tiempo,
que están presentes con el paso de la vida.
Fluyen sus recuerdos como melodías
que deleita recordar,
de tiempos ya pasados
que perduran en nuestro recuerdo,
cincelados en mi alma
y que no deseo arrinconar.

Muchos fueron sus nombres:
Juan, Baltasar, Antonio, Doña María,
Ricardo, Paco, Manolo, Ramito, Catalina…,
tantos nombres que no podría acabar.

Fueron seres bienhechores,
sabrosos en mensajes,
de los que fluyeron aromas e ideales
que hoy requerimos a nuestra sociedad.
Brotando la humanidad de ellos
como agua que fluía del manantial,
que nos colmaba el ánimo,
nos limpiaba por dentro,
nos consolaba la existencia
de un mañana incierto,
de poder zozobrar.

Fueron remos estables
que pilotaron mi barca
por las brumas del mundo
que impasible acompaña,
a esta humanidad.
Luz de faro perenne,
cuyo brillo buscamos
para que oriente nuestras vidas
hacia la inmortalidad.
Un territorio en el cielo,
merecido descanso,
les deseo a esos hombres
que aún puedo recordar
como miel exquisita
que degustan mis labios
al pasar por el río
que les vio emerger.

Cuando un día no lejano
era miel lo que fluía
de sus verdes orillas,
que esos hombres crearon
placentero vergel,
nutriendo sus márgenes
con aguas de miel.

Río que mi alma
nunca puede olvidar.
El ruido de sus aguas
golpeando en sus molinos,
con esa fuerza enérgica
del salto brioso de sus cascadas.

Río de la Miel sagrado
que en El Cobre perdura
tras el paso de la vida,
que sus gentes conservan
como el líquido que aflora
de su desgarrada garganta.

Baltasar, Juan, Miguel…, no estáis muertos.
El tiempo ha reabierto vuestras vidas,
como un latigazo resuena en mi alma,
desgarrándome las entrañas
por vuestro proceder.
Vivían con su pueblo,
se preocupaban de su gente,
en esa ribera que en su día fue.

El pueblo dormitaba un bostezo profundo.
El hambre corporal les importaba más.
La cultura adormilada
bloqueaba los caminos de la libertad.
Unidas las manos duras hasta la incertidumbre
en ese nuevo día que vuelve a aflorar.

Con amor, con pasión, con dulzura,
personas altivas y orgullosas
nos dejaron el testigo
escrito con sangre y el sudor de su frente,
tras el azote del hambre
provocada por la opresión que les envolvía,
pisoteando los derechos más elementales del hombre
y de la humanidad.
Con la sana esperanza
puesta en esa verde primavera
que tardaba en llegar
y no lograron disfrutar.

Hombres con sabor a tierra,
a estiércol y a semilla.
Pero que en el fondo de su espíritu
mantenían el fuego implacable de la libertad.
Como enredadera sus vidas me atrapan,
perteneciendo a esta tierra
que fue su morada,
tierra que en verano
quedaba seca y carcomida por el astro sol.

Brotan sus recuerdos,
poleo en sus campos,
dejando un reguero de olores,
perfume infinito
del que me dejé embriagar.
molina

DESPEDIDA Y ENCUENTRO





Chorrosquina El cobre Algeciras
  





Luisa, ha cogido el atillo e inicia el camino hacia su tierra;
la tierra que la vio nacer y crecer
pero no lo vio morir.
Iba buscando a la Antonia que la pueda acompañar.

Desde el norte y desde el sur
Se cruzaron las dos almas.
Agarradas de la mano
cantaban canciones santas,
las Nanas de su niñez
que sus madres les coreaban
para conciliar el sueño
en esa edad tan temprana:

“Duérmete, lucerito de mis entrañas,
que eres lo más bonito que hay en España.”

Resonando por las peñas, siguen en su recordar
Una niñez ya lejana que merece resonar.

“Si mi niña se durmiera yo le daría un real
y luego, cuando estuviera dormida,
se lo volvería a quitar.”


Con la sonrisa en sus rostros
camino van a su destino,
Baltasar y Antonio les esperan
Justo al final del camino.
La luz celestial ilumina el sendero.
El brillo de sus ojos perfora al mirar
A los que les esperan, cual fieles compañeros.
Sonrisa en sus rostros… ¡deprisa…! ¡deprisa…!

Se dan un beso tierno y brioso
dos parejas que se vuelven a reencontrar
para no separarse jamás
en la inmensidad del mar.

“Ancha es Castilla”, dijo don Antonio
“Si muero dejad el balcón abierto”, dijo Federico
Boabdil lloró en Granada cuando perdió la ciudad.

“En el Rinconcillo tengo una pluma,
en Palmones, un plumero,
y en Algeciras lo que más quiero”.

Cantan los cuatro por la vereda
dirigiendo sus pasos a la gran pradera
donde les espera una vida plena.

“Si quieres que te cantemos,
nos tienes que convidar,
aunque sea un polvorón,
o a una copa de coñac.
Si no nos convidas,
verás lo que va a pasar,
te vamos a dar la lata,
hasta la ‘madrugá’.”

Pero ellos por fin se han encontrado.
Eternamente vivirán y sus recuerdos
permanecerán entre nosotros
hasta que nos encontremos con ellos.
Vagarán por el ancho cielo,
donde no hay chirriar de dientes,
ni guerras, ni odios, ni miedos…
Solo Amor eterno, Amor verdadero.
Amor con mayúscula. Como el que nos dieron.

“Ahí vienen los Reyes, por la Bajadilla
y al Niño le tren un plato de natillas.
Ahí vienen los Reyes, por la Villa Vieja
Y al Niño le traen un plato de lentejas.”

Son sus canciones.
Las de su tierra.
Las de nuestra tierra.

Los cuatro ya juntos caminan serenos
cantando canciones de su infancia al Cielo.

“A la hoja, hoja verde,
a la hoja de laurel.
Ha pasado una señora,
¿Cuántos hijos tiene usted?
A ésta no la quiero,
por fea y llorona,
a ésta me la llevo,
por guapa y hermosa,
parece una rosa,
parece un clavel,
parece la hija
de doña Isabel…”

Retumban sus voces entre el cielo azul
y el verde de sus campos junto al agua clara
que brota de su brioso manto.

Si Baltasar volviera,
yo sería su escudero,
¡Su bravura para mi quisiera!
La muerte sólo se produce con el olvido.


Antonio molina

REENCUENTRO




Playa de getares Algeciras
  


Por la comisura de mis ojos, que se resguardan del reflejo del sol que me acompaña, se deslizan mansamente unas gotas de sudor; la realidad es que se confunden con las lágrimas, que no puedo contener por la emoción que me embarga.

Introducido en la lectura, a la sombra de una hamaca, tomándome un descanso merecido, ojeando los poemas de Neruda, fábulas y leyendas que yo trato de comprender con ilusión acompañado por las panorámicas del Estrecho y su Bahía, en la deslumbrante playa de Getares. En los primeros días de agosto, en Algeciras.
Observo el revolotear de un niño, cuya inquietud me lleva a dejar la lectura y contemplar sus felinos movimientos. Su carácter es pura dinamita y su expresión es espontánea y franca. Se lanza sobre sus padres abrazándolos, con la efusividad que mantiene en todos sus movimientos, y les dice:
—¡Cuánto quiero a mis padres!

El espectáculo que puedo contemplar me revuelve las entrañas y me llena de una gran satisfacción.

Sigo con mi amena lectura y observo que el niño me examina, se me acerca sigiloso, se queda mirando con vivacidad y me dice con mucho desparpajo:

—¿Que lee usted señor?
Retirando la vista de las hojas del libro y le miro fijamente, su sonrisa me intriga, mucho más su pregunta y la expresión de su rostro.
—Es un libro de poesía lo que leo.
—¿Quién es el autor? — me sigue preguntando.
—Es de un autor hispano-americano, de Pablo Neruda, — le balbuceo.

De improviso, como si de una ballesta se tratase, se acerca a mi lado y me dice con mucho arte:
—¿Me deja usted de leer? Pues yo sé leer libros y me gusta mucho la lectura. En mi casa yo leo los libros de mi padre y en la escuela a la maestra la vuelvo loca, no me entienden.
No salgo de mi asombro, que se torna en alegría, y le digo:
—¿Cuántos años tienes chaval? Sin llegar a terminar la frase, gesticulando con sus menudas manos, me contesta con su firme y bien timbrada voz:
—¡Seis años!
Dedos pequeños y menudos que, escondiendo los cuatro de una de sus manos (los que sobran) me dice:
—Cinco y uno seis. ¿Me deja usted que lea algo?
—¡Cómo no! ¡Lee, lee…! — le susurro.

Se recostó en la hamaca, arrebatándome, literalmente, el libro de las manos. Se concentró en las páginas del mismo y con voz segura y sensible, con la madurez que pone en las fracciones de su cara (la que para él merece el instante), unos versos de Pablo Neruda, de improviso, le brotan las palabras a borbotones desde lo más profundo de su ser; pasando las hojas con mucho cuidado y pericia.
Terminando los versos completos, orgulloso, me llega a decir:
—¡Déjeme que le lea otros versos! — aunque el cuello me empieza a doler. La postura que tiene el muchacho, es incomoda para la lectura, el libro que tiene en sus manos es pesado para su niñez.
— ¡Lee, lee…!

Y sigue leyendo.
No se cansa, a pesar de su edad,
por las venas le corren los versos
de Neruda que lee sin parar.
Terminada la grata lectura,
me susurra con gallardía el chaval:
— Espero que no le haya molestado.
Y se marcha a la playa a nadar.
Me deja todo anonadado,
no sé por dónde tirar.
La lección que un menudo chaval
me ha endosado,
me ha vuelto a mis años de chaval.
Su soltura leyendo unos versos,
su franqueza y sinceridad,
como algo hermoso y glorioso,
que mi alma la siente embargar.
Como algo precioso que un niño,
iniciando con carácter, sus sueños
poder consumar.

Momentos y recuerdos, como el filo de una daga se clavan en mi pecho, traspasando el corazón de mis primeros recuerdos. Años cargados de aventuras que afloran por doquier en un momento, de ese niño que fui, arrancado de una tierra en un pasado incierto. Como un latigazo siento renacer en lo más profundo de mi alma, con el corazón roto, quizás por las emociones que no puede olvidar, aquellos años vivos, que no me pudieron arrebatar a pesar del importunado destierro. Aquellas bravas gentes que me acompañaron, en mis verdes praderas, jugando en sus prados, con esas ilusiones que llevamos muy adentro, que en mí muy bien sembraron.

Aquellos verdes años que un día me arrebataron, aquellas ilusiones que de golpe me arrancaron, por culpa de esa vida que me tocó vivir, con las vicisitudes, hambres y desesperanza; también las alegrías que supimos lograr. Aquellos años limpios llenos de vivencias, de recuerdos muy amenos en nuestra niñez, pasaron como el viento, quizás en el olvido, que todo lo transforma.

Impregnados de recuerdos, de visiones y añoranzas, de rencores y angustias, y de alegrías, ya que con poca cosa sabíamos gozar.
Con sólo seis años, un niño me recuerda mi rebeldía perdida, con su fortaleza eterna me hace reflexionar.

Con sólo seis añitos, que cuenta con los dedos, un niño en esta playa me hace recordar. Que yo también fui niño. Las mismas inquietudes, la misma tierra virgen, la misma tierra santa que nos tocó pisar. Los años ya no cuentan, la vida se nos escapa; con la ilusión primera la vida se nos va.



A. molina